3. Como si todavía tuviera alas

1931 Words
Kyra Mientras bailo al ritmo de la música, cierro los ojos… y me dejo llevar. Así evito esas miradas cargadas de deseo, esas que me recorren sin pudor, que me desnudan sin tocarme. No quiero verlas. No quiero sentirlas. Solo quiero moverme… y olvidar. La melodía se arrastra por el aire como una promesa. El beat vibra bajo mis pies, se desliza por mi piel como una caricia invisible. El escenario se convierte en mi refugio. Mi cuerpo responde solo: lento, medido, como si flotara entre sombras. Mis manos recorren las piernas, suben por los muslos al ritmo de la música, con una cadencia pensada para provocarlos. Me arqueo, dejo que el body marque mis curvas, que la falda corta suba apenas… lo justo para encender fantasías sin darles nada real. Porque no es para ellos. Aunque parezca. Me acerco al tubo y lo rodeo con una mano. El metal está frío, pero en segundos se calienta con mi contacto. Giro lentamente, con la pierna estirada, dejando que la peluca roja vuele con el movimiento. Siento el murmullo del público. Sé que me miran. Sé que algunos quieren más. Giro en lo alto con fuerza contenida, elegante, y desciendo lentamente como una serpiente que controla a su presa. Y vuelvo al centro del escenario… pero no soy de nadie. Soy Afrodita. La mujer que todos desean… y que ninguno puede tocar. Caigo de rodillas. Arqueo la espalda. Deslizo las manos por los muslos. Y entonces lo escucho: el murmullo del deseo. La lujuria. El caos contenido. Los billetes comienzan a volar al aire. Verdes, rojos, azules. Caen como lluvia impura. Algunos se deslizan sobre mi piel, otros flotan a mi alrededor como si fueran confeti sucio. Pero no me inmuto. No los miro. Este momento es mío. Subo al tubo nuevamente. Aprieto con fuerza. Me elevo con elegancia y bajo en espiral, dejando que mis muslos rocen el acero con control. Mis músculos arden, pero mi rostro no lo muestra. Afrodita no se cansa. Afrodita no tiembla. Afrodita domina el deseo… y lo convierte en espectáculo. Cuando toco el suelo, me dejo caer de rodillas. Arqueo la espalda, lanzo una mirada fugaz entre la penumbra, justo antes de volver a cerrar los ojos. Me muevo como si cada paso fuera parte de una historia muda, una confesión sin palabras. Porque, aunque todos crean que les bailo a ellos… Este baile es mío. Es mi escape, mi máscara. Las luces se atenúan. La música baja. Y yo doy el giro final con los ojos cerrados. No necesito verlos para saber que están obsesionados. Termino en pie. El pecho agitado. El corazón latiendo con rabia… y libertad. Los aplausos rugen. Algunos silban. Otros gritan. No me importa. Porque mientras el mundo me mira como un objeto… yo bailo como si todavía tuviera alas. Como si pudiera volar fuera de aquí, aunque solo sea por unos minutos. Leonor aparece al final del número. Sus tacones suenan más fuerte que los aplausos. Recoge los billetes con una sonrisa burlona, como si fuera parte del show. A veces me lanza un guiño. Otras, solo se va en silencio. Las luces se apagan. El show termina. Pero en el silencio que sigue… yo sigo aquí. Aunque me llamen Afrodita. … Apenas bajo del escenario, Alicia se acerca. No necesita hablar: su mirada lo dice todo. Sé lo que viene y, aunque no me guste, es parte del trabajo. —Tienes un privado —susurra, tendiéndome una bata negra de satén que apenas me cubre. Su tono es seco. Como siempre, sé que el cliente ha pagado bien. Como siempre, sé que no tengo opción de decir que no. —¿Quién? —pregunto mientras me ajusto la bata, ocultando apenas lo necesario. —Mesa nueve. Quiso reservarte desde que entraste. No aceptó a ninguna otra. Suspiro sin decir más. Camino hacia el área VIP con los tacones resonando contra el suelo brillante. La música es más tenue en esta zona, el ambiente bañado en luz roja y dorada. Cortinas gruesas, alfombras oscuras, sillones de terciopelo. Huele a licor caro y perfume masculino. La cortina ya está abierta. Él está ahí, esperándome. Reclinado, con una copa en la mano. Traje n***o impecable. No sonríe. Solo me observa. Sus ojos recorren mi figura como si intentaran descubrir quién soy debajo de la máscara. Me siento desnuda… y no por la ropa. —¿Afrodita? —pregunta con voz grave. —Esa soy yo —respondo, forzando una sonrisa sensual mientras me acerco lentamente. Él no dice más. Solo se recuesta un poco, dándome espacio. Me coloco frente a él. La música comienza: algo lento, con un beat profundo. Perfecto para este juego silencioso. Deslizo la bata por los hombros y la dejo caer. Estoy frente a él, en body n***o y la falda corta que aún no he quitado. Comienzo a bailar, despacio, con las manos recorriendo mi cuerpo con precisión. Cada movimiento es medido, controlado. Provoco sin entregarme. Insinúo sin prometer. Giro sobre mí misma, me inclino y dejo que mi cabello roce apenas su rodilla. No lo miro. No le doy ese poder. Me levanto con elegancia y camino detrás de él. Paso mis dedos por el respaldo del sillón, luego por su hombro… sin tocar realmente. Solo el roce del aire entre nosotros. Su respiración cambia. Siento cómo su tensión crece. Quiere más. Todos quieren más. Pero no lo tendrán. Vuelvo frente a él. Me bajo la falda lentamente, la dejo caer. Subo al regazo de la silla sin tocarlo. Lo rodeo con las piernas, sin apoyarme. Me muevo con el ritmo, con sutileza. Él alza la vista, sus ojos se clavan en los míos. No entiende cómo lo estoy desarmando… sin siquiera tocarlo. El baile dura cinco minutos. Pero se sienten como una eternidad. Cuando la música se apaga, me deslizo hacia el suelo, como una flor marchita. Me quedo de rodillas, la cabeza ligeramente inclinada. Su respiración es profunda. No dice nada. —Sin duda eres maravillosa. Una joya en este lugar —musita por fin—. Gracias por el espectáculo, bella Afrodita. Tomo la bata y me cubro de nuevo. Camino sin mirar atrás. En cuanto atravieso la cortina, vuelvo a respirar. Una parte de mí siempre se queda atrapada ahí dentro… Pero otra sobrevive. Y eso es lo que me mantiene de pie. Me encierro en el vestidor apenas salgo del área privada. La puerta se cierra tras de mí, y con ella se apagan el ruido, la música, las risas falsas. Me quito el antifaz con brusquedad. Me arde la piel. Me arden los ojos. Me arde el alma. Me siento sucia. Sucia aunque nadie me tocó. Sucia aunque no me desnudé por completo. Sucia aunque mantuve cada movimiento dentro de los límites que me impuse desde el primer día. Pero no fue suficiente. Me miro en el espejo. Afrodita aún está ahí. Labios rojos. Pestañas pesadas. Esa mirada que finge poder. Pero debajo… estoy yo. Kyra. Sola. Cansada. Harta. Las lágrimas me inundan antes de poder detenerlas. Caen en silencio, como si fueran parte del maquillaje. Pero no lo son. Son reales. Más reales que todo lo que fingí esta noche. Retrocedo. Mi espalda choca con la pared. Me deslizo hasta el suelo frío. Encogo las piernas, las abrazo. Dejo caer la cabeza entre las rodillas. —Lo odio —susurro entre sollozos—. Lo odio todo. Odio este lugar. Odio fingir que no me importa. Odio tener que hacer esto para sobrevivir. Odio que cada noche me arranque algo. Odio estar rota por dentro y actuar como si no lo estuviera. Quisiera correr. Desaparecer. Volver a ser esa niña que bailaba en la sala sin miedo ni vergüenza. La que creía que el mundo se arreglaba con esfuerzo y sueños. Pero ya no soy esa niña. Ahora soy esto. Una sombra. Una mentira con tacones. Afuera, la música vuelve a sonar. Una nueva chica sube al escenario. Las risas regresan. Las copas chocan. La noche sigue. Pero yo no. Yo me rompo en pedazos… otra vez. Y como siempre, me seco las lágrimas, me pongo de pie… y finjo que todo está bien. Porque Kyra no puede caerse. Porque mamá y Camille me necesitan fuerte. Pero esta noche… aunque nadie lo sepa… me partí por dentro. Otra vez. Después de ese momento de debilidad y vergüenza, me obligo a ponerme de pie. Arreglo mi maquillaje como puedo, sé que Alicia vendrá en cualquier momento a buscarme para otra presentación —ya sea a medianoche o antes. Respiro hondo frente al espejo. —Afrodita es más fuerte que tú. Ella es sensual, una diosa… es lo que eres sobre ese escenario, Kyra —me digo en voz baja, tratando de convencerme. Minutos después, Alicia entra al vestidor. —Tienes otro privado. Después de eso puedes descansar un rato, luego haces la última presentación de la noche —anuncia, sin siquiera mirarme. Asiento, sin decir nada. Me coloco el antifaz y camino hacia otro número. Otro cliente. Otro show. Otro poco menos de mí. … Regreso a casa de madrugada. Mamá duerme. Camille también. Entro sin hacer ruido, no quiero despertarlas. Me quito el abrigo y me dejo caer sobre la cama, sin desvestirme siquiera. Cierro los ojos, agotada. Mañana será un nuevo día… y con suerte, será mejor. En cuestión de segundos, el sueño me vence. … El sonido insistente del celular me hace abrir los ojos. No recuerdo haber puesto la alarma. —¡Mierda! —susurro, incorporándome de un salto. La cama de Camille ya está vacía. Apago la alarma, me froto los ojos y bostezo. Son las 8:00 a.m. Mamá debió reprogramarla. Bajo a la cocina y la encuentro allí, colocando algunos platos en su lugar. —Buenos días —saludo, acercándome a besar su mejilla—. ¿Por qué no me despertaste? —Buenos días, hija. Te veías muy cansada. Ese trabajo no te hace bien —responde con suavidad—. Llevé a Camille al colegio para que descansaras un poco más. —Deberías haberme dejado llevarla de todos modos —reclamo con cariño. —Ya estuvo. Ahora desayuna, imagino que tu clase empieza pronto —dice, acariciando mi cabello con ternura. —Es a las diez, todavía tengo tiempo para ducharme. —Ve tranquila. Yo te preparo algo —sonríe. Le devuelvo la sonrisa y me dirijo a mi habitación. Al entrar, escucho mi móvil sonar. La pantalla se ilumina con un número desconocido. Respondo enseguida. —Buenos días —saludo. —Buenos días. ¿La señorita Kyra Laurent? —pregunta una voz femenina, profesional. —Sí, soy yo. —Le llamo de parte del señor Leroy, respecto al trabajo de niñera. El señor desea saber si estaría disponible para presentarse mañana en su residencia, así pueden hablar más a fondo y conocer al niño. Mi corazón da un vuelco. —¿Eso quiere decir que…? —Que ha sido preseleccionada como la posible niñera del pequeño Leroy. Aunque aún no es definitivo, el señor quiere evaluarla personalmente antes de tomar la decisión final. ¿Podría presentarse mañana? Lo dudo un instante… pero algo dentro de mí me impulsa a decir que sí. —Sí, por supuesto. Ahí estaré. —Perfecto. Le enviaremos la dirección por correo en unos minutos. Que tenga un buen día, señorita Laurent. —Muchas gracias —respondo, y cuelgo. Estoy emocionada… y aterrada al mismo tiempo. A veces, lo que más tememos no es lo que hemos vivido… Sino lo que está a punto de comenzar.
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