SIENNA RINALDI —¿Dimitri? —volví a preguntar mientras sus ojos parecían perder su brillo. Salí de la cama y me precipité hacia él, apenas posé mis manos sobre su pecho me di cuenta de que estaba irradiando demasiado calor—. ¡Estás ardiendo! ¡Tenemos que ir con un doctor! Mientras decidía como cuidaría de él sin exponer a mi bebé, me tomó por las muñecas con la firmeza suficiente para que cualquier intento por escapar pudiera ser doloroso. —¿Dimitri? —insistí confundida y levanté mi atención hacia él. Sus ojos parecían somnolientos y turbios, su boca entreabierta liberaba su aliento cálido entre jadeos y de pronto un escalofrío me recorrió, como si deslizaran un cubo de hielo por mi columna—. Necesitas recostarte… Negó con la cabeza, mientras su frente estaba apoyada en la mía y cerró

