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15 de marzo 2017
Querida Moon...
Ha transcurrido un mes desde que papá se fue de casa.
No ha venido ni una sola vez.
No ha llamado siquiera.
Y no puedo evitar sentirme enojada al respecto.
Las peleas con mi madre son cada vez más constantes. Su actitud siempre es hosca, y me trata como si fuese alguien desconocido. Un desconocido que no es de su agrado y decide ponerle el pie para que se caiga.
Ella está ebria la mayor parte del tiempo, le duele, muy en el fondo, que papá se hubiese marchado con otra, y su forma de llevar la rabia es bebiendo su peso en alcohol... Hasta que estoy cerca.
Ya pasamos por esto una vez. Hace mucho, pero ella ha vuelto a recaer. O tal vez nunca lo dejó.
Padre la ayudó a salir del hoyo lleno de barro en el que se había hundido hasta la clavícula, pero no sirve de nada, ha vuelto a caer, y sólo puedo mirarle los ojos.
Ella realmente odia la idea de estar sufriendo.
Peleamos, hace algunas noches. Ella había vuelto de comprar más alcohol y la discusión comenzó por una tontería...
--En realidad siempre es lo mismo, Moon--
Pero esa noche, sus palabras me dejaron extrañamente, muy, muy tranquila.
—¡Te odio! —gritó. Con los ojos grises pintados de rojo ¿existe la posibilidad de que mamá esté, tambien, en drogas?.
Mamá tenía la ropa harapienta y el cabello grasoso. Ella estaba hecha un completo desastre.
Y en mucho tiempo, volví a sentir lastima por mi madre.
Pacientemente aguardé, me llevé las manos a los costados, apreté los puños y... Esperé. Pero sólo se dedicó a sonreír con cinismo. Por primera vez sus ojos reflejaron honestidad.
Mi madre me odia. Nunca lo había dicho antes, desde que puedo recordarlo, al menos.
Pero yo sabía muy bien que era así. Recuerdo perfectamente cómo fue mi niñez a su lado. Sé como ha sido mi vida con ella.
Una sonrisa, que se me antojo sardónica se deslizó en mis labios. Y justo cuando creí que iba a volverme un mar de lágrimas, agitada por la culpa, subí las escaleras con tranquilidad y me resguardé tras los muros de mi habitación.
Sentí... tristeza.
Pero no por mí, desde luego. Sino por ella. Ella era un objeto inanimado, incapaz de amar, no le importaba nada más que embriagarse, hasta caer en la inconsciencia. Ella era la que había fracasado en la vida. La que cada noche manchaba el suelo con vómito, la que tenía manchada el alma.
Así que la palabra correcta, Moon, es lástima.
Eso siento por ella, lástima.
No me dolieron sus palabras ni un poco, después de todo era algo que siempre había vivido conmigo. No sentí nada relacionado con el dolor, y eso puede que me haya preocupado en algún momento, la única razón lógica que encontré fue que tal vez esté tan vacía que ya he empezado a carecer de emociones.
La armadura que había creado hacía ya mucho se había fortalecido.
Pero, ella no se detuvo ahí, para ella no fue suficiente.
Mi madre siguió gritando enardecida, pero esta vez no me cubrí los oídos, ni derramé lágrimas.
«¡Te odio!»
«¡Te odio!»
«¡Te odio!»
Repetía una y otra vez.
Y entonces supe, que yo tampoco la quería, no sentía ningún tipo de cariño hacia ella, sin embargo, no estoy segura de saber si realmente la odio.
Ella me había traído al mundo, sí, pero también había hecho de él un infierno. Y hubiese deseado que ella no hubiese sido mi madre, que jamás hubiese aceptado el papel de madre que no supo cumplir. Mi niñez se basó en golpes e insultos. En dolor y lágrimas.
Mi espalda reposó contra la pared, junto a la ventana. Pacientemente esperé, hasta que sus gritos finalmente cesaron.
Se cansó pasados unos minutos.
Que mi madre me odiase, después de todo, era algo que esperaba, vine para arruinar su vida. Odio era lo mínimo que podía obtener de ella.
Mi madre me gritó treinta y cuatro veces que me odiaba, todas contadas. No sentí nada al respecto. ¿Es eso malo?
«No lo sé»
«No lo sé»
Sigo sin saberlo.
Sólo sé que tú sí me quieres, Moon. Y que, con paciencia, me escuchas.
Para siempre tuya...
Romina