Capítulo 32: Piso Alto
El silencio del edificio era engañoso.
Ariadna y Cloe permanecieron sentadas en el suelo, con la espalda contra la pared, intentando que sus latidos bajaran. El archivador que habían puesto contra la puerta seguía en su lugar, pero cada tanto se escuchaba un golpe sordo, como si algo del otro lado quisiera entrar.
—¿Cuánto crees que aguanten ahí afuera? —susurró Cloe, abrazando sus rodillas.
—No es cuestión de que aguanten… es cuestión de que no nos escuchen —respondió Ariadna, aferrando el cuchillo manchado.
El aire olía a polvo viejo y humedad. El lugar parecía abandonado hacía meses… pero había algo que no encajaba. En el pasillo, a la derecha, una luz parpadeaba. Era tenue, amarilla, como de una lámpara alimentada por una batería.
—Espera aquí —ordenó Ariadna.
—No. —Cloe se levantó con decisión—. No pienso quedarme sola otra vez.
Ariadna no discutió; simplemente avanzó, pisando sobre la alfombra gastada que amortiguaba sus pasos. El pasillo se estrechaba hasta desembocar en una puerta entreabierta. La luz provenía de dentro.
Empujó con cuidado.
---
La oficina era pequeña, pero no estaba vacía. Una mesa improvisada servía como banco de trabajo, cubierta de frascos, vendas y botellas de plástico. En la esquina había un saco de dormir enrollado y, sobre una caja de madera, un viejo radio de onda corta con una antena torcida.
Pero lo que heló a Ariadna no fue eso… sino el olor.
No era el hedor pútrido de los infectados. Era diferente: sudor humano, fuerte y reciente.
—Ariadna… —susurró Cloe, tirando de su chaqueta.
Un ruido metálico resonó desde el pasillo. Pasos.
No arrastrados, sino rápidos. Humanos.
Ariadna apagó la linterna y señaló hacia un escritorio caído. Ambas se agacharon detrás, conteniendo la respiración. Los pasos se acercaron, acompañados por una respiración acelerada. Una silueta entró en la oficina. Era un hombre, alto, delgado, con una chaqueta militar vieja y un machete colgando del cinturón. Sus ojos, cansados, se movieron por la habitación con precisión.
—Sé que están ahí —dijo, con voz ronca.
Ariadna se tensó, preparada para atacar. El hombre levantó una mano.
—Tranquilas. Si quisiera hacerles daño, ya lo habría hecho.
---
Con cautela, Ariadna salió de su escondite, manteniendo el cuchillo en la mano.
—¿Quién eres?
—Un sobreviviente… como ustedes. Me llamo Mason. —Sus ojos se posaron en la mochila de Ariadna—. Han tenido suerte ahí fuera. Pero aquí no es seguro.
—¿Por qué? —preguntó Cloe.
—Porque este edificio es una trampa. Lo usan… ellos.
Ariadna frunció el ceño.
—¿Ellos?
—Gente. Peor que los infectados. Cazan vivos para venderlos. Si los escucharon entrar, ya vienen en camino.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, un ruido ensordecedor subió desde la planta baja: madera rompiéndose, voces gritando órdenes, botas golpeando el suelo.
Mason corrió hacia la ventana lateral.
—Hay un acceso a la azotea por las escaleras del final del pasillo. Si no nos movemos ya, nos encontrarán. Y no quieren que eso pase.
La huida fue un caos. El pasillo se llenó de gritos y disparos. Ariadna empujó a Cloe delante de ella mientras Mason cubría la retaguardia, cortando con el machete a cualquiera que se acercara. Subieron dos tramos de escaleras hasta una puerta oxidada que daba al techo.
El aire frío de la altura las golpeó. Desde allí, la ciudad se extendía como un cementerio de acero y humo. Mason señaló un edificio más bajo, a unos metros.
—Podemos saltar.
Ariadna miró el hueco entre los tejados. Era arriesgado.
—Si caemos…
—Peor si nos quedamos.
Mason saltó primero. Cloe dudó, pero Ariadna la impulsó suavemente. El impacto la hizo rodar, pero se levantó ilesa. Ariadna fue la última en cruzar.
A salvo por el momento en un almacén abandonado, Mason les explicó lo más inquietante:
Esos tipos tienen un campamento en la vieja terminal de trenes. Han estado capturando gente para… intercambiarla por armas y comida con otros grupos. Y si están patrullando por aquí, es porque necesitan más “mercancía”.
Ariadna apretó la mandíbula. La idea de humanos usando a otros como moneda le revolvía el estómago.
—No pienso cruzarme con ellos.
—Pues tendrás que cambiar tu ruta —dijo Mason—. Y rápido. Porque ahora saben que existes.
Afuera, el eco distante de una sirena improvisada resonó entre los edificios, un aviso para la cacería.
Ariadna entendió que la ciudad acababa de volverse aún más peligrosa.
Y que esos hombres… no iban a parar hasta encontrarla.
(...)
La noche había caído por completo.
El almacén en el que se refugiaron era un cascarón de metal oxidado, con paredes abolladas y un techo lleno de agujeros por donde se colaba el frío. Mason había encendido un pequeño hornillo portátil en una esquina, el único punto de luz en medio de tanta penumbra.
Ariadna se sentó junto a Cloe, que dormitaba envuelta en una manta térmica. Mason, en cambio, parecía inquieto. Movía la pierna de manera constante, mirando hacia la entrada como si esperara que alguien tocara en cualquier momento.
—¿Hace mucho que estás en la ciudad? —preguntó Ariadna, rompiendo el silencio.
—El tiempo suficiente —respondió él, sin mirarla.
—¿Y cómo sabías lo de los hombres en el edificio?
—He visto lo que hacen. No me interesa acabar como sus otras “presas”.
Su respuesta fue rápida, demasiado ensayada. Ariadna lo notó.
Mason tomó una lata de estofado y comenzó a calentarla sobre el hornillo. El olor metálico y grasiento llenó el aire.
Cuando Cloe se durmió profundamente, Ariadna se levantó y caminó hasta una estantería derrumbada al fondo del almacén. Entre polvo y cajas húmedas encontró algo que la detuvo en seco: una mochila negra, nueva, con parches de un regimiento militar estadounidense… el mismo que su padre había mencionado alguna vez en sus cartas antes del brote.
La abrió con cautela. Dentro había vendas, un cuchillo de combate y un cuaderno con el sello del ejército. Las primeras páginas estaban arrancadas, pero más adelante se podía leer una anotación con letra firme:
> “Último contacto con el objetivo: coronel A. Velasco. Estado: desconocido. Posible ubicación: Cold Spring.”
Ariadna sintió un frío en la espalda. Ese era el nombre de su padre.
Cerró el cuaderno con fuerza, intentando que su respiración no la delatara.
—Bonita mochila, ¿verdad? —La voz de Mason sonó detrás de ella.
Ariadna se giró de golpe. Él estaba de pie, a pocos pasos, con la mirada fija en sus manos.
—¿Por qué tienes esto? —preguntó ella, con el cuchillo listo.
—Porque en este mundo, la información es más valiosa que las balas.
—Responde la maldita pregunta.
—Digamos que conocí a tu padre… y que él no está muerto.
Ariadna sintió que el piso se movía bajo sus pies.
—¿Dónde está? —susurró.
—Eso depende… de si decides confiar en mí.
El silencio se llenó con un ruido lejano: motores, varios, acercándose por la avenida. Mason apagó el hornillo de un golpe.
—No tenemos tiempo para discutir —dijo—. Esos tipos nos están rastreando. Y si caemos en sus manos, no llegarás a ver a tu padre nunca.
Ariadna lo observó, dudando. Todo en ella gritaba que no debía confiar, pero si lo que decía era cierto…
Cloe, medio dormida, murmuró:
—¿Ari? ¿Qué pasa?
—Nada, pequeña… —le acarició el cabello, pero su mente hervía.
---
Salieron por una puerta lateral, corriendo entre callejones inundados de basura. Mason los guiaba como si conociera cada ruta segura. Demasiado seguro.
En una intersección, Ariadna se detuvo un instante para mirar hacia atrás… y juraría que vio, a lo lejos, una figura observándolos desde la azotea de un edificio. Un destello metálico brilló bajo la luz de la luna, como el reflejo de un visor.
“Nos están siguiendo”, pensó.
Pero no sabía si era por culpa de esos cazadores…
…o por culpa de Mason.