Apenas sonó el timbre, guardó los cuadernos en la mochila sin ordenarlos siquiera y sacó el celular mientras salía del salón.
1:09 p. m.
Sintió un vacío inmediato en el estómago.
—Mierda…
La reunión de Mateo.
Anoche se lo había recordado mientras cenaban y ella había asentido sin pensarlo demasiado. Entre clases y sueño acumulado, casi volvió a olvidarlo.
Aceleró el paso por el campus mientras repasaba todo lo que todavía tenía que hacer. La reunión era a las dos y media, pero antes debía pasar por la cafetería para pedir permiso. Solo pensar en la reacción de Don Gerson hizo que el cansancio le pesara un poco más.
El autobús tardó una eternidad en llegar. Cuando por fin subió, apenas encontró espacio para quedarse de pie entre la multitud. Intentó revisar un par de mensajes en el celular, pero terminó guardándolo de nuevo.
Seguía pensando en Mateo.
Últimamente estaba demasiado callado. A veces entraba a su habitación y lo encontraba exactamente donde lo había dejado horas antes: con los audífonos puestos, acostado sobre la cama o mirando el techo. Cuando le preguntaba si estaba bien, él siempre respondía lo mismo.
“Sí.”
Y ella nunca sabía si creerle.
Lo peor era que no sabía cómo ayudarlo cuando ni siquiera podía encontrar tiempo para detenerse a respirar.
Cuando llegó a la cafetería, el olor a café recién molido y pan caliente la envolvió apenas abrió la puerta. Don Gerson levantó la vista desde la caja y frunció ligeramente el ceño al verla entrar fuera de horario.
—Daniela.
Cerró los ojos un instante antes de acercarse al mostrador.
—Perdón, ya sé… pero necesito pedirle un favor.
Él dejó la libreta sobre el mostrador y cruzó los brazos.
—¿Qué pasó ahora?
Tragó saliva antes de responder.
—Tengo una reunión en la escuela de mi hermano. Me avisaron tarde y… no tengo a nadie más que pueda ir.
Don Gerson la observó unos segundos sin decir nada.
Odiaba esos momentos. Tener que explicar su vida cada vez que necesitaba un poco de flexibilidad.
—¿Cuánto tiempo vas a tardar?
—Una hora. Tal vez menos. Regreso apenas termine.
Se quitó los lentes y comenzó a limpiarlos despacio con el delantal.
—Si no vuelves, te descuento el turno del lunes.
El aire salió de sus pulmones antes de que pudiera evitarlo.
—Voy a volver. Lo prometo.
Salió de la cafetería casi corriendo y llegó a la escuela unos minutos antes de la reunión.
Había padres esperando frente a las aulas, revisando el celular o conversando entre ellos mientras algunos profesores terminaban de organizarse.
Por un instante se quedó quieta junto a la entrada.
Todavía no terminaba de acostumbrarse a esos lugares.
A veces bastaba una pregunta sencilla para recordarle que tenía veintidós años y estaba asistiendo a reuniones de padres porque no había nadie más que pudiera hacerlo.
Ajustó la correa de la mochila sobre el hombro y siguió caminando.
La maestra Miranda le sonrió apenas entró.
—Gracias por venir.
Tomó asiento frente al escritorio y acomodó la mochila a sus pies mientras intentaba ignorar la ansiedad que empezaba a instalarse en su pecho.
—Mateo me dijo que quería hablar conmigo. ¿Pasó algo?
La profesora abrió una carpeta y revisó algunos documentos antes de responder.
—No es nada grave, pero sí hemos notado algunos cambios en él estas últimas semanas. Está más distraído en clase, participa menos y pasa mucho tiempo aislado del resto.
Bajó la mirada.
No necesitaba que se lo explicaran. También lo veía en casa. Mateo se encerraba cada vez más en sí mismo, como si estuviera aprendiendo a cargar el dolor sin compartirlo con nadie.
—Todo ha sido muy difícil desde que murió mamá —dijo en voz baja.
La maestra asintió.
—Y eso es completamente entendible. Mateo es un buen chico Daniela. Muy inteligente. Solo creo que todavía está intentando adaptarse a todo lo que cambió tan rápido.
Durante un instante no supo qué responder.
La profesora dudó unos segundos antes de continuar.
—También quería hablar contigo sobre otro tema. El próximo mes habrá un aumento en la mensualidad de la escuela.
Levantó la vista de inmediato.
—¿Un aumento?
—Todavía no han dado todos los detalles, pero sí será bastante más alta.
Por un instante dejó de escuchar el resto.
El alquiler vencía en dos semanas. También la factura de la electricidad. Y el dinero que había logrado apartar para cualquier imprevisto llevaba meses desapareciendo antes de terminar el mes.
Todo seguía subiendo menos su sueldo.
—Entiendo… Lo resolveré.
—Sé que haces todo lo posible por él —dijo la maestra con sinceridad—. Y créeme, Mateo lo sabe también.
Se limitó a asentir porque hablar en ese momento le parecía demasiado arriesgado. Si abría la boca, no estaba segura de poder mantener la voz firme.
Cuando volvió a la cafetería, la fila llegaba casi hasta la puerta. Apenas Sofi la vio entrar, levantó las manos dramáticamente.
—¡Pensé que habías renunciado y te habías ido del país!
—Todavía no tengo dinero para eso.
—Bueno, entonces ven a salvarme porque esto está horrible.
Y no hubo tiempo para pensar en nada más.
La máquina de espresso no dejó de rugir en toda la tarde. Apenas terminaba una orden cuando aparecían dos más, y entre clientes, bandejas, mesas por limpiar y el constante ir y venir de la barra, las horas comenzaron a correr sin que apenas las notara. Cuando logró mirar el reloj, ya era mucho más tarde de lo que imaginaba.
Cerca de las siete, Sofi la observó mientras limpiaban una mesa.
—Dani… te ves fatal. ¿Segura que quieres quedarte hasta el cierre?
Soltó una risa breve.
—No quiero. Pero lo necesito.
Por un momento pareció que Sofi iba a responder algo, pero terminó guardándoselo.
La cafetería comenzó a vaciarse poco a poco y después llegó el cierre, con todas las tareas de siempre esperando al final del día. Limpiar las máquinas, acomodar las sillas, trapear el piso y dejar todo listo para la mañana siguiente.
Estaba terminando de trapear cuando tuvo que detenerse un instante. La cabeza le dio vueltas apenas un segundo. Apoyó ambas manos sobre el mango del trapeador, tomó aire despacio y esperó a que la sensación desapareciera.
Cuando finalmente apagaron las luces y se quitó el delantal, sentía los hombros tensos y las piernas pesadas. Afuera ya era de noche.
Revisó la hora en el celular mientras caminaba hacia la parada del autobús.
Mateo probablemente ya estaría en casa.