Cris se quedó todo el año.
Una mañana mi tía vino a charlar con mi mamá, y como siempre, abrí mis oídos por curiosa.
—Parece que le ha abandonado, no piensa volver por ella y ya empezarán las clases, no sé qué debo hacer.
—Que se quede, ¿hay otra opción? –le decía mi mamá.
—La mamá dice lo mismo.
—Claro, porque es la hija de su preferida –le respondía mamá, con un tono amargado.
—Recuerda que está muerta. Cris no tiene madre…
—Por eso digo que se quede, ¿no? ¿Estoy siendo mala? –recriminaba mi mamá. Mi tía negaba con la cabeza.
Ese año Cris fue a la misma escuela que nosotras, yo iba en el verde y ella en el amarillo, y casi no la veía en la escuela. Pero en la salida, siempre las tres volvíamos juntas a casa. Quedaba a diez cuadras. Por suerte ya éramos más independientes y ya nadie me embutía el desayuno antes de ir a la escuela, por suerte mamá nos cambió a una escuela que no era católica, pero sí era mixto, es decir, chicos y chicas iban a la misma sala. Eso era nuevo para mí y tenía mucha curiosidad por saber si mis nuevos compañeros serían chicos lindos como pasaba en las películas.
El primer día de clases, el aula estaba dividida en dos. A un lado las chicas y al otro los chicos, ninguno de los lados miraba hacia el otro. Yo, por timidez apenas y miraba de muy de pasada al lado de los chicos, y por lo que pude ver todos estaban igual de nerviosos.
En el recreo vi que Cris ya estaba rodeada de nuevas amigas, y que me sonreía de pasada y ponía caras para hacerme reír.
—Vic –me llamaba para jugar con ellas, pero yo me daba la vuelta para hacerme a la que no la había visto, y en eso apenas sabía cómo volver a mi aula.
En la salida siempre me decía lo mismo.
—De vuelta no me viste…
—¿Dónde?
—En el recreo…
—Ah.
—Será mañana, no lo olvides. Quiero presentarte a mis amigas.
—Bueno.
Teníamos dos caminos para volver a casa, el largo y el corto. No nos gustaba el camino corto porque teníamos que pasar por una casa que estaba abandonada, y porque cada vez que pasábamos, Cris nos contaba lo que había pasado ahí.
—Dicen que la mujer mató a toda su familia y ahora su alma y la de toda su familia asusta a la gente que quiere vivir en su casa…
La sola idea me daba miedo.
—Ya basta… no quiero que sigas hablando de eso… —le decía, tapándome los oídos.
—¿Por qué? ¿Te da miedo?
—No… —en realidad sí y se me notaba—. Solo que…
Ahí mi hermana menor abría la boca.
—Vos no puedes saber nada de eso. Te lo estás inventando –le acusó.
—Es la verdad, yo solo les cuento lo que ha pasado… para que un día, por si quieren comprar esa casa o entrar no les pase lo mismo —alza los hombros y al verme que seguía asustada continuaba—. Dicen que recientemente una familia compró la casa pero se fueron el primer día…
—¿Por qué? –yo preguntaba.
—Porque vieron a la mujer fantasma toda ensangrentada… —y ella hacía gestos que le dieran más credibilidad y a mí me entraban tremendas nauseas al imaginármelo.
—Te lo estás inventando todo —le decía mi hermana y se adelantaba a nosotras. Siempre que algo no le gustaba hacía eso y nos dejaba atrás. Odiaba que hiciera eso.
Otros días, que para variar de rutina, elegíamos el camino largo, pasábamos por un terreno baldío que tenía una pared como única muestra de que a alguien le pertenecía. La pared tenía varios huecos. Un día en el que mi hermana estaba de pésimo humor y nos llevaba a paso rápido, yo ya no daba más y simplemente me detuve frente a ese terreno.
—Dale, seguí avanzando. Vamos que tengo que ir al baño –me apuraba porque yo le había acusado con mi mamá por dejarnos solas y ella, que era súper obediente no tuvo más remedio que quedarse con nosotras, pero en días como ese, sufríamos sus apuros.
—Espera que ya no puedo, me duele el costado…
—Eso es porque no haces ejercicios—me dijo ella.
—Mentira –vi que había un nuevo hueco en esa pared y sin pensarlo dos veces me puse a fisgonear para adentro. Y lo que vi fue a un hombre desnudo que se estaba sobando sus partes bajas. Por la impresión, más bien de asco, ya que era la primera vez que le veía las partes a un hombre retrocedí y Cris, se puso a ver por el hueco.
—Pero que tremenda asquerosidad –soltó sin bajar la voz. Mi hermana también se fijó por el hueco y ella se quedó callada.
—Asco… —repetí—. Vamos ya…
Cris se reía de mí al verme la cara que tenía, pero para mí no era gracioso, solo asqueroso.
—Hay que decirle a la mamá –dijo mi hermana.
—¿Para qué? Se va a preocupar en vano –le contestó Cris.
—Tiene razón. Igual podemos ir por el frente, ¿o no?
—Sí —Cris me apoyaba.
Pero mi hermana se lo contó a mi mamá y desde ese día nos daba dinero para que volviéramos en bus.
En realidad no era bonito viajar en bus, porque siempre iba lleno, y nosotras viajábamos re incómodas, a la semana volvimos a regresar caminando.