Nicole decidió no bajar a almorzar. Se excusó con Adele diciendo que prefería comer un aperitivo en su cuarto y descansar del viaje.
La bondadosa mujer la tranquilizó asegurándole que la comprendía, ya que en pocas horas su vida había cambiado por completo. No solo había perdido a su padre, sino que además, debía abandonar su anterior vida para ocuparse del rancho que heredó.
Lo que el ama de llaves no sabía, era que Nicole no tenía pensado renunciar a la universidad. Se sentía confundida y perturbada por lo que había ocurrido, y de alguna manera, responsable con los trabajadores que dependían del rancho.
Pero por nada de eso dejaría de lado su propósito de conseguir el dinero que necesitaba para cursar el último semestre y hacer las prácticas que le permitirían obtener un título universitario en medicina.
Pensaba en ello mientras se daba un largo y renovador baño. Sabine tuvo la gentileza de interceder ante Matt para que buscara su auto, luego ella debería encargarse de encontrar en ese paraje desolado un mecánico.
Menos mal que Roland tenía otro vehículo y le había cedido ese durante el tiempo que pasaría en Abilene.
Adele le dejó en la habitación una bandeja con algunos trozos de costillas de res asadas, papas con queso y pastel de cereza. Después de asearse y comer, pasó la tarde leyendo los documentos que Markos Edana le había entregado en Lawrence.
—Así que es cierto que mi padre estableció una sociedad con ese vaquero impertinente —se dijo para sí misma en referencia a Matthew Jackson, quien al parecer se encargaba de todas las labores, se ocupaba del personal, de los insumos y del cuidado y venta del ganado.
Era la columna vertebral del rancho. Sin él, sería imposible controlarlo, y eso enfadaba a Nicole.
Ese sujeto con su actitud belicosa la había retado. Estaba ansiosa por ponerlo en su lugar, pero a medida que avanzaba en la lectura de los documentos comprendía que dependía casi en un cien por ciento de él.
—¿Y qué pasa con la tal Sabine? ¿Por qué mi padre le habrá dejado una asignación mensual mayor a la Adele? ¡Hasta pretendió dejar a su nombre algunas acciones del rancho! —exclamó desconcertada.
No quería llegar a conclusiones apresuradas. Entre esos documentos existían demasiadas interrogantes, como la aparente venta de la mitad del terreno a un tal Tucker Laud, trámite que quedó inconcluso tras la muerte de su padre.
Ella estaba dispuesta a continuar con lo que él había dejado pendiente en vida, sin embargo, se informaría bien sobre cualquier asunto antes de llevarlo a cabo.
Se recostó en el cabecero de la cama cansada de tanta lectura y dejó vagar la mirada por la habitación.
Adele la ubicó en el mismo cuarto que ella había ocupado cuando vivía con su padre. Christian lo dejó igual: con el empapelado amarillo de ribetes celestes, la ancha cama de cabecero acolchado, el estante blanco que ocupaba toda una pared lleno de libros y recuerdos de la infancia, y los cuadros de paisajes urbanos y las muñecas de trapo colgadas en la pared.
Todo se mantenía en su sitio, como si hubiesen esperado pacientes su regreso.
Los ojos se le llenaron de lágrimas que en esa oportunidad dejó escapar. Lloró con desconsuelo mientras se reprendía internamente por su tozudez.
Si tan solo se hubiese atrevido a llamar a su padre meses atrás, para su cumpleaños, o en la pasada Navidad. Ahora anhelaba un «Hola» o un «Adiós» que nunca llegarían.
Tarde comprendía que si Christian y su madre habían tenido sus problemas de pareja, no era a ella a quien le correspondía cobrarle sus errores.
Marie, su madre, por muchos años impidió que Christian cumpliera sus sueños. Él fue un veterinario que anhelaba perderse a caballo en la inmensidad de una pradera y cuidar de su propio ganado, pero Marie era una mujer de ciudad, que le encantaba vivir de los beneficios que otorgaba la empresa constructora que pertenecía a la familia de Christian, sin importarle si eso lo amargaba cada día.
Durante la enfermedad de la mujer, a su padre pareció importarle muy poco lo que le ocurriera, aunque nunca dejó de costear los tratamientos.
La falta de cariño que él le había tenido a su madre en sus últimos días de vida, quizás se debieron a la falta de cariño que la mujer le había tenido a él el tiempo que vivieron juntos.
Meses después de la muerte de Marie, Christian vendió su parte de la empresa y compro el rancho. Nicole no tuvo otra opción que seguirlo, pero sus quince años no le permitieron entender lo que ocurría y lo que hizo fue increpar constantemente a su padre por la muerte de su madre y por haberla separado a ella de su mundo conocido.
La alejó de sus amigos y de su rutina para lanzarla a esas tierras solitarias, donde solo contaba con la bondadosa Adele para conversar o llorar sus frustraciones.
Aunque había logrado cumplir su sueño, Christian nunca se sintió feliz. Nicole sabía que su actitud malcriada había tenido mucho que ver en esa situación.
En ocasiones, él intentó que resolvieran sus diferencias, pero ella siempre se negaba. Ahora se arrepentía.
Cuando las lágrimas se le secaron en las mejillas se levantó de la cama. La soledad le desbordaba las penas del corazón.
Se había acostumbrado a que su amiga Jane o Roland rondaran a su alrededor, pero en ese rancho no tenía a nadie que la alejara del dolor.
Así que después de lavarse la cara y maquillarse un poco para disimular los ojos hinchados, salió de la habitación para hablar un rato con Adele.
Cruzó toda la casa hasta llegar al amplio comedor, que poseía una mesa de madera de doce puestos y un balcón que daba al jardín lateral.
Junto a este, y pasando unas puertas batientes, se hallaba la cocina, un ambiente espacioso y moderno, poblado de estantes y encimeras fabricados en granito y acero, y con un mesón cuadrado en el centro donde se encontraba el ama de llaves mezclando harina, canela y levadura caliente.
Estrella estaba sentada junto a ella, abría nueces mientras Sabine trabajaba afanosa con un mortero.
Las mujeres dejaron por unos segundos sus quehaceres para observarla.
—La heredera nos complace con su presencia —expresó con amarga ironía una mujer parada cerca del ventanal que daba al jardín central.
Nicole la observó con el ceño fruncido. Era una india de piel morena y cuerpo esbelto, con los cabellos tan negros como el ébano y con unos ojos almendrados que la hacían parecer una gata.
Con altivez la mujer dio algunos pasos hacia ella manteniendo los brazos cruzados en el pecho.
—Eva —la reprendió Sabine, y soltó el mortero en el mesón para girarse hacia Nicole—. Lo siento, ella es Eva, mi sobrina, vino a pasar el verano conmigo en el rancho. Si hay algún problema con su estadía, puedo enviarla de regreso…
—¿De regreso? Claro que no —interrumpió Eva con altanería—. Si la heredera no me quiere aquí, me quedaré en la cabaña con Matt.
Nicole alzó las cejas ante semejante declaración, percatándose de que la mujer no hablada de quedarse en la cabaña «de» Matt, sino «con» Matt.
Sabine suspiró y se acercó a Nicole.
—Disculpa, no volverá a ocurrir.
—No te preocupes —respondió ella, sin dejar de vigilar a la gata que parecía estar preparando las garras para atacar en cualquier momento—, puede quedarse todo el tiempo que quiera, siempre y cuando no me provoque.
Sabine se irguió, parecía que esperaba con ansiedad un desplante de Nicole. Por esa reacción ella se apresuró a aclarar.
—Yo no vine aquí a enfrentarme con nadie, solo a responder por una responsabilidad que me dejó mi padre. Los problemas que tuvimos en el pasado él y yo es algo privado, ninguno tiene derecho a reclamarme nada ni a tratarme de manera despectiva.
Notaba que tanto Matt como Sabine no estaban alegres con su visita, mucho menos, la tal Eva.
Sabine quedó inmóvil, sin saber cómo responder a esas palabras.
—Llegó poniendo condiciones, te lo dije —comentó con una sonrisa triunfal Eva, en dirección a su tía, pero antes de que alguien pudiera replicar, Adele se acercó a Nicole y la tomó de la mano para arrastrarla hacia el mesón.
—Ven, mi niña, hay pan recién hecho y café, ¿quieres un poco?
—Solo café —dijo la joven y lanzó una mirada desafiante hacia Eva antes de ocupar la banqueta ubicada frente a Estrella.
La niña le dedicó una sonrisa tímida y enseguida bajó la vista a su tarea.
—Yo sí quiero pan —expresó una voz masculina desde la puerta. Matt entró a la cocina haciendo sonar sus botas en las baldosas y se sentó en una banqueta cercana a la Estrella—. Y si es posible, también quisiera un poco de queso de cabra y mantequilla.
—Para ti, todo es posible —pronunció Eva con voz soñadora mientras corría a servirle la comida al «macho de la casa».
Nicole puso los ojos en blanco y desvió su atención a la taza de café que Adele había puesto frente a ella.
Allí entendió que la vida en esa casa no iba a resultar nada fácil, mucho menos, teniendo cerca al irritante de Matthew Jackson.