3. Mi infierno de cristal.

2526 Words
POV Luisa María Gutiérrez. Salí de la pensión como una sonámbula. El palito de plástico ardía en mi bolsillo. Dos líneas rosadas. Dos futuros chocando. Llamé a Rafael. No contestó. Una, dos, cinco veces. Finalmente, lo encendió. —¿Qué quieres? Estoy ocupado —su voz era cortante, sin rastro de la dulzura de antes. —Tenemos que hablar. Es urgente —declaré con su mismo tono de voz. —Creo que no es buen momento. —¡Rafael, es importante! —casi grité—. ¿Dónde estás? Él suspiró, molesto. —En la facultad. Afuera del edificio de ingeniería. Si vas a venir, date prisa. No tengo mucho tiempo. —Voy para allá. Corrí. Las piernas me temblaban. Mi vientre, plano, me pesaba como una losa. Lo vi apoyado contra la pared, hablando con unos amigos. Rio ante un chiste. Al verme, su sonrisa se desvaneció. —Te veo luego —les dijo a ellos. Luego, me dijo con impaciencia—. Dime rápido. Debo entrar a clases. Lo tomé del brazo y lo llevé aparte. Le hablé en tono bajo y con urgencia. —Estoy embarazada. Rafael palideció. Dio un paso atrás. —¿Estás segura? —Sí. Me hice la prueba. —Mierda —masculló. Se pasó una mano por el pelo—. Esto no puede ser. —Tenemos que casarnos —dije sin poder ocultar mi desesperación—. Mis padres... son religiosos. Si se enteran de esto, se mueren. Literalmente y no quiero ser causante de la muerte de mis padres. Él me miró como si me hubiese vuelto loca. —¿Casarnos? ¿Por qué haríamos eso? ¿Estás loca? Hay otras soluciones. —¿Cómo cuál? —Un aborto. Es simple. Rápido. Sentí que el suelo se abría. Abortar. La palabra me golpeó el alma. —¡No! —dije, firme por primera vez—. ¡Estás loco! ¡Voy a tener a mi bebé! Jamás haría eso. —¡Es una locura tenerlo! —bufó él—. No estamos listos para esto, ninguno de los dos trabajamos, ¿con qué lo vamos a alimentar? ¿Crees que es fácil cuidar a un hijo siendo estudiante? —Pues tendremos que hacerlo —insistí, conteniendo las lágrimas que amenazaban con desbordarse—. Porque lo voy a tener y no pienso aparecer en casa de mis padres con una barriga y sin un padre para mi hijo. Este bebé no me lo hice yo sola. Lo hicimos los dos y tenemos que asumir las consecuencias. Él vio mi desesperación. Vio mi miedo. Y al final cedió, no creo que lo hiciera por amor, sino por quitarse de encima mi insistencia. —Está bien. Casémonos. Pero que sea rápido y silencioso. No le dije nada a mis padres, hasta que solo faltaban unas dos semanas para el matrimonio. Hicimos una visita rápida a Araure. Rafael se portó amable, educado. Tan modesto y espléndido, que hasta a mí misma me sorprendió. Mis padres, a pesar de no querer verme casada por los momentos, lo aceptaron; mi madre era la más feliz. —Es maravilloso, que nuestra hija haya encontrado a un hombre decente. En el tiempo acordado, se celebró la boda; fue simple. En la casa de la madrastra de Rafael, pero lamentablemente, por problemas de salud mis padres no pudieron asistir, por lo que no hubo nadie de mi familia presente, lo que me hizo preguntarme: ¿Si acaso estaba haciendo bien en casarme de esa manera? La luna de miel, apenas duró una noche. En un motel barato. Rafael se mostró frío y distante y, al regresar a Mérida, alquiló un apartamento de dos habitaciones y, por supuesto, no tardó en mostrar su verdadera cara, esa que yo, a pesar de todo, me negaba a ver. Las náuseas del embarazo empezaron muy pronto, prácticamente no podía probar bocado, me ponían pálida y temblorosa, apenas caminaba dos pasos, expulsaba todo lo que llevaba dentro. Mientras caminaba, tenía que pararme cada cierto tiempo a vomitar, en la calle, en la parada, en cualquier sitio. Las náuseas eran incontrolables y eso lo molestaba. —¡Maldita seas mujer! ¡¿No puedes contener tus arcadas?! ¡No las soporto! Son tan asquerosas. ¡Creo que lo haces a propósito! —¡Claro que no! ¡Es algo que no puedo controlar! —le explicaba, pero él seguía molestándose, no tenía la mínima consideración por mí. Del hombre amable y caballeroso, no quedaba nada. —¡Ya cállate, Luisa María! ¡No soporto tus arcadas! ¡Eres tan débil! Yo solo lloraba en silencio, rogando al cielo que eso pasara pronto. Durante los meses siguientes tuvo un comportamiento similar. Por fin llegó el nacimiento de Ana Victoria. Nació en la noche. Una niña menuda, con el mismo color de sus ojos. Nació para un mundial de fútbol, y al día siguiente comenzaba y quería irme a casa a ver la inauguración, por eso le pedí a la enfermera que me diera de alta. —Licenciada, ¿Será posible decirle a mi médico que me dé de alta que deseo ver la inauguración de la copa del mundo? —le pedí y ella me miró con una sonrisa. —Déjeme hablarlo con él. Asentí mientras esperaba la respuesta. Mi madre pasó en ese momento, venía negando con la cabeza, sin dejar de protestar. —Hay gente verdaderamente loca. ¿Puedes creer que la enfermera le estaba diciendo al médico que hay una paciente que quieren que la den de alta para ver un juego de fútbol? Eso es el fin de mundo. Esa mujer debe estar bien tocada de la cabeza. Le debe faltar una vitaminita cerebral. Yo no pude contener la risa y ella me miró de manera extraña. ¿Qué pasa, hija? —No te molestes, mamá, pero fui yo la que pedí que me dieran de alta para ir a la casa a ver el juego. Mi mamá negó de nuevo con la cabeza y me miró con reprobación. Así, entre altas y bajas, mis padres se quedaron a mi lado por un mes, me ayudaron a cocinar, limpiar y cuidar a mi niña, pero se tuvieron que ir y la realidad regresó más dura y más cruda. La vida se convirtió en un infierno doméstico. —¿Otra vez pasta? —rugió Rafael una tarde, tirándome el plato en la mesa, que por poco no me golpeó el brazo—. ¡Ayer comimos lo mismo! —Es que solo tenemos eso, además, quedó de ayer…. —Intenté explicar. Él se acercó y me tomó por el mentón, apretándome con fuerza, al punto de que mis ojos terminaron anegados por las lágrimas que amenazaban por salir. —¡No quiero sobras! ¡Maldita sea! No soy animal para comer sobras. —No tenemos dinero… debí priorizar para los pañales de la niña y sus cosas. Pero a eso a él no le importaba, la presión era constante. Nada era suficiente. Me llevaba a mi niña a clases, en un moisés que le regalaron. Para mi alivio mi hija era tranquila. Sin embargo, todos los días regresaba de clases angustiada, pensando que le iba a molestar ese día a Rafael, la casa, la comida, yo. La presión psicológica era angustiante, tanto que muchas veces pensé que hubiese preferido afrontar la burla y las habladurías de la gente, por tener un hijo sin padre que vivir en ese infierno. Una de esas tardes, mientras bañaba a mi bebé en la habitación en una bañera, Rafael entró, venía de la cocina con la olla en la mano, con los mismos fideos del día anterior y explotó del enojo. —¡Maldita sea! ¡Te dije que no quería esta mierda otra vez! —gritó. Tenía la mirada desorbitada, las venas de la frente abultada, su rostro por completo transformado, retrocedí un poco temerosa y pronto me di cuenta que tenía razones para hacerlo. Vi sus intenciones. —Rafael, por favor, la niña... Él no me escuchó. Se acercó lleno de furia, tomó la olla y la estrelló contra el espejo de la habitación. ¡CRASH! El espejo estalló en mil pedazos. Trozos de vidrio llovieron. Varios cayeron dentro de la bañera, donde bañaba a la bebé. Ana Victoria, de apenas menos de dos meses de nacida, comenzó a llorar aterrorizada. La saqué de manera inmediata, y la envolví en la toalla, la acuné en mi pecho sin dejar temblar. —¡¿Estás loco?! —grité, por primera vez—. ¡Pudiste lastimar a la bebé! Él solo nos miró con odio. —Culpa tuya. Por no hacer bien tu trabajo. Desde ese día, algo más se rompió. Más que el espejo. Temí por mi vida, por la de mi bebé. Días después de ese incidente, recibimos la visita de mi suegra. Pensé que sería para mi tranquilidad, pero fue lo contrario. Se empeñó en llevarse a Ana Victoria a dormir con ella y me impedía que la amamantara. —Pero yo quiero amamantarla —le insistía. —No es necesario, yo le hago un biberón y así la alimento, no es necesario que le des pecho —respondió con firmeza. Su actitud me molestaba, porque yo quería amamantar a mi hija, pero me quedaba en silencio, por temor a desatar la furia de Rafael. Así mi vida se convirtió en un infierno. Rafael dejó de trabajar, era yo quien tenía la beca trabajo y vendía productos, ropa y cuántas cosas se me ocurrían para obtener dinero y la situación se iba poniendo cada vez más dura. Sin embargo, nada me detenía, seguí estudiando, pasaba noches sin dormir, con la niña en un brazo y los libros en el otro. Y de esa manera lo logré. Hice mi carrera en cuatro años. Con honores. Pronto me di cuenta de que Rafael no se sentía feliz de que hubiese cumplido mi meta, me decía palabras ofensivas. —¿Crees que es un gran logro ser abogado? —se burlaba—. Lo más difícil de esa carrera es cruzar la avenida. Hasta los burros pueden ser abogados. Me subestimaba, porque pensaba que su carrera era más que la mía y porque en el fondo tenía envidia, porque yo había logrado graduarme y él no. Pero ese título fue mi boleto de salida. Apenas me gradué, empaqué un par de maletas para mí y Ana Victoria. Tomé un bus con destino a Caracas, porque una amiga me había conseguido un trabajo. Me ayudó y alquilé un pequeño anexo de una habitación y una cocina. Rafael no tardó en aparecerse, para seguir haciéndome la vida imposible. Un día que llegué más tarde de lo habitual, me estaba esperando furioso. —¿Dónde carajos estabas? —espetó con la furia marcada en su rostro. —Estaba trabajando, Rafael, salí tarde porque tenía que sacar un trabajo. —Eso es mentira. ¡No eres más que una zorra! Pero voy a enseñarte a respetarme. Se sacó la correa, dispuesto a pegarme, pero yo no iba a dejarme lastimar. Así que, sin pensarlo, tomé un cuchillo en la mano y lo puse al frente de mí. —Tú me pones una mano encima, Rafael, y juro que te saco las tripas, ¡no me importa! —exclamé furiosa. Cuando vio mi reacción, retrocedió asustado. —Esto se terminó, Rafael, no quiero seguir casada con un hombre como tú. Quiero el divorcio. Sin embargo, no se fue, pero pronto el destino me puso otra prueba. El bufete donde trabajaba me estaba enviando con mi amiga a Margarita; sin embargo, tenía demasiado temor de ir. Ese viaje me tenía inquieta, se suponía que salíamos un domingo y ese día era viernes, pero mi amiga dejó algo en la oficina y tuvimos que regresarnos. Cuando lo hicimos, entramos de manera silenciosa y fue en ese momento cuando escuchamos a nuestros dos jefes a hablar. —¿Cómo vas a hacer para ponerle las mercancías a las pavas? —Ya tengo todo planeado, le daremos una valija a cada una de ellas y allí estará la sustancia —respondió el otro. Cuando escuchamos esas palabras, las dos nos miramos sorprendidas, el miedo dibujado en nuestros rostros. De manera silenciosa, salimos de allí. Yo sentía mis piernas temblorosas y el miedo agitarse en nuestro interior. —No podemos… regresar allí —dije en tono temblorosa. Mi amiga estaba más pálida que yo. —No… te juro que no sabía que esa gente… —La calle. —Yo lo sé —respondí. —Tenemos que irnos y no regresar más, es un peligro hacerlo —declaró ella y yo asentí. Así que, al día siguiente, huyendo de mis antiguos jefes y de Rafael, decidí regresar a Araure, a casa de mis padres. Polvorienta, pero familiar. Mi madre abrió la puerta. —¿Luisa María? ¿Qué haces aquí? —me recibió mi madre con alegría. No le dije nada sobre el trabajo, pero sí le comenté sobre mi decisión de dejar a Rafael. —Mamá, me quiero divorciar. Mi madre se puso pálida. Luego, roja de ira. —¡¿Qué?! ¡No! ¡Es un escándalo! ¿Qué dirá la gente? La iglesia no permite el divorcio. Uno se casa para toda la vida, Luisa María. ¡Tu padre y yo no permitiremos que hagas eso! ¿Nos quieres matar? Yo le traté de explicarle lo que había pasado, los intentos de Rafael de golpearme, lo del vidrio roto, los gritos, los celos, las constantes humillaciones. Pero mi madre no me quiso escuchar. —Debes aguantar, esa es tu cruz. Un par de días después llegó Rafael, furioso, parecía un energúmeno. —¿Creíste que podías huir? —escupió, tomándome del brazo—. Eres mi mujer y vas a volver conmigo. Esa noche, me tomó aún sin yo querer, aunque lo permití y no me resistí porque temía hacer un escándalo en la casa de mis padres. Pero él estaba fuera de sí, me celaba de cualquiera, sus insultos eran constantes. No quería conseguir trabajo y exigía comodidad. Conseguí trabajo en un bufete en mi pueblo, pero igual estaba a punto de enloquecer. Un día que me arreglaba para ir a trabajar, entró a la habitación. —¿A dónde crees que vas vestida así? —preguntó, voz venenosa. —Voy a trabajar, y lo sabes. —Mientes —dijo, levantándose y acercándose peligrosamente a mí—. ¿Con quién te vas a ver ahora? —Ya te dije que voy a trabajar. Pero no entendió de razones. Me agarró del cuello y me lanzó en la cama, sus dedos se cerraron alrededor de mi garganta. Tosí, sin aire. Las manchas negras bailaron en mi visión. —Ma… —Intenté gritar débilmente, pero no podía. Su agarre me impedía hablar, sentí que mis oídos zumbaban, que todo se me estaba poniendo oscuro. Levantaba las manos, tratando de liberarme, pero era imposible. Las lágrimas empezaron a salir por las comisuras de mis ojos, pensé en mi niña y temí que muriera en ese instante y no volviera a verla.
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