Capítulo 6: Subastadas

4028 Words
"Ahora sí, caballeros, damos inicio a la subasta mostrando nuestro primer ejemplar. Tiene 27 años, es alérgica a los mariscos, su belleza natural debería ser nombrada patrimonio nacional y la mejor parte está por venir, señores, éste ejemplar debía ser monja pero el demonio sucumbió en sus sábanas. Le perdonó la virginidad de su vientre pero fue implacable con su culo y boca así que tienen ante ustedes una profesional del anal con una joya incluida. Iniciamos las ofertas en $100.000" Apenas el hombre dejó de hablar, las ofertas comenzaron a lloverle, había una batalla entre 3 hombres, hasta que terminó siendo vendida a un hombre fornido y no muy elegante. Gregorio me dijo que se trataba de un italiano. Pagó por ella seis millones de dólares. "Ahora, nuestro segundo ejemplar. Ella tiene 30 años, es un ave nocturna así que si prefieres una sesión larga, mejor espera a que salga la luna. Otra belleza descomunal que, al igual que la anterior, posee un encanto único y se trata de su culo. Señores, éste ejemplar no sabe lo que siente un buen anal. Si busca a quién romperle las entrañas, ésta es su chica. Damos inicio con $200.000." Varios hombres levantaron su número apenas el otro terminaba su frase. Ellos no darían su brazo a torcer pero, finalmente, pagando quince millones de dólares, su nuevo dueño sería un hombre de unos 50 y tantos años que se veía 10 años más joven. Según dijo Gregorio, el hombre era un Argentino que tenía su ojo puesto en la número 2 desde hace varios años cuando Javier la había usado como mascota en una reunión en el sótano. - ¿Cómo pagan tal cantidad de dinero por una sola persona? –curiosa, le pregunté a Javier. - En una subasta, es así –me aclaró– si yo fijara el precio, la estaría regalando, por lo que es mejor que ellos decidan cuánto quieren pagar, además –hizo una breve pausa– El 45% va a dirigido a sus padres como cuota. –lo miré asombrada– Te explico –aclaró su garganta– Cuando ellas firman el acuerdo en el que me ceden todo el control y derecho de sus vidas y cuerpo, yo concedo un pago a sus padres como parte de su pago por sus “servicios”, o sea, los de ella. Al yo venderlas –prosiguió– una cuota final pasa a sus padres junto con una llamada de ella a los mismo diciendo que se mudará ya sea a nivel nacional o internacional, debido a su trabajo. Es todo. Quedé perpleja. "Y, finalmente, señores, tenemos la último ejemplar del día. Digna cereza del pastel. Una bella y deliciosa tarta que todos van a querer engullir. Señores, nuestro ejemplar tiene 23 años, es diseñadora gráfica pero ésta bella dama con cara de niña tiene un pinta excepcional. Señores, ante ustedes una joven que conoce muy bien el sabor que tiene la carne de una v***a pero es completamente virgen. Damos inicio con $800.000." Dicho esto, una batalla campal, aunque no de manera literal, se formó de la nada. Todos ofertaban por número tres. No podía creer que ella fuese virgen con su cuerpo tan marcado. Gregorio notó mi rostro perplejo. - Javier siempre le deja algo a los demás –comentó en mi oído porque el alboroto de los hombres ofertando no dejaba mucho para poder conversar– por eso, él mismo busca sus candidatas. Nunca las compra. Él dice que no tratará con las sobras de nadie. Finalmente surgió una voz grave que gritó sobre los demás. - Vou pagar quarenta milhões de dólares pela garota, ¿alguém suo foi minha oferta? –ese es el brasileño, me dije. Hubo un silencio sepulcral, se escucharon tres golpes del mazo y la chica tenía nuevo dueño y destino. Los tres compradores pasaron a la oficina de Javier junto con él y las chicas. Goyi y yo salimos de la terraza. La mayoría de los hombres se fueron de inmediato, solo unos pocos se quedaron para conversar. – Pobre tres –se lamentó Gregorio– le hubiese ido con Javi. - ¿Por qué le temen tanto al brasileño? –tenía curiosidad. - Él es mucho más cruel que el resto de los hombres que viste, incluido el mismo Javier –suspiró cansado– ha enviado al hospital a... –se quedó pensando– no sé cuántas mujeres. Todas con hematomas, hemorragias internas y ¡hasta abortos! –se escandalizó. Recordé en las mujeres embarazadas que el doctor me había comentado anteriormente. Me estremecí. Los 4 hombres y las 3 chicas salieron de la oficina. Cada una tenía un collar con su respectiva cadena. Solo 2 estaba desnuda. 1 y 3 conservaban el traje. El brasileño le hizo un gesto a Javier y él lo invitó a sentirse justo donde Goyi y yo estábamos. Javier se sentó a mi lado y el brasileño se sentó al lado de Gregorio mientras que 3 se arrodilló en el suelo junto a su dueño con la mirada en el suelo, sollozando. - Dígame, señor Silva. Puede hablar con suma confianza delante de mis asistentes –Goyi y yo nos miramos brevemente. - Quisiera pedirle, cordialmente, alojo en su casa sólo por hoy –no creí que hablara Español– si no es una molestia para usted, claro. - En absoluto, señor –Javier parecía sereno– si necesita algo, no dude en hacérmelo saber. Gregorio, Ana –nos miró fríamente– busquen a Lucy y a Magda y háganle saber que el nuestro invitado se quedará en la habitación especial –mi boca se abrió. - En seguida, señor –ambos nos apresuramos a entrar a la casa. Caminamos hasta el sótano a buscar a las mujeres y en el camino no pudimos evitar los comentarios. - ¿Viste a la pobre 3? –Se lamentó Goyo– en su mirada se le notaba lo desesperada que estaba. - Si, espero que por ésta vez ese brasileño se encante con ella y no la maltrate tanto –mis deseos eran sinceros, ella ya había tenido suficiente con Javier. Informamos a Lucy y Magda lo sucedido. - Yo sabía que terminaría con él –Lucy se frotó la frene– me cansé de hablarle y no me escuchó. - Ya deja así –la interrumpió Magda– nosotras hacemos bastante para hacer un poco más amena su estadía aquí. - Si lo sabré yo –confirmé. - ¿Y cuál es esa habitación especial? –Gregorio sentía curiosidad. - ¿Recuerdas cuando te pregunté qué creías que había debajo de la cascada? –él movió enérgicamente la cabeza– bueno, es la habitación especial, se llama la cascada. - ¡WOW! ¿Y desde cuándo está esa habitación que YO no sabía de ella? - Hace dos años el señito la mando construir para él –dijo Magda– pero nunca la usó. Ella sí –me señaló con la boca. - ¿Tú la usaste? –Me dio un ligero empujón– ¡con razón eres la favorita! - Quieto perro –le puse la mano en el hombro– estuve allí por orden del doctor para resguardarme del demonio de tu jefe. - Mi jefe y TÚ dueño, no lo olvides Anacondesa –me dio un ligero golpe en la cabeza. - Lo que sea –puse los ojos blancos y le indiqué el camino a la habitación. Al llegar a ella, Gregorio suspiró. - Por amor a Dios, así deberían ser las habitaciones de las chicas –exclamó levantando las manos. - Mejor vamos a decirle a Javier que todo está listo para el brasileño –empujé a Gregorio para salir. - Al menos la cama se ve cómoda –lo miré y asentí. Al llegar arriba, Javier nos esperaba. - Todo listo jefazo –Goyi hizo un saludo imitando a un militar. - Bien, informaré a nuestro invitado. Se retiró. Nosotros fuimos a la cocina a tomar algo refrescante y no nos dimos cuenta del tiempo hasta que llegó Javier. - Los estaba buscando –lo noté impaciente– vengan conmigo. Caminamos hasta nuestra habitación. Él buscó un control remoto y se lo entregó a Gregorio. - Enciende la TV, selecciona video y marca el código 7443 –le dio las indicaciones mientras me ayudaba a quitarme la ropa– vamos a ver qué le hará ese brasileño a tres. - Eres un pervertido –le dije mirándolo horrorizada– ¿cómo puedes dormir en paz? - Querida, yo duermo en paz desde que aceptaste quedarte conmigo –me agarró del mentón y la quité con un manotazo. Entré al baño a quitarme el maquillaje y la parafernalia del cabello. Mientras tanto podía escuchar lo que ellos conversaban. - Bueno, yo siento curiosidad –Goyi no tenía remedio– nunca he visto cómo las tratan y solo he visto sus cuerpos marcado, son tan excitantes. Siento que soy un niño con juguete nuevo. - Te gusta mirar, eres tan pervertido cómo... –no escuché nada más. Al salir escuché una respiración sofocada, como si alguien intentara respirar. Al caminar y acercarme al área donde estaba la TV vi a Javier de espaldas. Tenía a Gregorio agarrado por detrás con una mano en su cuello y la otra cubría su boca. No notaron mi presencia. Caminé a un lado para ver qué pasaba entre ambos. En la TV podía ver las imágenes de tres con su dueño. Él le había atado las muñecas a los tobillos para poder babosear sus genitales. Ella parecía estar asqueada. Volví a mirar a Javier y Gregorio. Estaban forcejeando pero Javier era más fuerte y no dejaba mover a Goyi. - ¿En serio crees que puedes aguantar lo que ellas aguantan? –Podía percibir sus dientes apretados mientras hablaba– ¡Veamos si eres capaz! Lo arrojó al suelo y cayó de bruces detrás del sofá y no podía ver lo que hacía. - Quítate la ropa –tenía el rostro rojo– ¡vamos, rápido! En un instante se sacó su m*****o endurecido y sentí escalofríos. De verdad iba a cogerse a Goyi? No me moví de mi sitio para que no arremetiera en mi contra. Al fin y al cabo, Gregorio también lo deseaba. Se abalanzó sobre él y escuché un leve quejido. Murmuraron algo y finalmente escuché a Goyo. - ¡Ay! por Santa Bárbara, Javier –su voz era de dolor– ¡saca esa estaca de mi culo! - ¿Quieres que te lo saque? –Su tono era sarcástico– pero si apenas metí la punta. Silencio y luego más quejidos. Me atreví a salir de mi lugar y me acerqué. - ¿Se puede saber qué carajo sucede aquí? –no grité, pero si elevé un poco la voz. - Le doy a Goyi lo que tanto me lloraba –estaba un poco sofocado por la lucha– ¿acaso tienes celos? - ¿Celos? para nada papito, mi rey –me burlé– te recuerdo que uses gorrito porque ¡a mí no me vas a enfermar! - ¡YO NO SOY IDIOTA! –Me gritó molesto– y gracias por el título de "papito y rey" –rodé los ojos. - Deja a Goyo en paz –me acerqué e intenté separarlo. - Lo ciento, nunca detengo lo que comienzo –volteó a verme– eso te consta, ¿cierto? –Sin dejar de mirarme dio un empujón y penetró la mitad de su pene en el culo del hombre– Ven, toma asiento aquí –palmeó la espalda de Gregorio– quiero verte de cerca mientras... ya sabes. Como no me moví de mi lugar él me agarró fuerte del brazo y me tiró sobre la espalda de Goyo, haciendo que éste perdiera el equilibrio. - Por qué mejor no me ayudas Goyi? –Palmeó su pierna– anda –me agarró de los brazos y me hizo mover hacia la cabeza de Gregorio– muévete y acércale tu encanto a su boca, a él le gusta, cierto Goyi? Apenas caí frente al rostro de Gregorio, éste se abalanzó sobre mi entrepierna y besó y chupó mi clítoris al tiempo que Javier arremetía contra él. Las caricias de Gregorio no eran feroces ni dolorosas como las de Javier. Él se tomaba su tiempo para darme placer. Caí al suelo rendida ante sus caricias. Me hizo gemir y agarrarlo de la cabeza para que no se detuviera. Él me acariciaba los senos y tiraba de mis pezones con malicia mientras gemía en mi vulva por las arremetidas que recibía su culo. - Por Dios Javi, ¡no seas brusco! –se quejó. - ¡A callar! intento metértela toda. - ¿AÚN NO LA METES TODA? –gritó sorprendido. Javier salió de él y se quitó el condón. Fue al baño y luego regresó con una sonrisa malévola. - Ven acá muñeca –me tendió la mano y me ayudó a levantarme– enséñale a éste mojigato como se coge con una anaconda.  Me llevó hasta el sofá y me indicó que me acostara apoyando la cabeza fuera del reposa brazos. - Ven acá Goyi –lo agarró por la parte de atrás de su cuello obligándolo a mirar más de cerca mi rostro- aprende de una maestra. Apenas terminó de hablar abrí la boca para recibir su embestida hasta mi garganta. Goyo hizo un sonido de asombro. Javier dio varias embestidas más antes de retirarse y cubrir mi cuerpo con su semen. - ¿Ves? –Lo lanzó al suelo– así se gana el alimento. - Eres el demonio –su voz era de rabia. - Ya quieras –se burló– ven –lo agarró y lo arrastró hasta quedar a un lado del sofá– mira ahora –me ayudó a colocarme en cuatro con las rodillas en el suelo y el pecho en el asiento del sofá– segundo round, lo haré flojito a ver si así te gusta. Me penetró el coño con fuerza, haciéndome soltar un gemido de dolor. Se abalanzaba con fuerza y golpeaba mi útero. Luego de quedar casi sin aliento se apartó y me roció con su semen. Me senté sintiéndome adolorida y Goyo tenía la boca abierta y el pene bien duro. Javier al notar su erección me agarró por el cabello y me arrastró a él y me obligó a chupar su v***a. - Trágatela completa perra –me obligaba empujando mi cabeza– no es ni la mitad del mío. Goyo gemía de placer y Javier lo hizo callar metiendo su v***a en la boca. Nos separamos agitados y Javier hizo que Goyo me penetrara por el coño mientras él nos miraba. Contemplar cómo Goyo arremetía contra mí hizo que se masturbara hasta lanzar espesos chorros de su semen sobre ambos. - Súbete sobre Goyi –ordenó– déjame ver tu culo. Pero su intención no era mirar. Me penetró el culo con violencia. Me sentí atestada entre mis piernas. Javier escuchaba mis quejas y gemidos. Apretó mi cuello y me atrajo a su cuerpo al tiempo que Goyo chupaba mis pezones y Javier me besaba con premura. Sus penetraciones eran violentas. Javier me lanzó hacia Gregorio para que lo besara mientras él golpeaba mis nalgas hasta dejarlas enrojecidas. Casi al llegar al clímax, Goyi salió de mí y lanzó su semen sobre mí, mientras yo dejaba correr mi orgasmo en su vientre y entre mis piernas. Javier aún no alcanzaba el suyo pero me hizo a un lado para agarrar a Gregorio, levantó sus piernas y lo penetró con fuerza hasta hundirse completamente en él. Apretó su cuello y lo abofeteó con fuerza hasta que ambos no pudieron más y Javier cayó sobre Goyo respirando con dificultad. Luego de eso, nos dormimos en el suelo mientras en la TV aún se veía a tres conservando su virginidad. Sentí algo suave debajo de mí, eran las sábanas de seda de la cama. Me removí, me giré sobre mi lado izquierdo y abrí un poco los ojos, vi una silueta delante, era Javier. De pie a un lado de la cama. Estaba desnudo y se masturbaba. - Por fin despierta mi reina -murmuró- le estoy preparando su leche para que te la tomes caliente -rodé mis ojos- anda, siéntate para que la tomes. Obedecí con flojera. Apenas estuve sentada él colocó su glande sobre mis labios. Abrí la boca y el descargó su semen hasta rebosarla. Cerré mi boca pero no lo tragué. Me quedé allí inmóvil. - Ve a bañarte, hoy es un buen día para ti -¿sería posible que me llevaría a casa? Mi corazón dio un salto. Fui al baño, abrí la ducha y al entrar en ella escupí el contenido de mi boca. Me quedé bajo agua disfrutando de su temperatura moderada. Terminé de ducharme y salí al clóset-vestidor. Sentí que me rodeaban por el pecho y la cintura, era él. Su respiración era agitada, como si apenas estuviese terminando de ejercitarse. - ¿Y Goyi, ya se ha despertado? -pregunté mientras trataba de soltarme, fue inútil. - Cuando me desperté, él ya no estaba -murmuró en mi oído- ¿para qué lo buscas?, ¿quieres que te cojamos de nuevo los dos? -escuché una ligera risa malévola. - No, es que con lo agitado que te escucho parecía que apenas terminaste de cogértelo a él -reí ligeramente. Me hizo girar sobre mis talones y me miró a los ojos. Su mirada era oscura y penetrante. - ¿Acaso crees que le daría preferencia a él antes que a ti? -ladeó una sonrisa- eso fue solo una recompensa por su trabajo y... -hizo una breve pausa- porque quería verte atiborrada de vergas. - Pareces un niño de preescolar -le di una palmada en los brazos. Sin decir nada, me levantó en sus brazos y me sentó sobre un gavetero alto, altura que dejaba expuesto mi coño y él no dudo en saborear a su antojo haciéndome gemir de placer y dolor por sus arrebatos de lujuria. - Sé que en tu mente me odias -murmuró- detestas que te toque y que te coja a mi antojo. Pero... -introdujo su lengua en mi v****a y chupó tan fuerte como pudo. El placer que me provocó me hizo cerrar las piernas y apretar su cabeza con ellas para que no parara. Como pudo, separó mis piernas y respiró agitado. - A tu cuerpo le encanta -continuó diciendo- y estoy seguro de que te odias más a tí misma de lo que me odias a mí. Tenía razón, pero no me odiaba a mí como esencia sino a mi cuerpo hambriento de placer. No obedecía mis órdenes, apenas mis ojos lo veían mi corazón latía por temor pero mi v****a se babeaba esperando por sus caricias haciéndome ruborizar. Y eso él lo percibía al mírame. Sabía que me tenía a su antojo. El continuó disfrutando mi cuerpo durante unos minutos. Luego, se levantó bruscamente y buscó algunas prendas para vestirse. Me bajó del gavetero y así, desnuda me llevó hasta su camioneta. - ¿Disculpa? -le dije con tono sarcástico- ¿a dónde piensas llevarme desnuda? - Si te montas en mis autos, deberás estar desnuda -murmuró mientras ajustaba el cinturón de seguridad- ya luego, antes de bajarte, podrás vestirte. - Entiendo -suspiré y crucé mis brazos, al menos las ventanas eran oscuras y nada se veía en su interior desde afuera. Él subió y encendió el motor. Me miró, tocó suavemente mi mejilla y me atrajo hacia él para besarme. Salimos de la hacienda y al tomar el camino no pude evitar sentirme nerviosa. Él lo notó. Buscó debajo de su asiento una pequeña caja y me la entregó. Al abrirla lo miré extrañada, no entendía qué era ese objeto, nunca lo había visto. - Mételo en tu v****a -me miró- ahora mismo. No tuvo que repetirlo, lo hice y él buscó en la caja el mando que traía el objeto. Presionó un botón y di un salto en mi asiento. Era un vibrador, y él lo había activado en la máxima velocidad. Estuve retorciéndome durante no sé cuánto tiempo mientras él apretaba el volante intentando controlarse pero le fue imposible. Se detuvo a un lado del camino, sacó su m*****o y me quitó el cinturón de seguridad. - Ven acá y siéntate mirando al frente -obedecí torpemente, las vibraciones me hacían perder el equilibrio. Apenas me senté sobre sus piernas me indicó que me levantara para él penetrarme. Creí que lo haría en mi v****a pero fue todo lo contrario, lo hizo en mi culo, pero estaba tan excitada por las vibraciones que en lugar de quejarme o hacer una mueca de dolor cuando el empujó bruscamente su v***a, lo disfruté y gemí abiertamente para su deleite. Empalada totalmente por su m*****o y con las vibraciones en mi v****a, él continuó conduciendo despacio, mientras que las vibraciones me hacían tener un orgasmo tremendo, dejándome agotada. Sus erecciones parecían eternas. Podía eyacular y pocos minutos después volvía a endurecerse. No le presté atención al camino hasta que reconocí parte del mismo, se dirigía a mi pueblo. - ¿Me llevarás a casa? -pregunté con la respiración entrecortada. - Fue lo que acordamos - me abrazó y apretó mis pezones. - Franca... mente... no... creí... que... lo... hicie... ras -apenas podía hablar, me estaba provocando un gran placer y se avecinaba otro orgasmo. - Soy un hombre de palabras -su voz era tranquila. Se detuvo a un lado del camino y me provocó el último orgasmo al tiempo que él alcanzaba su clímax y llenaba mis entrañas. Nos quedamos abrazados. Buscó en la guantera un plug anal, me indicó que me levantara y apenas salió su glande, insertó el plug en mi culo. Detuvo las vibraciones y me ayudó a regresar a mi asiento. - Dame el vibrador -extendió una mano y al entregárselo, lo metió en su boca- sabes delicioso -reí. Retomó el camino y cuando faltaba poco para entrar en mi pueblo miré a mí alrededor buscando qué ropa me pondría. No la encontré. Javier al notarme inquieta tomó mi mano. - Cálmate, lo que buscas está debajo de tu asiento -suspire aliviada- no soy cruel en ese aspecto -se rió a carcajadas. Busqué bajo mi asiento y allí estaba una pequeña maleta. Dentro, había una nota escrita por Goyi. "Querida, espero que te guste el vestido tanto como me gustó a mí cogerte. Besos en tu coño sabroso" -levanté ambas cejas. Era un vestido estampado con girasoles, la falda era de volados que llegaba debajo de la rodilla, la parte superior que debía quedar al descubierto tenía un encaje de color verde. A decir verdad, no me gustó mucho pero igual tenía que usarlo. - ¡Vaya, qué sincero! -murmuré. - Póntelo, estamos llegando -me coloqué el vestido y guardé la nota en un bolsillo. Al cruzar la esquina para tomar la calle donde vivía, vi un auto frente a mi casa. Javier redujo la velocidad y se detuvo cerca. - Es el auto del detective, amigo del doc -su tono era de desconfianza. - Eso es bueno, supongo -encogí los hombros. - No, no lo es para mí, ni para el doc -me miró y levantó una ceja- le dijimos que tú no estabas en la hacienda, ¿cómo explicaría que ahora te traiga a casa? -Y era cierto- mejor me das un tour para conocer tu pueblo mientras esperamos que él se vaya, ¿te parece? -tomó mi mano y la besó. - Supongo -miré a los lados y no vi a nadie- aunque si me dejas aquí, nadie lo notará. - Las casas tiene oídos y ojos -apuntó- nunca falta el vecino mirón. - Es cierto -me acomodé el vestido- mejor vamos a la heladería de Tiby... es solo capricho. - ¿No quieres ésta barra nutricional? -señaló su entrepierna. - No, gracias, estoy atiborrada de ella, mejor vamos por el helado -se rió.
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