Como mamá ya podía al menos movilizarse, decidió que era tiempo de mudarnos.
—Nos vamos a una casa como la gente –decía ella.
Con el dinero que le quedó de los restaurantes compró una casa de dos plantas, que por fuera se veía pequeña pero cuando entrabas era amplia. Era tan amplia que mi tía le propuso llevar a mi abuelita a vivir con nosotras, pero, aunque mamá no se llevaba bien con ella, porque las había abandonado de pequeñas por irse de fiesta con sus amigos, y si no era mi tía quien la sacó del alcoholismo seguiría vagando por la vida, con alcohol envés de sangre en las venas, aunque eso es un decir, pero mamá le tenía rencor, sin embargo, pensó en nosotras, pensó que si mi abuela estaba en casa, nosotras estaríamos mejor. No fue así, pero no por culpa de mi abuela, ni de mamá, solo es la vida que te da lo que no pediste.
Mamá aceptó. A la semana de mudarnos, llegó mi abuela y mi tía, se instalaron en el departamento del fondo, para que me entiendan, la casa que compró mamá constaba de tres bloques, tipo departamentos y cada uno contaba con todos los servicios independientes, lo que los mantenía conectados era el patio gigantesco, y la puerta de calle. Para variar, cada departamento tenía su propia terraza. Era una casa que hoy en día valdría una fortuna.
Nosotras nos instalamos en el departamento del medio. Como no teníamos quién se ocupara de la limpieza, decidimos que cada una de nosotras se ocuparía de un sector, hicimos lo de las pajillas, pero envés de pajillas mi hermana mayor tomó tres palitos de fósforo y partió una en la mitad, las puso ordenadas y tapó con sus dedos la mitad, así no sabríamos cuál es la pequeña, esa sería la que limpiara la cocina, que era lo que ninguna quería hacer. Saqué yo y me tocó el living, estaba feliz con mi elección, a la que tocó la cocina fue a mi hermana menor que se enojó y comenzó a protestar en contra de nosotras.
Una mañana de invierno, en medio de las vacaciones invernales, llegó de visita un señor de traje oscuro, pero no venía solo, traía consigo a una chica que parecía de mi edad. Mi abuela y mi tía los recibieron. Los vi de pasada, la chica era blanquísima, pero lo que llamó mi atención fue su nariz aguileña y sus ojos grandes color miel. No me parecía bonita, pero sí extraterrestre, no sé por qué, pero era la impresión que tenía de ella.
Así que fui a espiarles.
Mi abuela charlaba con el hombre mientras mi tía les servía el café.
Como no escuchaba nada, volví a mi cuarto a hacer lo que hacía, ya ni sé. Cuando vi que el hombre se iba solo, corrí a ver a mi abuela, lo que quería era saber quién era la chica extraterrestre y por qué no se había marchado con el hombre.
—Acércate hija, esta es tu prima, Cristinita, y va a quedarse con nosotras hasta que terminen las vacaciones. Trátale bien, hija —me dijo mi abuela al verme entrar.
Yo me limité a asentir con la cabeza. A la que se suponía era mi prima apenas pude verla, me puse nerviosa delante de ella, y solo me fui así como había entrado sin preguntar. Bajé rápidamente a contarles a mis hermanas.
—Si serás tonta, mamá ya nos lo dijo esta mañana… dijo que no fuéramos a verle. Eres una desobediente –me acusó mi hermana menor.
—Claro, ¿vos dices eso porque te acuerdas de todo no? —le dije para defenderme pero ella no entendió mi sarcasmo.
—Sí. Siempre lo hago. Tú no —me contestó y se fue a jugar.
Los días siguientes a Cristina, apenas la veía. Cuando salía del departamento y miraba hacia el nuestro, yo me escondía. Pero ¿por qué lo hacía? No lo sé, supongo que no me gustaba que se queden mirándome. Fue cuando mi tía me llamó y me dijo:
—Victoria, lleva a tu prima a jugar contigo. No seas egoísta.
Pero yo no sabía que estaba siendo egoísta, al no invitarla a jugar conmigo. De esa forma, Cristina venía detrás de mí.
—¿A qué te gusta jugar? —le pregunté para no seguir siendo egoísta.
—¿A qué juegas vos? —me devolvió la pregunta.
Alcé los hombros.
—Lo que sea…
—Bien, juguemos a las carreras –dijo y yo acepté.
Ella era mucho más rápida que yo y eso me molestaba. Pronto se nos unió mi hermana menor. Le ganó a ella también y se fue enojada. Así que volvimos a quedarnos solas.
Yo ya me aburría y solo quería volver a mi cuarto. Por esos días me gustaba hacerle ropa a mis muñecas, y solo pensaba en hacer eso. Pero Cris no tenía ganas de volver con mi abuela.
—¿Y si jugamos a que hacemos el amor?
—¿y cómo se hace eso? —le pregunté.
—¿No ves películas?
—Claro que si veo, a veces veo películas de terror, pero nunca de cómo se hace el amor…
—Ven, yo te enseño.
Me tomó de la mano y me llevaba hacia la terraza, ella ya había investigado de pe a pa la casa.
Ahí había una especie de techo, y se podía jugar aunque se soltara a llover.
—Es así—dijo— . Yo me echo como si estuviéramos en la cama y vos te pones encima —decía eso mientras se sacaba los calzados. Yo hice lo mismo y me eché encima. No le veía sentido.
—Pesas mucho… —se quejó, y me hizo caer de lado, luego ella se me puso encima—. Sí así… ahora bésame. ¿Sabes besar o eso tampoco sabes hacer?
—Besar es pan comido —le dije para no quedar atrás, recordaba mis prácticas con mi las vecinas de antes, y Cris me tocaba todo el cuerpo, pero era tan inexperta como lo era yo. En ese momento mi hermana menor nos vio y se fue a contárselo a mi tía. Y para mi mala suerte, mi tía, a la que apenas conocía, descubrí que se parecía a sor María, de hecho era igual de estricta, seria, y sumamente religiosa, porque cuando mi hermana se lo contó con lujos de detalles sobre nuestro juego, mi tía casi se arranca los pelos de la cabeza.
—¡Dios mío santo! ¡Esas cosas son del diablo!
Luego nos regañó a las dos y nos prohibió subir a esa terraza a jugar. Luego se llevó a Cris como si fuera un paquete, pero Cris se daba la vuelta, me sonreía y me hacía caras para que me riera. Yo tenía miedo de que mi tía se lo fuera a contar a mamá y por eso dejé de jugar con ella. Igual, por algo que comentó mamá, a mi hermana mayor, supe que no le agradaba Cris, pero yo no comprendía nada. Sólo pensaba en jugar y jugar con mi muñeca y nada más.
Cris en cambio siempre se inventaba alguna excusa para bajar a vernos. Mi hermana menor la ignoraba y yo, siempre me sentía tentada a ir a jugar con ella, porque era mil veces más divertida que mi hermana menor.
—No vayas con ella… mamá dijo que no nos metiéramos con ella… no seas desobediente.
—Pero qué tiene de malo, solo quiero jugar. Además, vos no quieres jugar lo mismo que yo…
—Seguramente piensas jugar a esas cochinadas…
—¿Qué cochinadas y ocho cuartos? —me iba ofendida con ella, y me iba a jugar sola, porque una cosa que nunca quería era que mi mami se sintiera mal por mi culpa y por ese tiempo yo pensaba que si le desobedecía, mamá se pondría a llorar y verla llorar era lo peor del mundo para mí.
Era temporada de viento y teníamos nuestras cometas hechas por nosotras mismas. Me divertía tanto con eso. Desde la terraza de mi abuela, Cris me vio jugando con mi cometa, y se hizo una, luego salió a la terraza de ella y elevó su cometa también, pero siempre ella salía superándome y se reía de mí. Eso me molestaba y enojada con ella y me volvía a mi cuarto.
—Tenías razón. No hay que hablar con ella —le decía a mi hermana.