Capítulo 4. Un casual encuentro.
POV Luisa María Gutiérrez.
El frío de sus manos me calaba hasta los huesos, el aire se me escapaba del pecho. Sentía los dedos de Rafael cerrados en mi cuello como un hierro candente. El mundo se volvió un latido sordo. Tosí, traté de respirar, pero era en vano. Cerré los ojos, mientras las lágrimas salían por la comisura de mis ojos.
Quise gritar, pero la voz no me salía. Solo el miedo y el llanto, creí que iba a morir, cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y apareció mi madre.
Ella irrumpió en la habitación como un huracán. La luz del pasillo la recortó: la cara desencajada, los ojos enrojecidos, la voz rota, pero llena de una fuerza que no le conocía. Al verla, algo en mí dejó de temblar, porque supe que ella no me iba a dejar morir.
Sus ojos... no los olvidaré nunca. Brillaban entre lágrimas y fuego.
—¡Suelta a mi hija, desgraciado! —rugió, tomándolo por detrás del cabello con una fuerza que no creí que tuviera, tanto que él terminó perdiendo el equilibrio y su agarre en mi cuello se aflojó, momento que aproveché para liberarme.
Comencé a toser buscando llevar aire a mis pulmones, mientras sentía mi cuerpo temblar de pies a cabeza.
Mi madre lo empujó contra la pared. Su respiración era un trueno.
—¡¿CÓMO TE ATREVES?! —le gritó con una furia tan pura que me estremeció—. ¡Te metes con mi hija y me encuentras a mí, MALNACIDO!
Rafael intentó incorporarse, pero mi madre no se lo permitió, se plantó frente a él impidiéndole el paso.
Se plantó frente a él, pequeña, pero imponente. Le temblaban las manos, sí, pero no de miedo: de rabia.
Cuando él vio la reacción de mi madre, se quedó inmóvil un segundo, sorprendido.
Luego, la furia volvió a su rostro; se plantó ante mi madre, la mirada desorbitada y la respiración agitada.
—¿Qué diablo le pasa? —escupió, queriendo dominar la escena con su voz, el pecho hinchado de arrogancia.
Pero mi madre no vaciló. Dio un paso al frente, como si el aire mismo le obedeciera. Sus manos estaban temblorosas, pero la voz le salió firme, como un látigo.
—¿Qué te pasa a ti? ¿Crees que vas a venir a mi casa a maltratar a mi hija y te lo voy a permitir? ¡Pues estás equivocado! Nadie lástima a mi hija. Así que recoge tus cosas y vete de esta casa, porque aquí ya no eres bienvenido —dijo, con firmeza, apretando los dientes en un gesto de absoluta rabia—. Y más te vale que lo hagas sin escándalo. Porque si no te vas y sigues fastidiando a mi hija, te voy a denunciar por intento de asesinato.
Se hizo un silencio que pesaba como una losa. Vi cómo la sangre le subía a Rafael al rostro. Su boca se curvó en una mueca de rabia contenida. Como si quisiera hablar, quizás para decirme mil excusas, insultarme o amenazarme, pero la mirada de mi madre no le permitió abrir la boca.
Ella lo miró como quien mira a un animal herido que ya no merece compasión. No había piedad en esa mirada. Solo la decisión inquebrantable de una madre.
—¿Quién se cree? —dijo Rafael, con la voz forzada—. ¡No se meta! Usted no puede venir a dar órdenes a nuestro matrimonio.
—Me paso este matrimonio por el arco… del triunfo —interrumpió ella, fría—. No voy a permitir que pongas en peligro la vida de mi hija, ni siquiera por el qué dirán. Primero está su dignidad y su seguridad. Y deja de estar alegando, porque nada justifica lo que le acabas de hacer. ¡Vete! ¿O quieres que llame a la policía ahora mismo y les muestre las marcas en su cuello?
Rafael tragó. El color se le fue de la cara. Por un momento pensé que iba a reaccionar con violencia otra vez, pero algo en el tono de mi madre lo paralizó. No era solamente la amenaza; era la seguridad en sus palabras, la certeza de alguien que ya no iba a tolerar más.
Él dio un paso atrás. Caminó al escaparate, y comenzó a recoger las cosas. Durante el tiempo que tardó recogiendo sus cosas, ella no dejó de vigilarlo.
Mientras recogía sus cosas, sus manos temblaron, intentó murmurar algo, peor la postura y la expresión del rostro de mi madre lo silenció de inmediato.
—Y espera la demanda de divorcio, porque mi hija va a divorciarse de ti —declaró, con una voz que no admitía discusión—. Porque prefiero una hija divorciada, que una hija muerta.
Rafael miró el odio en los ojos de mi madre, me miró a mí con desprecio que aún, escupió el piso y salió, dando un portazo.
Cuando él salió yo miré a mi madre entre lágrimas, me sentía profundamente avergonzada, pero también agradecida, porque sabía muy bien que mi madre, durante toda la vida, fue una mujer que siempre priorizaba las apariencias, pero hoy por primera vez, me eligió a mi ante cualquier temor o prejuicio del que dirán.
—Lo siento, mamá —sollocé.
—No, hija —dijo, ayudándome a incorporarme, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. Quien lo siente soy yo hija. No debí obligarte a aguantar, solo por el qué dirán. Debí apoyarte desde el principio. Por mis prejuicios, ese hombre casi te mata. Si no llego quizás hubiese cumplido su objetivo.
Sus palabras me desarmaron. La abracé y lloré sobre su hombro.
Esa noche dormí en su cama, como cuando era niña. Sin rezos largos, sin sermones. Solo su mano acariciando mi cabello y junto a nosotras mi pequeña Ana, y por primera vez, sentí paz, me sentía libre.
Los días siguientes fueron una mezcla de alivio y miedo. Fui al tribunal competente y, con ayuda de una colega amiga, presenté la demanda de divorcio.
Me temblaban las manos al firmar, pero lo hice sin dudar. Cada sello sobre el papel era una g****a más en las cadenas que me habían tenido presa.
El proceso fue lento, como todo en la justicia, pero mi decisión ya era firme.
Rafael nunca se presentó a las audiencias. Parecía que le daba igual. Y esa indiferencia fue mi confirmación de que había hecho lo correcto.
Trabajé duro. Entre cuidar a Ana Victoria y adaptarme a la nueva vida, pasaron los días, que pronto se convirtieron en semanas y estas en meses.
En ese trayecto, conseguí un empleo en una consultoría jurídica, donde atendía casos de familias, documentos y asesorías.
El salario era modesto, pero había entendido que la tranquilidad no tenía precio. Poco a poco fui recuperando la sonrisa y la confianza. Empecé a reconocerme frente al espejo, a la misma chica que con ilusión se había ido a estudiar una carrera, y la que tenía tantos sueños cuando salió de su pueblo.
Una tarde, mi jefe me pidió que fuera a un encuentro empresarial en el club Italo de Guanare, al día siguiente.
Así que ese mismo día organicé todo, con un dinero que había ahorrado. Me compré un hermoso vestido azul corbato que me quedaba ajustado al cuerpo con un bléiser color beige, zapatos altos de color beige y una cartera del mismo color. Me coloqué unos accesorios que yo guardaba para fechas especiales.
Al día siguiente, a primera hora, me vestí, me recogí el cabello en un moño. Dejé a mi pequeña con mi madre y me fui en taxi a la ciudad de Guanare.
Sería la primera vez que iría como representante de la consultoría donde trabajaba, y los nervios me tenían el estómago revuelto.
El salón del club Italo estaba lleno: empresarios, abogados, ingenieros, periodistas… y yo, que me sentía como cucaracha en baile de gallinas.
Busqué un rincón, pedí un vaso de refresco y fingí estar muy concentrada revisando una carpeta que encontré sobre una de las mesas, como si fuera una experta en todo lo que estaba pasando.
De pronto, una voz masculina me sacó del disimulo.
—Disculpe, señorita —dijo alguien con tono amable—, creo que esa carpeta no es suya. Es un informe de la empresa donde trabajo.
Levanté la mirada. Sintiéndome avergonzada. Y allí me encontré a un hombre de cabello castaño oscuro, ojos ambarinos y expresión serena que me miraba con una mezcla entre curiosidad y simpatía. Llevaba un traje gris perfectamente planchado y una credencial colgando del cuello.
—Ah, lo siento —balbuceé—, pensé que eran documentos disponibles para los participantes.
Él negó con la cabeza, y la seriedad inicial se le transformó en una sonrisa cálida.
—No pasa nada, no es la primera vez que alguien intenta “robarme” un proyecto —bromeó.
Me reí, aliviada.
—Prometo que no lo hago por costumbre —dije.
—Entonces está perdonada —respondió—. Soy José Joaquín Serrano, ingeniero civil en la empresa de diseño y construcción Andrade. Me encargo de proyectos urbanos y remodelaciones.
—Luisa María Gutiérrez —contesté, un poco más tranquila—. Trabajo en la consultoría jurídica Méndez y Asociados.
—Ah, los abogados… —dijo, fingiendo gravedad—. La especie más temida por los ingenieros.
—Solo cuando no leen los contratos —repliqué.
Rio con ganas. Su risa era limpia, contagiosa, de esas que te relajan los hombros sin darte cuenta.
Me ofreció un café y acepté.
Mientras esperábamos en la barra, me contó una de sus primeras experiencias en la empresa, cuando estaba recién graduado.
—Como ves, que una vez confundí el plano de un puente con el de un estacionamiento. Imagínese mi cara cuando el jefe me preguntó cómo pensaba que iban a pasar los carros por encima del río.
Solté la carcajada.
—¿Y qué hizo?
—Improvisé. Le dije que era un “concepto moderno de conectividad vial”.
—¿Y se lo creyó?
—No, me mandó a medir el río con una cuerda —rio él, encogiéndose de hombros—. Desde entonces no subestimo ni un centímetro.
Su manera de contar las cosas era ligera, espontánea. No trataba de impresionar, solo de compartir.
Hablamos de la burocracia, del tráfico, del clima, de todo. Me gustaba conversar con él, porque tenía una forma única y atrapante de contar las cosas que te hacía sumergirte en su narrativa.
No sé cuánto tiempo pasó. Lo cierto es que cuando llamaron para pasar al salón principal, me sentía distinta.
Liviana.
José Joaquín me acompañó hasta la entrada y, antes de separarnos, dijo:
—Fue un gusto conocerla, abogada Gutiérrez. Si un día necesita defender un puente mal hecho, ya sabe a quién llamar.
Esa frase, tan tonta y simpática, me acompañó todo el camino de regreso.
Y lo curioso fue que, por primera vez después de mucho tiempo, volví a sonreír sin sentir culpa.
Participé en el evento y al final de la tarde regresé a casa. Cuando llegué a casa, mi madre me esperaba en la sala con Ana Victoria dormida en brazos.
Me miró y frunció una sonrisa.
—¿Qué te pasó? Tienes cara de quien vio el sol después de la tormenta.
—No lo sé, mamá —contesté, dejando la cartera en la mesa—. Creo que hoy el mundo no fue tan feo.
Me miró y sonrió con esa expresión que solo una madre tiene.
—Si, mi amor, te ves distinta.
—¿Distinta?
—Sí —dijo, bajando la voz—. Como quien empieza a vivir de nuevo.
—Quizás si mamá.
Esa noche, mientras arropaba a mi hija, sentí algo nuevo.
No era amor. Ni ilusión todavía. Era esperanza. Y después de todo lo que había vivido, eso ya era decir demasiado.
Antes de dormir, pensé en la palabra “vivir”. Y por primera vez, me sonó posible.
No sabía que ese hombre, José Joaquín, se convertiría en mi segundo esposo. Ni que el mundo volvería a girar, esta vez bajo un amor perfecto…