Capítulo 5: Doble traición

1216 Words
SIENNA RINALDI —Sé que no tenemos mucho, que no gano mucho, pero lo que tengo lo compartiré contigo —dijo Marlene una mañana, sentada en la mesa de su pequeño comedor, revisando unos papeles entre sus manos. No sabía cuantos días habían pasado desde que tomaron las muestras, el tiempo se había distorsionado. Sentía que solo estaba respirando y sobreviviendo por inercia. —Me estoy convirtiendo en una carga —susurré sentada frente a ella como niña regañada. Con el embarazo tan avanzado, nadie me daba trabajo y tampoco podía hacer mucho en el departamento. —No digas eso, saldremos de esta —prometió, demostrando una vez más por qué era mi mejor amiga. De pronto agachó la mirada con tristeza y apretó los labios, extendiéndome las hojas que había estado barajeando con inquietud. Entonces lo entendí, eran los resultados que habíamos esperado. Mi corazón se detuvo y al principio no podía leer, como si de pronto se me hubiera olvidado como hacerlo. — Lo siento tanto —dijo apenas con un hilo de voz, mientras yo leía una y otra vez, intentando encontrar la lógica. —Negativo… —susurré y la cabeza de pronto me explotó—. 0% de compatibilidad. Leonardo… no es el padre. Me levanté de mi asiento tan rápido que pensé que caería al suelo. —Imposible… —susurré confundida y volteé hacia Marlene—. Leonardo es el padre. Es el único hombre con el que he estado. No le fui infiel. El niño es suyo. ¡No estoy loca! ¡Esto está mal! Todo comenzó a darme vueltas y Marlene tuvo que tomarme por los hombros y llevarme al sofá. —Sienna, cálmate, no vale la pena perder la cabeza, piensa en el bebé —dijo desesperada, acariciando mi cabello con preocupación. Entonces el silencio posterior se volvió incómodo, podía verlo en sus ojos, había duda. —No me crees —susurré al interpretar su mirada. —Sienna… yo… —¡Marlene! ¿Crees que miento, que le fui infiel? ¡¿Es en serio?! ¡Los estudios están mal! —exclamé horrorizada, desesperada, porque sentía que estaba perdiendo la cabeza, que la verdad que yo conocía no existía. —¡Te creo! —contestó con la misma desesperación—. Aunque me cueste, pero… solo ponte en mi lugar. La prueba dice que no es el padre. Está ese video donde se te ve con ese hombre, hay muchas pruebas que me dicen que no lo haga y, aun así, lo hago, porque te conozco, pero debes de admitir que todo esto es una locura. Lo entendía. Todo apuntaba que yo era el monstruo y cada prueba se ponía en mi contra. Entonces, antes de que pudiera decir algo, mi teléfono volvió a vibrar. Después de tantos días, era un mensaje de Leo, frío y directo: Mi abogado se contactará contigo. No vuelvas a buscarme. —Lo siento… —susurró Marlene antes de levantarse de mi lado y disponerse a salir. El mundo allá afuera seguía girando, aunque yo me sintiera estancada—. Tengo que ir a trabajar. Salió del departamento y yo seguía ahí, en el sofá, con la mirada perdida, el teléfono en una mano y los resultados en la otra. No supe cuánto tiempo pasó hasta que por fin me hice pedazos. Abracé su almohada y me permití llorar por todo, principalmente por lo que no entendía. Me dejé caer a un costado y el peso de mi cabeza presionó el control de la televisión, encendiéndola. Quería silencio, escuchar solo mis pensamientos, ahogarme en mi propia miseria y cuando levanté mi atención hacia la pantalla, mi corazón se detuvo. Ahí estaba Leonardo, reflejado en la grabación de un paparazzi. —Dicen que un clavo saca a otro clavo —dijo el presentador del programa con una sonrisa pícara mientras las imágenes seguían su curso en un recuadro dentro de la pantalla—. Leonardo Ferreira, cerrando una historia y abriendo otra. Se le veía en un restaurante en una plaza comercial y no estaba solo, estaba con Marlene. Su ropa, su cabello, era ella, aunque no podía ver su rostro, entonces el video se enfocó en como su mano se posaba sobre la mejilla de Leonardo con intenciones de consolarlo, y la pulsera que le había regalado en su último cumpleaños tintineó antes de que se inclinara hacia él y le diera un beso en los labios. Las exclamaciones de sorpresa rugieron en el programa de chismes mientras mi corazón se rompía. Marlene, mi mejor amiga, quien había prometido ayudarme, ahora estaba con Leonardo, recogiendo los pedazos que quedaron de él. De pronto el departamento me pareció demasiado chico y vacío. Apagué la televisión, no tenía fuerzas para seguir escuchando la historia de éxito de Leonardo, de cómo había dejado a una mujer infiel y había encontrado el amor real. ¿En qué momento me había convertido en la villana de mi propia historia? Caminé por la sala sintiendo una presión en el pecho que no me dejaba respirar. Tuve que apoyarme en la pared con ambas manos e intentar calmarme. Quise destruirlo todo, gritar, quemar el departamento hasta sus cimientos, pero estaba cansada, cansada de confiar en los demás. Ya no quería respuestas, ya no quería escuchar a nadie. La vida apestaba y solo quería desaparecer. No podia seguir ahí, no podía quedarme a esperar a Marlene y platicar en su pequeño comedor con una taza de té. Tomé lo poco que llevaba y le dejé una nota: Gracias por todo. Espero que seas feliz con él, se merecen el uno al otro. La doblé y la dejé sobre la barra de la cocina, sabía que me arrepentiría de no escribir algo más, pero el dolor nublaba mi ingenio. Salí del departamento con el corazón herido, pero lleno de rabia. Apenas llegué a la puerta del edificio cuando mi teléfono comenzó a sonar, era Marlene quien llamaba, no contesté. Seguí caminando, sin tener un rumbo fijo, mientras sus llamadas seguían entrando, desesperadas. Después de un par de horas empezó a mandar mensajes. «¿Sienna? ¿Podemos hablar? ¿Estás en el departamento?». «Sienna, por favor, ¿dónde estás? Me preocupas». «Sienna, ¿qué significa esa nota? Por favor, dime dónde estás, tenemos que hablar». Me sorprendía que pareciera sincera. «Sienna, por favor, te lo suplico, eres mi mejor amiga, no quiero perderte por algo así. Por favor, dime donde estás, hablemos, sé que podemos encontrar una manera de arreglarlo». —¡Claro, perra! Me encantará compartir la cena de navidad contigo y tu nuevo novio que por cierto es mi exprometido —solté con rabia y apreté el teléfono hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Grité con furia, en medio de la calle, con el cielo nublado y los ojos llenos de lágrimas. La rabia empezaba a ahogarme y cuando estaba dispuesta a arrojar el teléfono contra la pared lo vi, parado en medio de la calle. Era el único que no disimulaba no verme. —¿Estás bien? —susurró mi vecino plantándose frente a mí, con esa calma fría que imponía. Aunque estaba esforzándome por no llorar, sabía que al abrir la boca todos mis esfuerzos se irían a la mierda, así que solo negué con la cabeza.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD