La mañana la paso tranquila, hablando con las hermanas Montalvo.
Al levantarme si me costó un poco quitarme la pereza del cuerpo, ya me estoy acostumbrando a mis vacaciones y no me levanto tan temprano como solía hacer.
Desayunamos unas arepas rumberas, me deleité con el sabor del pernil y el queso. ¡Jesús! que maravilla, las manos de Javier y Florencia hacen milagros. Preparan cada exquisitez que me obligan a seguir y seguir comiendo.
Me repito una y otra vez que cuando me vaya lo haré rodando de lo gorda que quedaré. Pero me estoy aclimatando al ritmo que comen en esta casa.
Me pierdo en mis pensamientos durante varios minutos.
Mi cuerpo está presente y estoy viendo a Camila y a Amy, pero mi mente está en un hombre alto, musculoso, pelinegro, ojos negros como la noche más oscura, labios perfectos para besar y cuerpo de pecado.
Ladeo la cabeza.
La mirada que me dedicó en la mañana me calentó hasta el alma. Casi que vuelvo a quedar en ridículo ante la familia al temblarme hasta la última hebra de mi cabello.
Recuesto la cabeza del mueble —estamos en la sala—. Había algo en su porte, algo distinto, se le notaba más felino. No sé si es mi mente calenturienta que se está imaginándose eso, es que de verdad su mirada en la mañana estaba felina.
Pude sentir que casi me saltó encima.
Mierda.
Que esté pensando en un hombre tanto tiempo no es buena señal. Lo que menos quiero es provocar un enfrentamiento entre Fabricio y Amy.
Me consta que no se llevan muy bien que digamos, no como con Alejandro. En cambio si noté que Camila y él son muy unidos. Aunque pensándolo bien todos los hermanos son unidos. Todos a pesar de sus diferencias se llevan muy bien.
No quisiera estar presente cuando se torna gris su ambiente. Sería super incómodo.
Y justo eso es lo que estoy haciendo, solo una cosa debía hacer, seguir los consejos de Amy. Pero hice todo lo contrario, aunque el delito no está cometido como tal, voy en proceso. Y ya no me puedo echar para atrás, no cuando más ganas amenazan por consumirme, por volverme cenizas.
Maldición.
No debería tener pensamientos sobre él, pero no puedo evitarlo.
¿Por qué Amy tiene que tener hermanos tan buenos?
Todos en esta casa nacieron bendecidos con buenos genes. Todos, porque ni Amando ni Lorena se salvan.
—Llamando a Kimberly a planeta tierra —Parlotea Camila sacándome de mi cavilaciones.
—¡Kimberly! —exclama la escandalosa de mi amiga.
—¡Joder! —chillo lo primero que se me viene a la cabeza.
Se ven entre ellas y sueltan tremenda carcajada que queda amortiguada en las paredes.
—¿Joder? —Pregunta con burla—. ¿Joder de hostia tía o joder de tía, pero acaso estáis locas? vais a provocaros un infarto como sigáis así —añade imitando el acento español.
Sonrío.
Bendita Megan Maxwell.
De seguro me escuché ridiculísima, ¿cuando acá una margariteña diciendo joder como una española?
Si nosotros decimos: mira hijoerdiablo y todo un repertorio de groserías.
—Pero ¿os vais a quedar callada tía? —cuestiona burlona—. A qué si te doy una hostia de las mil putas si respondes tía.
—Bájale dos rayitas, que no me parece nada gracioso —digo aguantando las ganas de reír.
—Coño de la madre ustedes dos me acaban de hacer la mañana. —añade Camila.
—¡Tengo una idea!
Miedito me da.
Agarrénse porque seguro va soltar una mal idea.
—Con tal que no terminen presas todo está bien —dice Javier entrando a la sala.
—¿Presas? —pregunto con miedo a saber la respuesta.
—¿No le han contado? —inquiere viendo a sus hermanas.
—Creo que no le ha dicho nada Javi —susurra Cami.
—¿Alguien me puede decir de qué me estoy perdiendo?
Silencio.
Silencio.
Y más silencio.
Cuando voy a volver a preguntar Javier responde.
—Resulta que a la erudita de mi hermana le dio por discutir con unos policías y se la llevaron detenida por unas horas un sábado en la madrugada a la estación en Casanay. —hace una pausa—. Te podrás imaginar cómo estaba papá, quería matarla.
—Vaya —digo—. ¿Qué hacías en Casanay en la madrugada? —pregunto—. Para mí Casanay, no queda a la vuelta de la esquina y con carretera tan peligrosa como esta, uyy, miedito me daría.
—En mi defensa el policía me faltó el respeto —dice la aludida—. Llamándome mami, yo no soy la mami de nadie, igualados toditos ellos. Eso fue cuando las fiestas de San Agustín, ninguna de las bellezas de mis hermanos estaba en la hacienda y yo decidí salir con unas compañeras de la escuela.
A partir de allí nos carcajeamos de la risa al enterarme de todos los pormenores del encierro de mi amiga.
También me hacen saber que San Agustín es el patrono de Casanay, y que son muy devotos, en agosto del 21 al 28 se le celebra.
Para la hora del almuerzo Javier nos preparada Lomo al horno, acompañado con una ensalada de col y una copa de vino tinto. Para Luciano un jugo de manzanas.
Comemos calmadamente y con pausa, para cuando me doy cuenta me he acabado mi copa de vino, achispada, me atrevo a rellenar mi copa.
Capto la mirada de Fabricio.
Se ve sorprendido.
Disimuladamente relame su labio inferior, una hoguera se prende en mi vientre.
Joder.
Joder.
Y MIL VECES JODER.
Me hace recordar al señor Zimmerman. Necesito ayuda urgentemente, ahora me creo Judith Flores.
Llevo la copa a mis labios y todo un sorbo embriagándome de la dulce bebida.
Sus ojos no pierden detalle, me siento nojoda.
¡NO PUEDE SER! ¡NO PUEDE SER!
¿ESTOY EXCITADA?
¿EN SERIO?
Con la mesa llena de personas me siento excitada por el hombre frente a mí.
Trago fuerte y el sonríe.
Que sonrisa.
Quiero perderme en ese cuerpo y no voy a descansar hasta hacerlo.