POV Luisa María Gutiérrez Cuando la noche cayó sobre aquella casa desconocida, sentí el cansancio como si me hubiesen dejado una piedra sobre el pecho. Por eso subí a la habitación de José Joaquín y me recosté. Pero no era el cuerpo lo que dolía, era otra cosa. Una mezcla extraña entre vergüenza ajena, incomodidad y la necesidad urgente de escapar sin hacer ruido. Ana Victoria dormía profundamente, con la boca entreabierta y las pestañas rozándole las mejillas. Su pequeño cuerpecito se movía apenas al ritmo de su respiración, y verla así me devolvía algo de calma. Siempre era así: cuando el mundo se volvía ruidoso, la paz me la daba ella. José Joaquín entró al cuarto con esa energía tranquila que siempre lo acompañaba. Se recostó en el marco de la puerta, sonriendo, con la camisa y

