SIENNA RINALDI —Esto te va a quedar hermoso —dijo la encargada sosteniendo un lindo overol de mezclilla con un osito bordado en la bolsa del pecho. Lo tomé con ilusión y sonreí. La ropa era incluso más bonita que la que Leonardo había comprado para mí en algún momento. Me vi al espejo y me mordí los labios. Me había probado un vestido floreado, plisado del busto y con unos delicados tirantes que se amarraban en un lindo moñito encima de mis hombros. Incluso sin estar embarazada podía seguir usándolo. Era amplio y muy cómodo, además de costoso. Volteé hacia el carrito que tenía a un lado, estaba lleno de cosas para bebé: biberones, pañales, sonajas, peluches y una cuna para armar. Cuando Leonardo y yo decidimos unir nuestras vidas, aceptamos que no recibiríamos ni la menor ayuda de sus

