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30 de enero, 2017
Querida Moon...
Ya han pasado dos semanas. Dos semanas en un nuevo hogar, un nuevo instituto, una nueva ciudad, una nueva vida.
Dos semanas sintiendo que estoy hecha pedazos. Dos semanas con las misma incertidumbre de siempre.
Mi habitación se ha vuelto acogedora y el frío nocturno un buen medicamento para el dolor de cabeza. Descubrí una forma de subir al tejado sin caer y romperme los huesos.
Se ha vuelto rutina. Llorar por las noches y ocultar la tristeza en el día.
Y extraño mucho a la abuela. Y no es lo único.
Extraño el tiempo en el que fingir ser una familia unida y feliz se nos daba realmente bien, donde al menos teníamos un motivo para sonreír, así fuese de manera falsa. Donde tenía con quien hablar.
También extraño el tiempo en el que él aún estaba conmigo.
¿Qué quién es él?
Era alguien importante, Moon.
Los días son monótonos en casa. Papá pasa conmigo el menor tiempo posible y mamá sólo se limita a sentarse en un pequeño balcón que va de la sala a la calle, con una botella de vino y una revista de los ochenta que finge leer. Sólo para que nadie sospeche que en realidad sólo está emborrachándose. Y lo que contiene la botella es tequila, no vino.
Estamos siendo arrastrados al pasado. Y sé que esto no podría terminar bien. Terminará en desgracia.
Lo sé. Lo presiento.
Mis días al lado de Tada me han enseñado a conocerla mejor -
Ella es la única amiga, se podría decir, con la que mantengo contacto en este nuevo lugar... Ella y alguien más. Pero ya te diré quien es.
De Tadaline he aprendido algunas cosas básicas: como que odia casi todo lo que la rodea, es muy sarcástica, un poco grosera, es inteligente pero no alardea al respecto... Y si fuese por ella se encerraría en una burbuja donde nadie pudiese tocarla.
--Eso último me lo dijo ella--
Aunque debo decirlo, Tada es hermosa, su largo cabello n***o, sus facciones finas y delicadas le dan seguridad, belleza y gracilidad a su aspecto.
Y claro, como te decía, ella no es la única persona, y es que no podía esperar a contarte, pues he conocido a una nueva persona, mi querida Moon.
Su nombre es Adrien.
Es alto y en escala veinte, muy atractivo.
Tada nos presentó hace media semana. Estábamos en el instituto, bajo un viejo Sauce inclinado y ella estaba fumando. Otra cosa de ella.
Le gustan los cigarrillos, me sorprende que aún conserve su impecable sonrisa.
Adrien también fuma.
Él tiene la piel clara, el cabello oscuro le cae sobre la frente y casi le pasa las orejas. El mentón cuadrado y la mirada seria y cálida...
Y me encantó esa mirada.
Recuerdo que casi me atraganté con mi propia saliva al ser escrutada por sus ojos.
Sus ojos estaban pintados de dos colores distintos, Moon. El derecho resaltaba en un cálido color azul y el izquierdo resplandecía en un rutilante verde esmeralda.
Se le llama heterocromía, leí sobre eso en mi antigua escuela.
Me pareció fascinante cierta anomalía, y ese día (y desde entonces) podía apreciarla de cerca.
Sencillamente hermoso. Hipnótico. Magnético.
Aunque, no es lo único que puedo decirte de él, hay algo más, Moon.
Y es que tiene muchos tatuajes de la cintura hacia arriba (No sé si de la cintura para abajo) y me obligué a no pensar en ello.
Sin duda un gran espectáculo a la vista, digno de venerar.
Aunque luego me pregunté: ¿Le permitían usar esos tatuajes en el instituto? Luego descubrí que usa una sudadera para cubrirlos.
Y seguro te preguntarás Moon, cómo sé todo esto. Bueno, él me lo mostró a sólo horas de haberlo conocido. Me inquietaron los tatuajes de sus brazos luego de ver un pequeño rastro de tinta salir hacia su dedo pulgar. No pude evitar preguntar al respecto. Y así me los terminó mostrando todos. Sólo que no me explicó su significado, significan algo, pero yo aún no sé qué.
—No significan nada —expulsó el humo del cigarro recostando su cabeza hacia atrás, luego volteó a mirarme y sentí frío recorrer mis venas.
—Deben tener un significado. No te rayas la piel y ya.
—Pues yo sí —y dio por zanjada la conversación.
En eso Tada regresó con tres botella de coca cola.
Al principio, cuando ella me dijo.
—Romina, Adrien. Adrien, Romina.
Esperé a que completara la frase con un: Mi novio. Pero no lo hizo, así que di un paso, y le extendí mi mano.
Tampoco vi indicio alguno de que quisiese coquetear con ella, o que sostuviesen alguna relación que no fuese amistad, o qué sé yo. Así que asumí que se conocerían desde hacía mucho tiempo.
Para cuando las clases finalizaron, Tada me llevó de vuelta a casa. Ella tiene un viejo auto de segunda mano, con agradable olor a limón y menta. Ella se ofreció a darme un aventón luego de que, horrorizada, descubriera que llevaba toda la semana caminando a casa.
Ella ha hecho de mi chofer la última semana.
Los trayectos a casa con Tada siempre son silenciosos, no incómodos, sólo silenciosos, de parte de ambas, claro. Ella enciende su radio y siempre están sonando canciones.
Y son pequeños momentos en los que puedo perderme en mis pensamientos, e imaginar mi vida como me hubiese gustado que fuese y no como en realidad es.
No decir nada ya se había hecho rutina. Y era mi momento de paz y silencio. Y se lo agradecía.
Durante la última semana, cada día al llegar a casa, siempre suelo invitarla a pasar, le ofrezco agua, o cualquier cosa. Pero ella siempre se niega a aceptar algo.
—No, gracias. Nos vemos mañana, Romy —repone, sonríe, coloca su auto en marcha y se aleja.
Algún día tal vez si le insista en que debe entrar. Cuando la vida que hubiese deseado sea real y no un pensamiento.
Pero por ahora, secretamente, agradezco que ella siempre rechace mi invitación.
Si alguien me invitara, sinceramente, no aceptaría.
Las noches se ha vuelto largas y las mañana frías.
Estamos siendo anclados a la pared de un recuerdo doloroso. Terminará en desgracia, Moon. Lo hará.
Para siempre tuya...
Romina
...
10 de febrero de 2017
Querida Moon...
Se marchó. Alguien más tuvo la osadía de abandonarme.
Me había aferrado a una rutina cada día al volver a casa luego. Tomaba una inspiración profunda, relajaba mis músculos y me preparaba mentalmente para lo que sea que me esperase.
Calculaba la distancia entre mi lugar a mi cuarto, en cuánto podría tardar en subir la escaleras y meterme bajo las sábanas
Siempre esperaba encontrar alguna escena fatídica, pero todo siempre suele estar tranquilo...
Hasta ese día.
Mis padres estaban peleando cuando atravesé el umbral, supongo que esa fue su forma de darme la bienvenida. Quise dejarlo pasar, caminar a mi habitación y encerrarme ahí. Pero algo sucedió, algo que veía venir, algo que sabía con certeza que sucedería en algún momento dado. Sólo que... no lo esperé tan pronto.
No me preparé mentalmente para que sucediese ya.
Una serie de gritos se abrieron paso frente a mi.
—¡Pues entonces vete con ella! — gritó mi madre. Y detuve en seco mi trayecto al pie de la escalera. Permanecí estática, incapaz de moverme. Un dolor se abrió paso, con las uñas dentro de mi pecho, rompiendo algo dentro. Algo de lo que queda muy poco
Y me obligué a no taparme los oídos y dejarme caer para balancearme en el suelo.
Recordé aquella vez en la que mamá me obligó a permanecer inmóvil con mis pies descalzos sobre el caliente suelo rasposo del patio trasero. Sólo porque hablé de más cuando no debía. El sol estaba en su punto, quemando todo a su paso, el sol de cada medio día. Me vi a mí misma con lágrimas en los ojos, sintiendo el dolor en mis pálidos pies, luego de eso, caminar fue todo un reto para mí.
Me sentí de ese modo en ese instante, sólo que el dolor no quemaba en la planta de mis pies, sino en mi pecho.
Y todo por culpa de ella. Todo siempre fue culpa de mi madre.
«Pues entonces vete con ella»
Esas palabras se reprodujeron en mi cabeza, una y otra y otra vez, como si fuesen un disco rayado.
¿Papá tenía a alguien? Al parecer, y a pesar de todo eso, no podía juzgarlo.
—¡Pues bien! —exclamó mi padre de vuelta.
No quería mirarlo.
Giré justo a tiempo para ver la mirada furibunda de mi padre quien se aproximaba a toda velocidad, con las manos hechas puños y los dientes apretados, en mi dirección. Paso de largo recogió un par de maletas. Las mismas que compramos para hacer el viaje.
El lugar se volvió pequeño, las paredes comenzaron a cerrarse a mi alrededor hasta oprimir mis músculos y adormecerlos.
Cuando finalmente caí en la realidad, mi vista viajó del tramo de escaleras hasta el umbral de la cocina, mi madre tenía la vista desencajada y las mejillas rojas. Se cruzó de brazos y observó como mi padre tomaba las dos maletas y las arrastraba a la puerta.
Lo miré una última vez y sus ojos me pidieron perdón en silencio, seguido de eso me dio un beso en la frente y salió a la calle.
Papá se marchó de casa. Fue la tercera persona en abandonarme. No podía creerlo y aún sigo sin poder asimilarlo.
¿Por qué no pudo llevarme con él?
Mi madre subió a su habitación, llevando una botella de alcohol con ella, como si no le importase. Chocó su hombro con el mio y desapareció por las empinadas escaleras de madera.
Mi padre se marchó, dando fin a una familia que desde hace muchos años estaba rota.
Ya ha pasado una semana Moon, aún duele, y sé que él no regresará, que tal vez ya de nada me sirva llorar. Y como dije antes, quizá avanzar es lo mejor.
Sólo espero que él esté bien.
Porque yo no lo estoy.
Para siempre tuya...
Romina.