Capítulo 5: Fuera del sótano

4544 Words
Al amanecer Magda entró con el desayuno. - Buenos días. Así que al final serás esclava del señito. –Suspiró– En ese caso sabes que Lucy, el dotocito y yo estamos de tu lado. La miré y le sonreí, al menos podía contar con ellos a partir de ahora. Le hice gesto para que tomara asiento y me acompañara. Se negó pero insistí. Lo hizo. El doctor entró, nos saludó y sin decir más se sentó en el sofá cerca de nosotras. Desayuné poco, pero Magda estaba satisfecha. - ¿Cómo te sientes hoy? –preguntó el doctor, le hice gesto con la mano diciéndole que regular y señalé la garganta– Oh! Eso. Magda, hazme el favor de buscar el spray para que se lo aplique –cuando Magda, la mirada del doctor se volvió seria– mija, hay algo que me preocupa con respecto a que sea esclava de Javier y no es el maltrato –lo miré confundida– es que pueda embarazarte pero tengo una idea para esterilizarlo –levanté ambas cejas– no me mires así, lo conozco desde niño, y desde que comenzó con las esclavas, los ve como estorbos. –Parecía razonable su aptitud porque durante el embarazo no podría maltratar a la mujer, por eso odia a los niños– Mira, para que tengas una idea. Por acá han pasado muchas mujeres que, a diferencia de ti, han sido esclavas por voluntad propia, sin tratos, ni engaños. Varias quedaron embarazas y él las vendió embarazadas a un enfermo al que no le importa la vida de nadie. Todas perdieron a sus bebés y algunas de ellas murieron. Quedé perpleja y sentía miedo. Pero ahora tenía dudas con respecto a mi condición sobre venderme. Si me embarazaba, ¿él podría incumplir? Sentí un escalofrío que me hizo estremecer. Busqué la hoja y se la entregué al doctor para que la leyera. Él lo hizo – Ah! Veo que no aceptaste a la ligera –paso su mano por su mentón– veo que con la número cuatro lo acorralaste –se rió a carcajadas– no le dejaste mucho terreno, a él le encanta ofrecer a sus esclavas para orgías –me petrifiqué– pero tranquila, tú misma te colocaste un candado, estarás bien. Respiré aliviada. - Pero, con respecto a su esterilización, quiero que seas tú la que siembre la idea en su cabeza –su mano tomó la mía– ayúdame, tengo años tratando de convencerlo pero no acepta. Asentí. La puerta se abrió y Magda entró estresada. - Pero doc –se quejó– me toco voltear todo patas arriba buscando el bendito spray y resulta ¡que estaba sobre su escritorio! El médico se dio una palmada en la frente. - Disculpa, Magda, olvidé decirte que estaba allí Magda le entregó el frasco y él lo aplica en mi garganta. - Ten –me entregó el frasco– lo aplicas 2 veces al día o, si sientes que te duele, te lo aplicas también. Coloqué el medicamento sobre la mesa. - Bueno mija –dijo Magda mientras recogía la bandeja– ya nos vamos, el señito vendrá luego a verte. - Ya sabes –me hizo gesto de tijera con la mano, capté su señal. Estuve sentada en la silla pensando en lo que había dicho el doctor. Tendría que buscar la manera de sacar la conversación. ***************************************   Al entrar Javier, noté su rostro pensativo. Su cuerpo parecía más moverse por inercia que por voluntad propia. Me sentí intrigada y luego di un salto en la silla. "¡Ay no!" Gritó mi subconsciente. "Esto no pinta nada bien para mí". Me levanté de la silla y me senté al borde la cama. Lo miré, pero su mirada estaba perdida. Tomé su mano, reaccionó. - ¿Qué pasó? –preguntó, como saliendo de un trance– ¿en qué momento llegué aquí? –rascó su cabeza confundido– recuerdo que venía por el pasillo y luego recordé que... Ah! Sí –dijo emocionado– ya preparé todo en la casa para ti, vamos. Me levanté y señalé mi cuerpo desnudo. - Tranquila, Goyi se ocupará de ti –me rodeo con sus brazos y me levantó– él te espera arriba –me miró– estoy seguro que te llevarás mejor con él que conmigo. Rodeó mi cintura con sus brazos, rodeé su cuello con los míos para no caerme y él levantó mis piernas para que rodeara su cintura. Con una mano en mi espalda y la otra en mis nalgas, no pudo resistirse a chupar mis tetas. Lo hacía con fuerza mientras sus dedos en mis nalgas buscaban entrar por la puerta trasera. Di un brinco en negativa y me dio una fuerte nalgada. - Espera –me bajó, se quitó el pantalón, lo dejó caer en el suelo y sacó su m*****o endurecido– no puedo cargarte sin hacer nada. Retomamos la posición, él me penetró bruscamente y ambos emitimos gemidos, él de placer, yo, de dolor. Atravesó la puerta y caminó por el pasillo. Se tomaba su tiempo. Conocía el camino sin mirar. Llegamos al elevador, presionó el botón y éste se abrió. Entró, presionó un botón. Me pegó a la pared y comenzó a darme fuertes y rápidas embestidas. Su respiración se entrecortaba. Yo miraba el techo con gesto de dolor. Él tomo mis mejillas, obligándome a mirarle. De nuevo, esa mirada de odio. Profunda. Al abrirse las puertas, él se detuvo, me sujetó con fuerza y salió del ascensor. - ¡Ay por Dios! –una voz masculina gritaba con espanto– ¿cómo te atreves a comer carne delante de los pobres? –suspiró– y con semejante trozo de carne... –abanicó su rostro con su mano– ¡NO TIENES PERDÓN, JAVI. NO LO TIENES! - Deja el drama Goyi –me bajó– ya quisieras tu ÉSTE trozo de carne –agarró su m*****o y lo sacudió delante del hombre– peeeero, tal vez lo tengas si te sigues portando mal conmigo –se ajustó el bóxer cubriendo su sexo. - ¡Ay! Haberlo dicho antes –dio pequeños saltos. - Tranquilo perro. Ella es mi nueva esclava –me tomó de la mano y me guió hasta el hombre. - Soy Gregorio, pero todos me dicen Goyi –me apretó la mano con fuerza– te voy a dejar con un look que dejará a todos loquitos por ti. - Hey, Hey –interrumpió Javier– nada de "look" para enloquecer a otros, sólo a mí, SO-LO-A-MÍ, ¿entendiste, Gregorio José? - ¡Entendido jefazo! –Hizo un saludo militar– nada sexy para la chica. - Iré a ver qué necesita Nana –subió las escaleras y se detuvo al llegar arriba– Nada sexy Goyi –gritó. - Ok –gritó de regreso Gregorio. Posó su mirada en mí, me tomó de la mano y me hizo girar sobre mi propio eje. - Disculpa mi sinceridad, cariño –me soltó la mano– pero ¿qué te vio Javi a ti? –Encogí los hombros– Ya veo. Pero es algo no superficial. Eso, seguro, porque las otras han sido bellezas dignas del Miss Universo, querida –dio un chasquido con sus dedos– en fin, vamos a ver qué hago por ti. Comenzó a tomar mis medidas, me preguntó cuál era mi talla de calzado y si me gustaba maquillarme mucho o poco, cuáles eran mis colores favoritos, si era diestra o zurda, si sabía bailar y si me gustaba usar tacones altos. Logré contestar sus preguntas con un hilo de voz. - Bien, querida –me mira fijamente– no sé tu nombre, ¿puedo saberlo? –acerca la oreja a mí para escuchar. - Ángeles Chiquinquirá –logro decir. - Y tus amigos te dice... - An –se aparta. - ¿Solo "An"? –Lleva una mano a su pecho asombrado– ¡pero qué insípidos son tus amigos, querida! —Vuelve acercarse a mí– yo te diré "Anacondesa" –se apartó de mí y notó mi cara de confusión– ¡Ay querida, es porque tú eres la dueña de esa anaconda que tiene el jetazo entre sus piernas! –se rió a carcajadas. Sonreí con timidez, no le tenía confianza aún. - Ok, ok –dio dos palmadas– basta de chácharas, vamos a mi "atelier" para crear tu guardarropas antes de que Javi me tuerza el pescuezo como a una gallina. Subimos, salimos de la habitación donde llegamos y nos dirigimos a otra mucho más amplia donde Gregorio tenía su taller de costura. - "Bienvenue, cheri" –dijo en francés– aquí te ofreceré todo cuanto tú quieras, haré todo realidad, ¡TO-DO! Rodé los ojos y él me agarró del brazo para llevarme hasta un pequeño escenario circular con un espejo de fondo. Buscó entre sus vertidos y sacó varios. - A ver querida, ponte éste primero –me entregó una prenda y me hizo gesto para que me apresurara. Me coloqué la prenda y miré al espejo. Mi reflejo mostraba un vestido de cóctel que llegaba justo sobre mis rodillas. – Ay, ya decía yo –me hizo girar sobre mis talones– lo hice justo para ti. Entonces no tendrás problemas con el resto de éstos –buscó un perchero y los acomodó allí– Veamos éste a ver qué tal. Era un vestido de noche, no muy largo, llegaba debajo de mis rodillas. Tenía un escote en V un poco pronunciado. Demasiado ajustado, apenas podía respirar. - No, no, no –me hizo gesto para que me lo quitara– me equivoqué de talla –buscó entre un montón de ropa– ¡éste! éste es el propio –me lo entregó. Era igual al anterior pero se ajustaba mejor a mi cuerpo. Era suave. El escote era menos pronunciado que el anterior. - Como anillo al dedo, querida –nuevamente me indicó que me lo quitara– Ahora, prueba éste conjunto. Una falda cernida a mis piernas y una blusa un poco holgada acompañada de una chaqueta. Vi mi reflejo en el espejo y me sentí como una señora de 50 años. Eleve una de mis cejas. - Definitivamente, eso no lo usará ¡ni en tus sueños! Me entregó la última prenda. Un par de vaqueros negros con una blusa que, más que tela, era encajes y cuerdas en tonos oscuros. - Me gusta –me indicó que me lo quitara– lo uniré a tu guardarropas pero, por ahora, ponte esto –me entregó de nuevo el primer vestido– no queremos que a Nana le dé un derrame cerebral al verte desnuda –guardó la última prenda y me tomó del brazo- Ven, vamos a peinarte y a ponerte más decente –me miró– no te ofendas, ¡pero estás hecha un desastre! ¿Qué te hizo ese hombre en el sótano? –exclamó preocupado. Suspiré pesadamente. Él me abrazó y me sentó en una silla para lavar mi cabello. - Bueno, mi Anacondesa –mojó mi cabello y aplicó un champú– por ahora concéntrate en mis manos mientras te consiento y olvida todos esos días que has estado allí. Imposible, pensé. Aun así, dejé que me "consintiera" e hiciera su trabajo. Luego de lavar mi cabello, cortó las puntas y lo secó. Limpió mi cara y aplicó un maquillaje natural y sencillo. Al verme al espejo lloré. - No, no condesa, no llores que me arruinas el trabajo –me entregó una toallita– ven, vamos a ver a Nana. Salimos de la habitación y nos dirigimos a la terraza. El día estaba parcialmente nublado, las aves cantaban por doquier, la brisa golpeaba en mi rostro con suavidad. Por un momento, me sentí libre. Caminamos hasta la mesa. Allí nos esperaban nana y Javier. - Pero mira nada más –expresó Javier– Seguro que no me la cambiaste, Goyi? –tomó mi mano y me hizo girar sobre mis talones– la dejaste linda, gracias Goyi, te debo una. - De nada –hizo una reverencia– Y no me debes una, sino unas cuantas querido –sonrió– y creo saber cómo cobrártelas –le dijo guiñándole un ojo. - Tal vez borracho te pague –adivinando. - ¡Pero si tu no tomas alcohol! –se quejó. - Por eso mismo, Goyi.   ***************************************   Mientras ellos discutían quién pagaría y cómo, yo me dediqué a observar el entorno. Antes no había notado el jardín anexo a la terraza, era más una extensión de la misma, no parecía haber un elemento que hiciera diferenciar dónde terminaba uno y comenzaba el otro. La nana estaba sentada en la mesa tejiendo algo a lo que no le encontré forma. Javier me indicó que tomara asiento frente a ella, mientras él se sentaría a mi izquierda y Gregorio a la derecha. - Pero te diré algo —dijo Gregorio golpeando la mesa— y tengo a Anacondesa y a Nana como testigos de que a esas 3 debiste dejarlas salir por lo menos a tomar baños de sol —se inclinó sobre la mesa— a mí me asusta entrar a sus habitaciones, están locas las pobres! —se llevó una mano al pecho y se reclinó en su silla. - Ellas sabían que no volverían a ver el sol mientras estuviesen en mis manos —su mirada estaba fija en lo que nana hacía— y que solo volverían a verlo cuando me cansara de ellas y las vendiera a otro. - Ay por Dios, ¡por eso te llaman el torturador! —Su tono ya no era tan alegre— gracias al cielo que la Anacondesa se salvó... - Y de milagro —interrumpió el doctor— porque casi la mata. - Deja el drama tú también —su cara mostraba su estrés— no la hubiese matado, yo no soy un ase... - Pero un día se te va a pasar la mano y será tarde —lo interrumpí mirando sus ojos. - Ajá, habló la Condesa —Gregory aplaudió— podrá ser tu esclava ¡pero te enfrenta! ¡LA AMOOOO! Javier me fulminó con la mirada. - Mátense ustedes —me levanté— yo iré a dar una vuelta por el jardín. Javier intentó hablarme pero el doctor colocó una mano en su hombro. - Déjala que vaya, tenemos que tratar el asunto de la subasta. - Ay doc! —Exclamó Gregorio— no me quiero estresar más. - No te queda otra Goyo —el doctor se escuchaba molesto— solo quedan 15 días. - Yo no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado —Gregorio cubría sus orejas. - Infantil —murmuró Javier. Los dejé solos y caminé hacía una zona solitaria del jardín. Luego de un rato, el camino termino en una cascada artificial. "Es la cascada de la habitación" —pensé. Cerca, había unas sillas de hierro forjado y unos faroles iluminarían en la noche. "Tal vez, esa era la tenue luz que vi" —recordé. Me senté con la mirada fija en la cascada pensando en cómo estaría mi madre. No pude evitar llorar. - Con que aquí estás —murmuró Gregory— también me gusta venir acá, sobre todo cuando siento estrés —se sentó a mi lado— pero veo que tú vendrás acá a llorar —sequé las lágrimas y lo miré— tranquila, Magda me contó todo. Sé perfectamente cómo te sientes. - No creo que tengas una idea —murmuré. - Querida, no creas que yo estoy aquí por voluntad propia —levantó ambas cejas— metí mi nariz donde no debí y Javi me descubrió y ahora me chantajea —lo miré asombrada— Tranquila, yo prefiero su chantaje a terminar en una fosa común ¡quién sabe dónde! Suspiré. Al parecer todo lo que rodeaba a Javier era toda una mentira. Pasé una mano por mi cara. Mejor cambiaba el tema. Mire la cascada. - ¿Qué crees que haya debajo de la cascada? —miré a Gregorio. - Tuberías y esas cosas —al parecer no sabía de la habitación. - Suena lógico —escuchamos unos pasos. Javier llegó saludando amablemente aunque tenía cara de pocos amigos. - Yo mejor me pinto de colores —Gregorio se levantó y se fue. Javier ocupó su lugar a mi lado. Me abrazó y dio un largo suspiro que parecía una mezcla entre cansancio y frustración. - Necesito sentirte —me indicó que me levantara— siéntate en mis piernas. Intenté sentarme de lado pero él se negó, quería que lo hiciera de frente a él. Lo hice. Sus manos se deslizaron por mis piernas hasta llegar a las nalgas. Las apretó y masajeó. Se acomodó para sacar su m*****o. Me acercó bruscamente a su cuerpo para rozarse con mi coño. - Me encanta tu coño —murmuró en mi oído con voz perversa haciendo que mi piel se erizara— es glotón como tú. Me besó. Me resistí a regresarle el beso y él lo notó. - Agradecería un esfuerzo, por favor —me guiñó un ojo— se buena chica. Volvió a besarme. En su inicio me resistí pero me rendí porque igual tendría que hacerlo en algún momento... por las buenas o por las malas, escogí por las buenas. Su beso era intenso, apenas me dejaba respirar. Sentía que succionaba mi vida a través de sus besos. Lo aparté bruscamente respirando agitada. De nuevo buscó mi boca pero esta vez fue más gentil, más apasionado. Sentía su urgencia, su deseo. Mi piel se erizaba y mi cuerpo se estremecía con cada roce de su lengua. Su pene se endurecía cada vez más y mi cuerpo respondía al roce de nuestros genitales. Ahora la cascada podía sentirla entre mis piernas. Sin darme cuenta deseaba que me penetrara. Mis caderas se movían al ritmo de nuestros besos. Sus manos buscaban una entrada pero no decidían cuál. Nos detuvimos. - Javier —jadeé sin aliento— por favor... - Por favor ¿qué? —preguntó agarrando con fuerza mi cabello. - No seas brusco ésta vez —gimoteé y él llevó su mano hasta mi coño. - Quiero que te agaches sobre mí —ordenó— quiero ver esa humedad. Hice lo que pidió. Él elevó su m*****o con una mano y con la otra guió mi cadera hacia abajo. Al entrar su glande, soltó su m*****o y tomó mi cadera. Lo miré a los ojos y antes de que él reaccionara me deslicé rápidamente sobre su m*****o. Tan profundo como mi v****a me permitió. Ambos gemíamos de placer al tiempo que nos besábamos apasionadamente. De pronto, se detuvo. Presionó nuestros cuerpos, se levantó y caminó hacia la casa por otra entrada. Cada ciertos pasos me pegaba a la pared para penetrarme con fuerza. Finalmente entramos a una habitación. Me bajó y me llevó al baño. - Quítate el vestido —buscó algo en unos cajones, una cuerda larga— ponte en cuclillas y agarra tus codos en tu espalda —ordenó. Esto no me gustaba, había un tono de rabia en su voz. Me ató cada pierna debajo de las rodillas, luego pasó la cuerda sobre una tubería de hierro que sobresalía en el techo. Me elevó a la altura que necesitaba y el resto de la cuerda la usó para sujetar mis brazos. - ¿Recuerdas lo que dijiste hace un rato delante del doctor y de Goyi? —Se quitó el cinturón— por cada sílaba que dijiste, te daré con el cinturón —rozó el borde del cinturón sobre mi piel— ¿cuántos serán? —Levantó una mano para contar— a ver, la frase decía "Pe-ro-un-día-se-te-va-a-pa-sar-la-ma-no-y-se-rá-tar-de", cierto? —Asentí— bien, serán 18 entonces —mis ojos se abrieron como platos— pero primero, quiero limpiar tus entrañas. No entendí a lo que se refería hasta que vi en sus manos un plug anal, una cinta industrial y una manguera delgada que luego conectó al grifo. Dejó correr el agua y presionó el extremo en mi culo. Me haría un enema. - Si dejas salir el agua, será peor —amenazó. Miraba el reloj en su muñeca. Retiró la manguera y rápidamente insertó el plug y lo retuvo colocando un trozo de cinta en mis nalgas. No podía aguantar la presión, me urgía expulsar el líquido en mis entrañas. Pero él tenía otra intención antes de que eso ocurriera. Levantó la mano con el cinturón en ella y lanzó el primer golpe directo a mis nalgas. - Decidí que serán 20 correazos —lo miré asustada— no me mires así, te daré 5 antes de cada evacuación. Apreté los ojos y mis músculos se tensaron. Lanzó los otros 4. Apenas dio el último golpe se apresuró a quitar la cinta y sacar el plug. Repitió otras 3 veces. Al culminar, mi cuerpo temblaba. Se desnudó y apuntó su glande en mi boca para que lo chupara. No tuvo que obligarme, lo hice por voluntad propia y a él le gustó que lo hiciera. Me giró, sin previo aviso penetró mi culo. Lo tomó a su gusto sin importarle lo que yo pudiese decirle. Desde ese momento me juré a mí misma que si iba a ser su rehén no se la pondría fácil. No le daría el placer de golpearme ni le daría motivos para castigarme. Haría todo lo que él quisiera, cuándo quisiera, cómo quisiera y dónde lo quisiera. Si él necesitaba a una esclava, una sumisa o a una puta, yo sería todo eso y más. Hasta que se cansara de mí.   ***************************************   Tuve días tranquilos en los que Javier solo quería abrazarme y dormir. El asunto de la subasta lo dejaba agotado. Mientras él salía y entraba de la hacienda a gusto, yo debía permanecer allí, aunque podía recorrer todas las hectáreas si me apetecía. Gregory a veces conversaba conmigo sobre temas triviales, aunque siempre buscaba la manera de que le contara detalles sobre lo que Javier me hacía. Yo le contaba, aunque omitía los detalles más dolorosos para no recordar ese momento. Notaba un brillo en sus ojos y siempre notaba su erección en el pantalón. En una ocasión me topé con Gregory masturbándose en su atelier. Su m*****o no era comparable con el de Javier pero igual podría complacer a cualquiera. Él se ruborizó y me rogó que no le comentara a Javier lo que había visto. No entendí la razón. Cerca del día de la subasta Magda, Lucy y Javier trajeron a las otras chicas, "las cachorras", como les decían la mayoría de las veces. Gregorio debía preparar sus atuendos para exhibirlas. Apostó por un traje completo de látex, transparente y muy ajustado, que dejaba al descubierto sus senos y genitales mientras permitía ver los moretones en todo su cuerpo, sobre todo en la número 3. A cada una le asignó un "accesorio" diferente. Número 1 llevaría una cola de caballo elevada casi en la coronilla de su cabeza en la que se enroscaría una argolla a modo de "rienda" acompañado con unos zarcillos largos en cuyo extremo tenían unas pinzas que se colocarían en sus pezones. Número 2 llevaría un plug anal con una cola de zorra y una gargantilla negra que tenía en su centro un diamante. Finalmente Número 3 llevaría un collar de cuero grueso de la que colgaba una pesada cadena que se enroscaba en todo su cuerpo hasta dejarla inmovilizada y en su rostro llevaría un bozal (la idea era que no causara problemas durante la venta). - ¿Por qué transparente? —Preguntó Lucy— no le veo la gracia. - Es por morbo nada más —le dio una ligera palmada en la cabeza. Javier levantó ambos pulgares en señal de aprobación. - Listas cachorras, falta mi esclava —Javier me empujó hacia Gregorio— no me la dejes sexy, ni provocativa, ni con ligeras señales de insinuación —le advirtió— la quiero bien recatada y cubierta. - Pues, no la saques y déjala encerrada en el sótano —exclamó Gregorio frustrado- - Tal vez te tome la palabra —le puso una mano en su hombro— pero quiero que me sorprendas con tu creatividad. Se marchó junto a la Lucy y Magda, llevarían a las chicas al sótano y nosotros quedamos mirando nuestras caras. - ¡Tengo una idea! -dio varios brincos y buscó un atuendo en una montaña de ropa- Ajá, éste es perfecto. n***o, para la seriedad. Estilo romano para esconder las curvas, te recogeré el cabello y lo decoraré sutilmente con joyas doradas. - Cuando dices "sutilmente" te refieres a que no podré sostener mi cabeza porque pesará por la cantidad de joyas, ¿cierto? -me burlé. - Para nada mi Condesa -me dio un codazo en el brazo- ya verás.   ***************************************   El día de la subasta llegó, todos corrían de un lado para otro y yo estaba feliz de que mi única ocupación era distraer a nana con un juego de cartas. Llegada la hora e iniciado el evento, no paraban de llegar autos de lujo y hombres de diferentes edades se agrupaban para saludarse y conversar. Ninguno estaba acompañado por mujeres, solo un par de guardaespaldas. Javier los invitó a pasar al lugar de reunión e iniciaría un discurso sobre sus años en el "negocio". Por una ventana, Gregorio me hacía señas para que fuese a vestirme. - Vamos, solo faltas tú. Y así podré ver cómo esas 3 bestias salvajes son arrastradas por los cabellos -se reía malévolamente mientras me peinaba. - No seas así con las pobres —las defendí— yo sé por lo que ellas han pasado. - Tienes razón —bajó la mirada. Culminado el peinado, que sí resultó sencillo y bonito, y el maquillaje, me coloqué el vestido y las sandalias. Gregorio me lanzó un hábito de monjas. - ¿Pero qué carajo es esto? —murmuré. - Es una broma para Javier —imitó la mirada de un cachorro— anda, sígueme el juego. - Esta bien -rodé los ojos y lo coloqué sobre mi atuendo. Escuchamos a Javier decir el nombre Gregorio y él salió corriendo llevándose por delante una silla, casi se cae. Salí detrás de él y me quedé parada donde sólo Javier y Goyi podían verme. Terminada la presentación, Gregorio y Javier le dieron el micrófono a un señor mayor que se encargaría del resto del evento. Al acercarse a mí, Javier miró furioso a Gregorio y le apretó el cuello por detrás. - Te dije que un atuendo serio, pero no me refería a esto -me señaló enojado. - Auch, querido, me lastimas —se quejó- tú no entiendes de musas, deja mostrarte el traje completo, pero debes darte la vuelta —Javier suspiró pesadamente pero al final lo hizo y rápidamente me saqué el hábito— ¡Ta-raaaaán! Sus ojos se abrieron. Palmeó la espalda de Goyi y me besó. - Ahora si hablamos el mismo idioma, vamos —se ofreció llevarnos a ambos de sus brazos.
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