—Doña Beatriz ¿Está bien? —Camila se preocupó al ver el rostro pálido de su suegra. Le ayudó a entrar a la oficina, la sentó en una de las sillas más cercanas, en su condición tampoco estaba para cargar con todo el peso de la mujer. —¡Dios mío! —exclamó, tapándose el rostro con sus manos temblorosas. —Creo que es mejor marcharnos Camila —Altaír estaba igual o mucho más pálida que Beatriz. —Vete a casa, me haré cargo de ella, no le digas a mi padre, no me esperen para cenar —no miro la angustia en el rostro de su amiga, estando preocupada por Beatriz, nada de lo demás importaba. —Camila —Déjame hablar con ella, Altaír, es mi suegra —Camila no era ninguna loca, el daño causado por su marido, no era responsabilidad de Beatriz, por lo tanto iba a atenderla como se merecía.

