Problemas económicos

2232 Words
Evangeline Nunca me gustó deberle nada a nadie. Ni favores. Ni explicaciones. Ni dinero. El dinero era el peor de todos, porque venía siempre acompañado de algo más: miradas largas, preguntas disfrazadas de preocupación, opiniones que nadie pidió. Cuando aceptabas ayuda económica, aceptabas también ser observada como un problema a resolver. Yo no era un problema. Era una mujer atravesando una circunstancia y las circunstancias se resolvían. No se lloraban. Me senté frente a la mesa de la cocina con la carpeta abierta. Los papeles se encontraban prolijamente ordenados con una precisión casi obsesiva. Presupuestos, estudios, firmas. Todo tenía que encajar. Todo tenía que estar bajo control. Para mí de esa forma todo fluía mejor, al menos hasta la última página donde el número final, me devolvió la mirada como una amenaza silenciosa. Era más de lo que tenía. Mucho más. Cerré los ojos un segundo. Solo uno. El suficiente para permitir que el cansancio me atravesara, pero no tanto como para que ganara. No iba a pedirle a nadie. Ni a mi hermana perdida, ni mi mejor amiga que apenas llegaba a fin de mes. Aun cuando sabía que la segunda dejaría todo por hacerlo. La primera, bueno, éramos hijas de distinto padre, la diferencia, el mío no era un empresario importante de Europa. Prefería vender mi tiempo antes que mi dignidad. Volví a mirar la carpeta. Tenía opciones, aunque ninguna era cómoda. Turnos extra, proyectos paralelos, restauraciones privadas que pagaban bien, pero exigían discreción absoluta, algo que implicaba trabajar en casa o en la suya. Algunas personas no querían que se supiera qué cuadros tenían colgados en sus casas… ni de dónde venían. Nunca preguntaba los por qué, el arte también sobrevivía gracias al silencio. El celular vibró sobre la mesa, desvíe la vista solo para encontrar un número desconocido. No atendí, solo esperé hasta que se rindieron, respiré hondo y marqué yo. —Buenos días, hablo por el presupuesto que enviaron —dije apenas atendieron. —Buenos días, podría decirme su nombre. —Sí. Evangeline Hartwell. —Aguárdeme un momento. Escuché en silencio mientras me explicaban plazos, condiciones, tiempos. Asentí, aunque no me vieran. Tomé notas. Siempre tomaba notas. Las palabras se olvidaban; el papel no. —¿Y el anticipo? —pregunté. Hubo una pausa breve. —Cincuenta por ciento. Hice el cálculo mental: no alcanzaba. —Gracias —respondí—. Lo considero y les devuelvo la llamada. —Claro, no es problema, pero recuerde que ese es valor actual, los precios pueden variar. El dolor en mi pecho llegó, la angustia se hizo presente, pero deseche ambas cosas tan rápido como aparecieron. —Lo entiendo, no se preocupe. Colgué sin prometer nada. Me quedé quieta, mirando la pared descascarada frente a mí. No estaba asustada. Estaba… concentrada. Cuando una está al borde, el miedo es un lujo que no puede permitirse. A mi mente vino el museo, el proyecto Ashford. El sueldo era bueno. Muy bueno. Y estable. Eso importaba más de lo que quería admitir. No solo por mí. Por lo que venía. Por lo que necesitaba asegurar. Me levanté y fui hasta la ventana. Abajo, la ciudad seguía con su ritmo indiferente. Nadie sabía nada, nadie tenía idea de lo que costaba mantenerse en pie cuando el margen de error se volvía mínimo. Me gustaba, lo añoraba, no tenía la opción de ser ajena a nada. El museo estaba más silencioso que de costumbre cuando llegué esa tarde. Me puse los guantes, el delantal, y me arrodillé frente al cuadro como si nada más existiera. El arte tenía esa virtud: obligarte a estar presente. No había espacio para el futuro ni para el miedo cuando trabajabas con algo que podía arruinarse con un solo movimiento mal calculado. —Llegó temprano. No levanté la cabeza. Reconocí la voz. —Siempre llego temprano —respondí—. El tiempo es caro. —Eso depende de quién lo compre. Suspiré apenas, no tenía humor para sus comentarios de macho alfa. —Si vino a supervisar, no es necesario. Avanzo según lo acordado. —No vine por eso. Alcé la mirada. Cassian Ashford estaba de pie, observándome como si yo fuera una ecuación a medio resolver. Traje impecable, ojos celestes penetrante, expresión controlada. Esa calma peligrosa de quienes no están acostumbrados a escuchar un no. —¿Entonces? —pregunté. —Necesito que acepte una extensión del contrato —dijo—. Más horas, más dedicación. Mi pulso se aceleró, imperceptible, controlado. —¿Por qué? —Porque quiero resultados antes de lo previsto. Ahí estaba de nuevo intentando manejar todo. —El arte no se apura. —Las circunstancias sí. Lo miré fijo. —Ese suele ser problema de quien las crea. Una de sus comisuras se tensó. No sonrió, quiso, pero mantuvo la compostura como si fuese de mármol. —Le pagaré el doble. Ahí estaba. El dinero siempre aparecía como una solución elegante. Limpia. Directa. Demasiado tentadora para alguien con recursos limitados. —No trabajo bajo presión —respondí. —No es presión. Es una oferta. Bajé la mirada al cuadro otra vez. A las capas ocultas, a los colores apagados por el tiempo. Pensé en la carpeta sobre mi mesa, la cantidad que necesitaba, la falta de tiempo. —Necesito garantías —dije finalmente. —Las tendrá. Eso había sido muy fácil. —Libertad técnica. —Hecho. —Nada de visitas sorpresa. Una pausa. —Lo intentaré. Lo miré. —No es suficiente. —Nadie me habla así. Su mandíbula se tenso mientras me observaba con los ojos ardiendo. —Nadie le está pidiendo nada —repliqué—. Estoy estableciendo condiciones. Silencio. Sabía que estaba caminando sobre una línea peligrosa, que podía perderlo todo con una sola palabra de más. Pero también sabía algo que Cassian Ashford aún no entendía: yo no negociaba desde la necesidad visible. Negociaba desde el límite. —Acepto —dijo al fin—. Pero con una condición. Me tensé. Cuando los ricos ponían condiciones vendías parte de tu alma. —¿Cuál? —Quiero exclusividad durante este proyecto. Eso era nuevo. —¿Exclusividad? —Nada de trabajos paralelos. Nada que divida su atención. Mi primera reacción fue negarme. Automática. Orgullosa. La segunda fue calcular. La tercera… aceptar. —Está bien —dije—. Pero el anticipo será del cincuenta por ciento. Sus ojos se oscurecieron apenas, subió su ceja y sopeso un momento sus opciones. —No suele pedir tanto. —No suelo aceptar menos por trabajos particulares. —Soy dueño del lugar. —Soy dueña de mi tiempo. Me sostuvo la mirada unos segundos que se sintieron peligrosos. —Transferencia hoy —dijo finalmente. Asentí. —Entonces tenemos un acuerdo. Volví al trabajo sin mirarlo. No porque fuera descortés, sino porque si lo hacía, corría el riesgo de que notara algo más: el alivio. No el alivio emocional. Ese no me lo permitía, era uno práctico, de esos que te permiten comer. El único que importaba. Horas después, cuando el mensaje de confirmación bancaria apareció en mi teléfono, me permití cerrar los ojos un segundo más de lo habitual. No había vendido nada más que mi tiempo. No había pedido ayuda. No había explicado motivos. Eso era suficiente, al menos por ahora. Cassian Ashford creía que estaba comprando control, lo que no sabía era que yo solo estaba comprando tiempo y el tiempo, cuando se agota, no le pertenece a nadie. El dinero no soluciona nada, solo aplaza las consecuencias. Eso lo aprendí a temprana edad, cuando mi madre se fue con su segundo esposo, el hombre rico de Europa. Caminé hasta el baño del museo y me apoyé en el lavamanos, observando mi reflejo bajo la luz blanca. No parecía distinta, nadie podía notar la diferencia entre una mujer que acababa de asegurar su estabilidad económica por meses… y una que estaba sosteniéndose con alfileres invisibles. Me até el cabello con más fuerza de la necesaria. Dolor breve. Controlado. El tipo de dolor que podía manejar. Abrí el grifo y dejé correr el agua un momento, como si el sonido pudiera arrastrar algo más que el cansancio. No funcionó. Cassian Ashford no era ingenuo. Nadie con ese apellido lo era. Y, sin embargo, había aceptado mis condiciones con demasiada facilidad. Eso me inquietaba más que si hubiera discutido. Los hombres como él no daban sin esperar algo a cambio. Y él esperaba algo, solo que aún no sabía qué. Volví a la sala y retomé el trabajo. El cuadro parecía observarme ahora, como si supiera que había cruzado una línea. Siempre pasaba. El arte no juzga, pero recuerda. Guarda capas invisibles, decisiones enterradas, errores cubiertos con barniz. Yo también estaba hecha de capas. El teléfono vibró otra vez en el bolsillo de mi delantal con un mensaje. Banco Central – Transferencia acreditada Cerré los ojos. Cincuenta por ciento. El número exacto que necesitaba para respirar un poco más esta noche. Acababa de ganar tiempo sin explicar nada. Esa noche, el departamento estaba en silencio cuando llegué. Demasiado. Dejé las llaves sobre la mesa y me quité los zapatos sin encender la luz. Conocía cada rincón de memoria, no necesitaba verlos. Me senté otra vez frente a la carpeta. La abrí. Los números ya no gritaban, ahora susurraban. Seguían ahí, amenazantes, pero controlables. No había llegado a la mitad, pero estaba cerca y era más de lo que podía pedir en este momento. Acomodé los papeles con precisión quirúrgica. Todo debía tener un orden, como el engranaje de un reloj. Saqué una libreta pequeña del cajón, observé las fechas, montos, plazos y cuando tocaba el próximo turno; martes. Siempre martes. Taché uno, faltaban menos. No suficientes, pero menos. Apoyé la espalda contra la silla y dejé caer la cabeza hacia atrás. El techo tenía una mancha de humedad con forma irregular. La había mirado tantas veces que podía dibujarla de memoria. Pensé en mudarme, vender el departamento, pero había demasiadas cosas que no estaba dispuesta a hacer. Por ejemplo: renunciar a mi estabilidad. Esto era mío, viejo, desgastado, pero mío. No tenía que pagar renta, solo impuestos y comida. En este momento, eso era un alivio que no pensaba terminar. Si algo me había enseñado la vida era esto: una mujer sin independencia es una mujer vulnerable. Y yo no podía permitirme serlo. El celular vibró de nuevo, esta vez, un mensaje desconocido. “Asistente de C. Ashford: El señor Ashford solicita confirmación de disponibilidad exclusiva durante las próximas tres semanas. Agenda ajustada.” Lo miré largo rato antes de responder, exclusividad. Eso significaba renunciar a otras entradas. Ajustar aún más, apostar fuerte, demasiado fuerte. Pero también significaba algo más: él estaba observando, midiendo, probando mis límites. Tomé aire y respondí. “Confirmado. Exclusividad aceptada según lo acordado.” Envié el mensaje y dejé el teléfono boca abajo. No iba a pensar en él esa noche o eso me repetí. Aun así, dormí poco. Soñé con pasillos largos, cuadros que se deshacían al tocarlos, con manos que intentaban sostenerme y se convertían en cadenas. Me desperté antes del amanecer con el corazón acelerado y la sensación incómoda de haber sido observada. Ridículo. Vivía sola. Me levanté, me duché y vestí como siempre: sobria, funcional, sin adornos. La imagen también era una forma de defensa. Nada que invitará preguntas, nada que prometiera cercanía. Estaba dispuesta a mantenerme alejada de cualquier hombre o relación. El museo estaba casi vacío cuando llegué. El silencio era denso, protector. Me arrodillé frente al cuadro y empecé a trabajar sin pensar en nada más. Hasta que sentí su presencia. No hizo ruido. No lo necesitaba. —Llegó antes de lo habitual —dijo Cassian detrás de mí. No me giré. —Usted también. —Tenía una reunión cerca. Mentira. Lo supe sin necesidad de mirarlo. Los hombres como él no improvisaban, todo tenía un propósito. —¿Algo más? —pregunté. —Quería asegurarme de que el acuerdo estaba claro. Me levanté despacio y me giré hacia él. —Lo está. —Exclusividad. Resultados. Confianza. Enumeró como si hablara de un balance. —Y respeto —agregué—. No figuraba, pero es implícito. Sus ojos se clavaron en los míos. —No confío fácilmente. —Yo tampoco. De nuevo pausa, solo que esta vez se sentía más peligrosa. —Entonces estamos en igualdad de condiciones —dijo. Negué apenas con la cabeza. —No. Usted tiene dinero, yo tengo límites. Eso pareció interesarle más de lo que debería. —Los límites se mueven cuando la necesidad aprieta —respondió. No bajé la mirada. —Solo para quienes no saben sostenerlos. El silencio se tensó. Algo invisible vibró entre nosotros, no era deseo, al menos eso creía. Era otra cosa, reconocimiento, advertencia. —Trabaje —dijo al fin—. No la molestaré. —Eso espero. Se fue sin despedirse y lo agradecí, me incomodaba su presencia. Mis manos temblaron apenas cuando volví a tocar el lienzo. Respiré profundo hasta que el pulso volvió a la normalidad. No podía permitirme distracciones. No ahora. Al final del día, mientras guardaba mis cosas, entendí algo con una claridad incómoda. Había aceptado su dinero, aceptado sus condiciones, su cercanía. No por debilidad, por necesidad y la necesidad, cuando no se confiesa, se convierte en poder para quien sabe leerla. Cassian Ashford creía que estaba comprando exclusividad profesional. Yo creía que estaba comprando tiempo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD