Gina no sabía qué decirme, parecía que no esperaba ver esa reacción en mí, y no la culpo, éramos amigas de vista nomás, no me conocía el mal genio que me cargaba en esos días. Así que Gina tragó saliva y me dijo.
—Una de mis amigas me pidió el favor…
—Entonces debió ser ella —dije echa a la investigadora privada.
—No lo creo, la castigó mi profe y por eso me pidió el favor… me dijo que le haga el favor de entregarte esa nota que una de sus amigas le rogó que te entregara…
—Es decir, si lo que me dices es verdad, esta carta pasó por al menos tres manos… y de seguro la leyeron... —torcí mis labios.
—Oye, V, yo no puedo hablar por mi amiga, pero yo no la leí. Te lo juro. Ni siquiera sé qué es… ¿Es una amenaza?
Seguramente al ver mi reacción ella creyó que era eso, pero era todo lo contrario, era una muy linda y tierna declaración de amor, pero en ese momento era una inmadura. Rompí en pedazos la carta y la lancé al basurero.
Gina me miró y luego se fue. Yo seguí mi camino.
Pero eso no terminó ahí. Al día siguiente, no podía sacármela de la cabeza, ¿y si no era una broma? Si era una invitación real, solo tenía que ir atrás de las canchas.
A la salida me animé a ir a ver si era o no verdadera la invitación. Ese lugar no me gustaba.
—Debió elegir algo menos tétrico… —me quejé imaginándome que le decía eso al que había escrito la carta, pero cuando llegué vi que una chica de primero, apoyada en la pared. Al verme, corrió para saludarme, yo retrocedí, porque apostaba que solo era un chiste de mal gusto, pero ella estaba ahí.
Lo primero que vi de ella era el lunar en su mentón. No la conocía bien, tenía el cabello oscuro y lizo y le caía hasta los hombros. Ella me miró como si me conociera, me superaba en tamaño.
—Ya creía que no vendrías, V –me dijo, y rápidamente me dio un beso en la mejilla.
—No puede ser que tú escribieras esa declaración… —le dije.
—Sé que no te ha gustado, perdona, era la primera vez que escribía una… —se puso un poco triste y yo me sentí la peor persona por romper la carta.
—No es que no me gustara… solo que no sé por qué lo hice, supongo que tengo mal carácter. Últimamente todos me lo dicen…
—No tienes mal carácter, te he visto…
—¿Qué tratas de decir con eso? Todo el tiempo ando de mal humor, ya ni yo misma me tolero…—no sabía por qué estaba siendo tan abierta con ella, pero ahí estábamos, las dos charlando.
—¿Por qué querías que viniera acá? Este es un feo lugar… el peor de la escuela… —le dice, con un tono crítico, al estilo de mi tía.
—Porque si me rechazabas no habría nadie para verlo –dijo y luego agregó—, y además porque me queda cerca de las canchas.
—¿Estás en el equipo de voleibol?
—Sí, ¿quieres ver el entrenamiento?
—No creo, quizás otro día…
Comenzamos a ir hacia la puerta de salida de la escuela.
—¿Y bien? Ahora que sabes que soy yo, ¿quieres salir conmigo? —dijo ella de la nada, al decirlo aquello noté el cambio en su voz. Parecía que realmente yo le gustaba, y eso me abrumaba mucho.
—No lo sé, a penas y nos conocemos…
—Pero eso se soluciona de una. Podemos ir a comer helados mañana, luego del partido. Será a la salida. ¿Te animas?
No podía decirle que no, pero no quería decir que sí. Solo quería salir del paso. Ella entendió justo lo contrario y se puso contenta.
—Tengo que regresar, hay práctica hoy –me dijo, señalando hacia las canchas. Vi que otras chicas con el uniforme del equipo se preparaban.
—Nos vemos —le dije y ella me dio un beso muy cerca de los labios, y se fue corriendo, hacia las canchas. Justo en ese momento me di cuenta que en ningún momento le había preguntado su nombre, quise llamarle, pero estaba ya lejos. No sabía su nombre, pero estaba iniciando un viaje al dolor que yo no tenía idea. En ese momento, me detuve para verla llegar a las canchas.
—¿Qué haces todavía aquí, Vic? –me dijo Richy, un chico de mi curso, según yo, era el más guapo de todos. Torcí los labios y le dije.
—¿Qué te importa? –y me fui a casa, Ricky venía por detrás, ese era también su camino. Me dio alcance.
—Te ves fea cada vez que te pones así –dijo y luego se rió de mí al verme enojada.
Desde ese momento solo veía todas las excusas para no ir al día siguiente a clases, pero no había forma. En esa época yo no era tímida, pero cuando ella apareció en mi vida, simplemente me dio un giro de 180 grados a mi vida. Además, yo era cuatro años más grande que ella y de todas formas. ¿Qué tenía que hacer con una nena de su edad? Yo solo veía excusas para no ir. Así llegó la hora del partido, vi el partido desde lejos. Ella me saludó con las manos, al verme. Ganaron el partido, y al terminar, cuando se suponía que íbamos por los helados, simplemente me fui, no, en realidad huí. Mis pies me llevaban de regreso a casa, y mi corazón me decía que volviera, que estaba haciendo mal al dejarla plantada. Y mi cabeza, trataba de razonar la situación pero no podía.