POV Luisa María Gutiérrez Habían pasado un par de meses desde aquella tarde de las arepas. José Joaquín seguía apareciendo en mi vida como si el destino tuviera una agenda secreta con su nombre escrito en cada día. No importaba la hora ni el lugar, ahí estaba él, con su sonrisa tranquila, sus bromas y esa manera suya de hacerme sentir que todo, incluso lo roto, podía volver a funcionar. A veces pasaba por la consultoría con la excusa de traerme algún documento o preguntarme algo de derecho. —Doctora —me decía con solemnidad fingida—, ¿qué pena se le aplica a alguien que quiere robarse el corazón de una abogada? —Depende —contestaba, sin levantar la mirada—. Sí es reincidente, cadena perpetua. Y él reía, con esa risa grave que llenaba el aire de algo que yo no sabía nombrar, pero

