El regreso de la risa.

2720 Words
POV Luisa María Gutiérrez. El tiempo, con sus días idénticos y sus noches largas, fue curando la herida. Había pasado un par de meses desde aquel evento en el club Ítalo y, aunque aún había momentos en los que me despertaba recordando las sombras del pasado, ya no me dolía respirar. La vida empezó a parecerse otra vez a algo mío. Mi hija crecía hermosa, curiosa, con esa sonrisa que parecía heredar directamente de mi madre. Yo trabajaba en la consultoría jurídica hasta las tres de la tarde y después de las cinco daba clases de Introducción al Derecho en una universidad local. Y aunque los ingresos no eran nada del otro mundo, me alcanzaba para cubrir las necesidades de mi pequeña y mía, y por supuesto colaborar con mis padres en la casa. No ganaba mucho, pero sentía que por fin estaba haciendo lo que amaba y que estaba logrando poco a poco una estabilidad económica. Aquel lunes comenzó el día como cualquiera. El café tibio, el maletín en la mano, la carrera por no llegar tarde. En la tarde me fui a la universidad, entré al aula, saludé con una sonrisa a los estudiantes y comencé a explicar el tema del día: La importancia de la ética en el ejercicio jurídico. Ni siquiera había pasado la primera página del material cuando lo vi. Al fondo del salón, recostado en la última fila, José Joaquín Serrano, me miraba con una expresión divertida y, a la vez, de sorpresa. No pude evitar sonreír. —¿Profesor o alumno infiltrado? —le pregunté, levantando una ceja. El aula entera estalló en risas. Él levantó las manos, fingiendo rendirse. —Alumno, profesora. Lo juro. Decidí estudiar derecho y le juro que no sabía que iba a tener el privilegio de recibir clase con usted. —Eso dicen todos los que buscan puntos extra —bromeé, y seguí la clase como si nada, aunque sentía su mirada fija en mí. Durante las dos horas académicas, cada vez que hacía un comentario o formulaba una pregunta, él respondía con esa calma segura que me di cuenta de que era parte de su personalidad. No se notaba arrogante, ni pretendía brillar. Solo sabía expresarse, y eso me descolocaba un poco. Estaba acostumbrada a ver hombres que gritaban para tener la razón; no a los que la decían con voz baja y mirada tranquila. Cuando sonó el timbre, guardé mis papeles, pero antes de salir, él se me acercó. —Parece que el destino insiste en cruzarnos, ¿no? —dijo, sonriendo. —O usted tiene muy buen olfato para encontrarme —contesté, en tono de juego. Él rio, suave. —Si le dijera que es coincidencia, ¿me creería? —Depende. ¿Casualidad o premeditación? —dije, levantando el ceño. —Un poco de las dos. Me gusta aprender… y me gusta escucharla, hablar. Su respuesta me tomó por sorpresa. No fue un piropo vacío, sino algo que sonó sincero, casi inocente. —Vamos a la cafetería —propuso—. Le invito a un café. Dudé un segundo, pero al final acepté. Necesitaba aprender a no huir de todo lo bueno. Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana. José Joaquín pidió dos cafés y un trozo de torta de manzana. —Por si necesita azúcar extra —dijo. —¿Así trata a todas sus profesoras? —pregunté. —No, solo a las que me caen bien… y no me reprueban. Reí, y me di cuenta de que no recordaba la última vez que lo había hecho de verdad. Mientras conversábamos, me contó pequeñas historias de su trabajo. —Una vez una clienta me pidió que el baño principal tuviera “energía de prosperidad” —continuó con expresión seria. —¿Y qué hiciste? —pregunté, divertida. —Le puse una planta y una vela. Si de verdad le funciona, abro una franquicia de baños espirituales. Me tapé la boca para contener la risa. —Eso sería un éxito. —O una ruina, si las plantas se mueren —añadió, riendo también. La charla fluyó con naturalidad. Hablamos de arquitectura, de leyes absurdas, de la vida. Me contó que había nacido en Ciudad Bolívar, que se había ido de cinco años a Barquisimeto, que había crecido allí y trabajado en distintos estados y que, por casualidad, lo habían transferido a Guanare hacía tres meses. —Me mudé solo con tres cajas —dijo—. Dos de herramientas y una de errores. —¿Y la de ilusiones? —pregunté. —Esa me la robaron en la mudanza. Estoy intentando recuperarla. Me quedé callada un instante. Había algo en su manera de hablar que tocaba fibras que creía dormidas. El reloj marcó casi las siete. —Se me hace tarde —dije, levantándome. —¿Puedo acompañarla al estacionamiento? —preguntó. —No hace falta, vine en bus. —Entonces la acompañó hasta la parada. No me gustan los adioses rápidos. Y lo hizo. Caminamos en silencio, pero era un silencio cómodo, lleno de esa complicidad que no necesita palabras. Antes de despedirnos, se giró hacia mí. —¿Sabe? No suelo decir esto, pero hoy fue un buen día. —¿Por qué? —Porque usted se río —dijo, con una sonrisa tranquila—. Y tengo la sospecha de que no lo hacía hace tiempo. Me quedé mirándolo, sin saber qué responder. Tenía razón. —Gracias por el café —murmuré. —Gracias por volver a sonreír —respondió él. Mientras yo paraba el bus y me subía, él miró una vez más y se alejó. Los días siguientes fueron una sorpresa tras otra. Lo veía en los pasillos, en la cafetería, en la biblioteca. Siempre con esa calma suya y alguna excusa sencilla. Un día llegó con un rollo enorme de planos bajo el brazo. —Profesora, necesito su asesoría urgente —dijo con seriedad. —¿Legal o emocional? —pregunté. —Ambas. Rompí la maqueta que debía entregar mañana en mi trabajo. —¿Y qué tengo que ver yo con eso? —Tal vez pueda defenderme con un argumento jurídico: “No fue negligencia, fue destino”. No pude evitar reírme. Su sentido del humor era tan natural, tan ligero, que desarmaba cualquier barrera. A veces me dejaba una nota doblada sobre mi escritorio con frases absurdas: “El derecho es recto, pero a veces se tuerce por amor.” O simplemente: “Hoy me salvó el café, otra vez.” No era insistente ni invasivo. Solo estaba allí, con esa presencia discreta que se volvía costumbre y esa forma suya de ser, fue ilusionando poco a poco mi corazón Una tarde de lluvia lo encontré afuera de la universidad, sin paraguas. —¿Otra vez usted? —le dije, riendo. —No es mi culpa que siempre llueva cuando la veo —contestó. —¿Y no teme resfriarse? —Si me enfermo, la demandaré por daños emocionales. —Tiene madera de abogado —bromeé. —No, tengo suerte de encontrar excusas para verla. No sé si fue su sonrisa, su calma o su forma de mirar, pero esa noche, cuando llegué a casa, sentí que algo se movía dentro de mí. No era amor, ni siquiera ilusión, todavía. Era el simple hecho de no sentir miedo. Mi madre me vio entrar y sonrió. —Hija, ¿Y esa sonrisota? —Viendo que, a pesar de todo, mamá, la vida es bella —respondí—. Y hoy… me siento bien. Ella me abrazó sin decir nada. Y supe en ese momento que la vida me estaba sonriendo de nuevo. José Joaquín Serrano. Ese era el nombre que, sin saberlo, empezaba a escribirse despacio entre mis días, como un rayo de sol colándose entre las grietas de mi historia. El tiempo empezó a correr de otra manera desde que José Joaquín volvió a aparecer en mi vida. Los días se sentían más cortos, los cafés más dulces y las risas… más frecuentes. Él no insistía ni apuraba nada. Solo estaba ahí. Siempre. Como un amanecer que se repite sin cansar. A veces nos encontrábamos en la universidad y caminábamos juntos hasta la salida. Otras, él pasaba por la consultoría con la excusa más absurda del mundo. —Vengo a pedir asesoría —decía. —¿Legal o sentimental? —le respondía, divertida. —Depende. Si me cobras por hora, sentimental. Así empezó todo: entre bromas, cafés y coincidencias que ya no parecían tan casuales. Una tarde me invitó a cenar. No era una cita formal. Al menos eso me repetí veinte veces antes de aceptar. —No quiero que te sientas incómoda —dijo, con esa calma suya—. Solo… me gustaría conversar fuera de los pasillos universitarios. —¿Conversar? —repetí, alzando una ceja. —Sí. Prometo no hablar de planos, ni de leyes, ni de trabajo Reí. Y dije que sí. Fuimos a un pequeño restaurante del centro. Mesas de madera, luz cálida, música suave. Yo pedí pasta con salsa blanca; él, una pizza que llegó con tanto queso que casi se desbordaba. —Te advierto —dijo, cortando un trozo—, que si esto se me cae, no soy responsable legalmente. —Te haré firmar una cláusula —contesté, escondiendo una sonrisa. Hablamos de todo. De nuestras infancias, de nuestros miedos, de cómo la vida a veces te da segundas oportunidades sin avisar. Me contó de sus sueños, de sus planes, de su familia, incluso me dijo que le gustaría que los conociera. Por mi parte, le conté que estaba divorciada. No por obligación, sino porque sentí que debía ser honesta. —Tengo una hija —dije, mirándolo con seriedad—. Se llama Ana Victoria. Tiene un año y medio. Él se quedó en silencio unos segundos. No hubo gestos raros, ni preguntas incómodas. Solo asintió y dijo: —Debe ser preciosa. —Lo es —sonreí—. Aunque a veces pienso que heredó el gen del drama de mi madre. —Entonces tiene futuro —respondió, riendo. Aquel comentario, tan sencillo, me alivió más que cualquier promesa. No me miró con lástima, ni con esa curiosidad que suelen tener los hombres cuando saben que una mujer tiene un hijo. Solo me escuchó. Y me creyó completa, con mis cicatrices y todo. Fueron pasando las semanas y nuestra amistad creció de forma natural. Otro día, al salir de clase, se acercó con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa culpable. —Profesora… necesito ayuda. —¿Académica o espiritual? —De todo un poco. —Levantó la carpeta—. Estoy perdido con algunos conceptos de Derecho Administrativo. —¿Perdido o distraído? —pregunté. —Distraídamente perdido. —Bien. Entonces te ayudo. Pero mañana tengo que ir a cuidar a mi hija, puedo ayudarte el lunes en mi oficina… —Antes de que pudiera continuar, me interrumpió. —No, es mucho tiempo, mi prueba es el lunes. ¿Tendrías algún problema de que pudiera ir a tu casa, mañana, sábado? —Pero es que debo cuidar a mi hija —refuté no muy convencida de esa idea. —Prometo ayudarte a darle de comer, tengo hermanos menores que yo, que prácticamente he criado —respondió. Por un momento me quedé en silencio, pero al ver su expresión de súplica terminé cediendo. —Está bien —accedí y él esbozó una sonrisa amplia y allí supe que no era el tipo de hombre que huía de conocer niños. Así que al día siguiente, me dediqué a limpiar y a organizar la casa. Mi madre me miraba con sospecha. —¿Quién viene, hija? —preguntó, mientras limpiaba el comedor por tercera vez. —Un compañero del trabajo. Bueno, más bien un alumno. Le voy a explicar unas cosas de derecho administrativo. —¿Y es guapo? —soltó con esa picardía que solo las madres tienen. —Mamá… —protesté. —Ah, entonces sí lo es —sentenció, riendo. Cuando José Joaquín llegó, lo hizo después del mediodía. Traía una carpeta, una caja de galletas y una sonrisa que iluminó toda la sala. —Buenas tardes, señora —saludó a mi madre—. Soy José Joaquín Serrano, el estudiante desesperado. —Pase, pase, joven —respondió mi mamá, encantada—. La casa es humilde, pero la desesperación aquí siempre es bienvenida. Él se echó a reír y, por primera vez, lo vi sonrojarse un poco. Nos sentamos en el comedor. Yo le expliqué las bases de la materia mientras él tomaba notas con una concentración exagerada. —Te lo juro, si los artículos de la ley fueran mujeres, ya tendría doctorado —bromeó. —No digas eso, que el derecho se ofende —respondí, riendo. Entre una explicación y otra, Ana Victoria empezó a llorar en su cuna. Me levanté enseguida, pero antes de que pudiera tomarla, él se adelantó. —¿Puedo acompañarte? —preguntó, con suavidad. Asentí. Me siguió a la habitación, la cargó con cuidado, con una ternura que no esperaba. Ana Victoria lo miró curiosa, y él le hizo una mueca tan graciosa que la niña soltó una carcajada. Salimos a la sala y mamá, desde la cocina, observó con ojos brillantes. —Ese sí sabe cómo ganarse a una mujer —murmuró en voz baja. —¡Mamá! —protesté. Pero ella solo se encogió de hombros. José Joaquín caminó por la sala con la niña en brazos, contándole algo sobre un “puente que se creía columpio”. —Y entonces, señorita Ana Victoria, el puente se puso celoso porque el río le cantaba canciones —decía con voz teatral. La bebé aplaudía entre risas. Yo no pude evitar reír también. Era una escena tan sencilla, tan cotidiana, y, sin embargo, me removió algo muy profundo. Pasamos la tarde entre apuntes, cuentos y risas. Cuando llegó la hora de irse, él le devolvió la niña a mi madre y se despidió con respeto. —Gracias por la paciencia, profesora. Y por las galletas, señora. —Vuelva cuando quiera —dijo mi mamá, encantada—. Pero sin desesperación, por favor. Al cerrar la puerta, la casa quedó en silencio por un momento. Mi madre me miró, con esa sonrisa suya entre sabia y traviesa. —Hija, ese muchacho tiene buena madera. —Mamá… no te hagas ilusiones. —No es por nada, pero ya lo veo cargando a tu hija como si fuera suya. Eso no lo hace cualquiera. Me sonrojé. No quería ilusionarme, no tan pronto. Pero aquella noche, cuando acosté a Ana Victoria, recordé la imagen de José Joaquín meciéndola en brazos, susurrándole historias imposibles. Algo dentro de mí, aunque pequeño, muy tímido, empezó a florecer. Los días siguientes se llenaron de mensajes simples, de esos que parecen poca cosa y lo cambian todo. “Gracias por la clase de ayer.” “Ojalá todas las leyes se explicaran con tu voz.” “Dile a Ana Victoria que el puente volvió a ser feliz.” Pequeños gestos, pequeñas luces. A veces me invitaba a almorzar en la cafetería de la universidad. Otras, simplemente caminábamos por el estacionamiento mientras caía el atardecer. Él no hablaba de amor, pero lo demostraba en cada detalle: en cómo me escuchaba, en cómo recordaba lo que le contaba, en cómo me hacía reír cuando el día había sido largo. Un domingo, se apareció en la casa con una bolsa de papel. —Traje arepas de reina pepiada, porque sospecho que las de su mamá son legendarias y quiero competir. —¿Competir? —pregunté riendo. —Sí. Si gano, me invitan de nuevo. Si pierdo, también. Mi madre soltó una carcajada. —Pierda, joven, pierda —le dijo—. Así vuelve pronto. Aquella tarde comimos los tres, riendo como si la vida no nos debiera nada. Y, mientras lo veía sostener a Ana Victoria en una mano y una arepa en la otra, supe que algo estaba cambiando. No era un enamoramiento fugaz ni una ilusión tonta. Era calma. Era paz. Y por primera vez en mucho tiempo, entendí que no siempre el amor llega con ruido. A veces entra despacio, con una sonrisa amable, una caja de galletas y un corazón dispuesto a quedarse.
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