Capítulo 34: De vuelta al infierno
El amanecer había avanzado, bañando la ciudad en un brillo engañoso. Desde la ventana rota del edificio, Ariadna observaba el horizonte. Mason dormía recostado contra una pared, con el rifle apoyado en las piernas; Cloe, acurrucada bajo una manta raída, respiraba con dificultad, todavía agotada por la carrera de horas atrás.
Pero Ariadna no dormía.
No podía.
La imagen de su padre atado, rodeado de monstruos, la perseguía como una sombra en la nuca.
*"Pro… te… ge… a Cloe…"*
Ese murmullo no era solo un último rastro de conciencia. Era una súplica. Y ella no podía ignorarla.
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A media mañana, Mason se incorporó y la vio revisando su mochila.
—¿Qué haces? —preguntó, con ese tono seco que usaba cuando sospechaba lo peor.
—Voy a buscarlo. —Ni siquiera intentó suavizarlo.
Mason se puso de pie.
—Ni hablar. Está infectado. No vas a arriesgarte por alguien que ya no existe.
—¡Es mi padre! —la voz de Ariadna se quebró, pero la furia la sostuvo—. Tú no entiendes…
—Entiendo perfectamente. —Mason se acercó, bajando el tono—. Perdí a mi hermano en la primera semana. Y si hubiera hecho lo que tú piensas, estaría muerto también.
—Entonces déjame ir sola.
Cloe se despertó, frotándose los ojos.
—Ari… —susurró, temblando.
Ese “Ari” pequeño y vulnerable fue como un golpe de realidad, pero la determinación de Ariadna era más fuerte.
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No esperó más discusiones. Aprovechó el momento en que Mason salió a inspeccionar el pasillo para agarrar su machete, la linterna y tres bengalas.
Cloe intentó seguirla, pero Ariadna se arrodilló y le sostuvo la cara.
—Voy a volver, lo juro. Quédate con Mason.
Cloe la abrazó con tanta fuerza que Ariadna sintió que le arrancaban el corazón al separarse.
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La ciudad estaba más silenciosa que la noche anterior, pero ese silencio no era alivio: era el aviso de una tormenta. Entre los callejones, el aire olía a hierro y podredumbre. Los cadáveres frescos en la acera indicaban que la horda había pasado no hacía mucho.
A medida que se acercaba a la tienda donde lo dejaron, Ariadna apretaba los dientes. Su respiración era un compás irregular entre miedo y adrenalina.
Cuando dobló la esquina, el mundo se detuvo.
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El lugar estaba destrozado.
Vidrios, sangre y huellas arrastradas pintaban el suelo. No había cuerpos… ni su padre.
Solo el rastro de una cadena rota.
Ariadna sintió un escalofrío en la espina dorsal.
—No… no, no…
Un ruido detrás de ella la hizo girar.
Al principio pensó que era un infectado, pero no. Era él.
Su padre estaba de pie, a pocos metros, los ojos rojos como brasas, el cuerpo encorvado… y aún así, algo en su postura, algo mínimo, era humano. La miraba fijamente, inmóvil.
—Papá… —susurró, con un nudo en la garganta.
Él dio un paso.
No rugió. No se lanzó sobre ella. Solo… caminó.
Como si la reconociera.
Ariadna dio otro paso hacia él, sintiendo un atisbo de esperanza.
Hasta que un chillido desgarrador resonó desde un edificio cercano.
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De las sombras comenzaron a salir infectados. Primero dos, luego cinco, luego más de una docena. No corrían aún, pero sus ojos la fijaban como depredadores.
Su padre giró la cabeza hacia ellos y soltó un rugido… no contra ella, sino contra los demás.
Por un instante, Ariadna lo vio: protegiéndola.
—¡Vamos, por favor…! —susurró, tendiéndole la mano.
Y él… dio un paso hacia ella.
Pero entonces, uno de los infectados lo atacó por el costado, mordiéndole el cuello.
La furia lo transformó por completo, y en segundos, el hombre que fue su padre se lanzó contra la horda, dándole a Ariadna una sola oportunidad: correr.
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Corrió como nunca. Las calles se convirtieron en un laberinto de sombras y gritos. Los pasos frenéticos de los infectados la perseguían, pero ella no se detuvo hasta ver el edificio de refugio a lo lejos.
Mason la estaba esperando en la entrada, furioso.
—¡Maldita sea, Ariadna! —la agarró del brazo—. ¿Qué diablos hiciste?
Ariadna no respondió. Se dejó caer contra la pared, jadeando, con los ojos vidriosos.
—Lo vi… me protegió.
Cloe la abrazó, sin entender del todo, pero sabiendo que algo dentro de su hermana se había roto un poco más.
(...)
La noche había caído como un manto pesado sobre la ciudad.
El refugio improvisado que Mason había encontrado —un edificio administrativo con la puerta principal bloqueada por escritorios y archivadores— estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo. Afuera, de vez en cuando, el viento traía consigo un murmullo lejano… como si la ciudad misma respirara.
Ariadna estaba sentada junto a Cloe, observándola dormir. Su hermana se aferraba a una manta sucia, y cada tanto murmuraba algo entre sueños. Mason, en el otro extremo, revisaba sus armas con un gesto serio.
Ariadna no podía dejar de pensar en lo que había visto:
Su padre, en ese instante fugaz, poniéndose entre ella y la horda.
Ese gesto no encajaba con lo que se suponía que debía ser un infectado.
—Estás pensando en ir por él otra vez, ¿verdad? —dijo Mason sin levantar la vista.
—No… —mintió, pero su tono la delató.
Mason suspiró.
—Mañana nos vamos. No podemos seguir aquí. Hay demasiado movimiento en las calles.
—¿Y si nos siguen? —preguntó ella.
—Si nos siguen, no será por mucho. —La miró fijo—. Los que caminan detrás del olor de la sangre siempre encuentran algo más que los distraiga.
Pero Mason estaba equivocado.
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A medianoche, el sonido comenzó.
Primero, un paso. Luego otro. Luego decenas.
El eco retumbaba en los pasillos del edificio como un tambor sordo.
Ariadna se puso en pie y miró por una rendija en la pared.
Su estómago se encogió.
La calle estaba cubierta de cuerpos tambaleantes. Y en el centro… estaba él.
Su padre.
La cadena rota aún colgaba de su muñeca izquierda. Sus ojos rojos se encendían cada vez que la marea de infectados lo rozaba. Y aunque avanzaban todos en la misma dirección, él miraba directamente hacia la ventana donde Ariadna estaba.
—Mierda… —murmuró Mason, que había visto lo mismo.
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El ruido aumentó. Los muebles que bloqueaban la puerta temblaban con cada golpe desde afuera. El olor a podredumbre comenzó a filtrarse por las grietas. Cloe se despertó, frotándose los ojos, y al notar la tensión, se aferró al brazo de su hermana.
—Ari… ¿qué pasa?
—Nada, pequeña. —Ariadna la abrazó fuerte, intentando que su voz no temblara—. Solo… agárrate a mí.
Un golpe más fuerte que los anteriores hizo que una de las mesas se moviera. Mason maldijo por lo bajo y cargó su escopeta.
—Por la salida trasera, ya —ordenó.
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El pasillo trasero estaba oscuro y lleno de escombros. El aire era denso, cargado de polvo. Caminaban rápido, pero cada paso levantaba crujidos que parecían multiplicarse en la oscuridad.
Ariadna iba última, girando la cabeza cada tanto… y ahí, entre la penumbra, lo vio.
Su padre estaba de pie al final del pasillo.
Inmóvil.
Como si hubiera sabido por dónde escaparían.
Cloe no lo vio. Mason sí.
—Corre —dijo él, empujándolas hacia adelante.
Pero Ariadna se quedó un segundo más, atrapada en esa mirada.
No había rugido, no había ataque… solo esos ojos, que por un instante, parecieron humanos otra vez.
Hasta que detrás de él, la horda dobló la esquina.
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La persecución fue inmediata.
Ariadna agarró a Cloe y corrió con todas sus fuerzas. Mason iba detrás, disparando para ganar segundos preciosos. Los pasillos parecían interminables, y cada giro revelaba más de ese caos de garras, dientes y gritos inhumanos.
Salieron por una puerta lateral que daba a un callejón estrecho. La humedad hacía que el suelo resbalara, y Cloe casi cae, pero Ariadna la levantó sin detenerse.
Los infectados estaban tan cerca que podía olerlos.
—¡Por aquí! —Mason los guió hacia un contenedor volcado, y treparon por encima para caer en la calle contigua.
Pero el ruido había llamado a más. Desde ambos extremos de la calle, nuevas figuras comenzaban a acercarse.
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El único refugio a la vista era una tienda de autos abandonada. Mason rompió el vidrio de una patada y los metió dentro. Cerraron la puerta con un mostrador y unas cadenas que encontraron tiradas.
El silencio que siguió era engañoso. Afuera, los infectados golpeaban, pero no entraban… aún.
Cloe estaba llorando, temblando en los brazos de Ariadna.
—No quiero que nos alcance, Ari… —susurró, su voz quebrada.
Ariadna la abrazó más fuerte, sintiendo el peso de lo que había visto.
—No voy a dejar que pase, te lo prometo.
Pero mientras decía esas palabras, no podía dejar de pensar en su padre… ahí fuera… siguiendo cada paso que daban.
Y en lo más profundo de su mente, algo la aterraba más que los infectados:
que él todavía supiera que ella era su hija.