Capítulo 26 : El precio del reencuentro

1001 Words
Capítulo 26 : El precio del reencuentro El aire dentro del búnker pesaba como plomo. Ariadna aún temblaba. No por el frío, ni por el hambre que a estas alturas era costumbre, sino por lo que acababa de ver. Su padre, el comandante Diego Sanz, el hombre que había crecido admirando, al que había buscado entre ruinas, desesperación y muerte… estaba infectado. No era un simple mordisco. Lo había visto en sus ojos. Esa mezcla de lucidez y agonía, de conciencia atrapada bajo el rugido de la mutación. Y lo peor de todo: él lo sabía. —No puedes quedarte aquí —dijo él en voz baja, con la mandíbula tensa, la piel pálida y los dedos temblorosos—. Ya es tarde para mí. —No —susurró Ariadna, sujetándolo de la chaqueta militar—. No después de todo lo que pasamos. No después de perder a mamá, a Ortega, de… de sobrevivir con Cloe sola. No te voy a dejar. Diego cerró los ojos un momento, respiró hondo y habló con un tono más frío. —Tú y tu hermana son lo único que me mantuvo cuerdo. Pero la realidad es la que es. El virus… ha cambiado. No tengo mucho tiempo. Cloe, en una esquina de la sala, abrazaba con fuerza al peluche gris que solía pertenecer a su madre. Miraba todo en silencio, como si entendiera el peso de cada palabra. —Lo que encontraste en el pendrive es real, ¿verdad? —preguntó Ariadna, con los ojos enrojecidos. —Sí. La Sección Omega no era un rumor. Era el último experimento autorizado antes de que la cadena de mando colapsara. Crearon un nuevo suero, uno que… que puede revertir la mutación. O detenerla en fases tempranas. Pero solo uno de cada cien responde. —¿Y tú? —Fui el paciente cero del grupo experimental —respondió Diego, sonriendo con amargura—. El protocolo fue forzado. Me mordieron en una misión de extracción en Queens. No dije nada. Me ofrecí como voluntario. El suero... no funcionó. Un estruendo metálico sacudió el búnker. Ariadna levantó la cabeza de golpe. El silencio posterior era tan antinatural como amenazante. —¿Qué fue eso? —murmuró ella, echando mano de su arma. —Mutados tipo X —dijo su padre, sacando su rifle con dificultad—. No sé cómo nos rastrearon, pero ya están aquí. El sistema de seguridad colapsó en segundos. Las luces parpadearon, y un alarido distorsionado se escuchó en los túneles. —¡Toma a tu hermana y vete! —ordenó Diego—. Hay una salida de emergencia al este, por la cámara criogénica. Usa el código **0705ALPHA**. —No pienso dejarte. —¡Ariadna, escúchame! —bramó él, tosiendo sangre negra—. No puedo protegerlas así. Pero aún puedo ganar tiempo. Aún puedo ser útil. No conviertas esto en una tragedia completa. Cloe corrió hacia ellos y abrazó a su padre con fuerza. Diego la sostuvo por un instante, acariciándole el cabello, conteniendo el dolor que ya lo carcomía por dentro. —Mi pequeña soldado… cuida de tu hermana, ¿sí? Ariadna no podía contener las lágrimas. Su visión borrosa apenas le permitía ver el rostro endurecido de su padre. Con un susurro, apenas audible, él dijo: —Prométeme que vivirás. Ariadna asintió, con la voz rota. —Te lo prometo. (...) El túnel de emergencia estaba húmedo, oscuro y lleno de ecos. Ariadna sostenía con fuerza la mano de Cloe mientras descendían entre luces de emergencia titilantes. Detrás de ellas, el sonido de disparos y rugidos mutantes se mezclaba con explosiones breves. Diego estaba peleando su última batalla. El código funcionó. La compuerta blindada se abrió con un quejido mecánico. Más adelante, la cámara criogénica estaba medio colapsada. Cápsulas abiertas, frascos rotos, documentos dispersos como hojas secas tras un huracán. —¿Qué es esto? —murmuró Ariadna. En el centro, una consola aún activa mostraba un mensaje: > **SUERO PROTOTIPO 9-Ω: ESTABILIZADO** > > **VIABLE EN FASES INICIALES** > > **UNIDAD DISPONIBLE: 1** Los ojos de Ariadna se abrieron con asombro. ¿Una última dosis viable? Pero entonces, un chillido penetrante la hizo girarse de golpe. Una figura surgió de entre las sombras. No era un mutado normal. Su piel estaba quemada, su cuerpo cubierto de placas óseas, y su rostro era una amalgama de dolor y locura. Era un **sujeto experimental fallido**, el resultado de una combinación mal calculada del suero. Y la había olido. Ariadna empujó a Cloe detrás de una cápsula y disparó. Una, dos, tres veces. Las balas apenas lo ralentizaban. El monstruo se abalanzó sobre ella. Rodaron por el suelo. Ariadna sintió las garras rasgar su chaqueta. Logró sacar el cuchillo de combate y lo hundió en el cuello del engendro. Gritó con todas sus fuerzas mientras la criatura se retorcía encima. Un chasquido y luego… silencio. Temblando, cubierta de sangre negra, Ariadna se incorporó. Cloe corrió hacia ella, llorando. —¡No quiero que te mueras también! Ariadna la abrazó con fuerza, con las manos manchadas, los pulmones ardiendo. —No voy a dejarte. Nunca. --- Con manos temblorosas, Ariadna tomó la única dosis viable del suero. La sostuvo frente a la luz parpadeante mientras una idea temeraria cruzaba su mente. ¿Y si no era demasiado tarde para su padre? ¿Y si…? Al final nada de lo que han logrado hasta ahorita se daría eso si sería una jugada mala del destino solo esperaba que existiría a pesar de todo una posibilidad de que su padre se salvará porque ya una vez perdió a su madre y ahora solo le quedaba su hermana menor aquella que estaba viendo un mundo horrible lleno de cosas crueles a causa de un virus que los estaba volviendo a lo que una vez era un mundo imperfecto pero lleno de tranquilidad un lugar lleno de sangre, muerte y destrucción y su pobre hermanita tenía que soportar todo lo que eso acontece... Fin del capítulo.
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