Kyra
Cuelgo el teléfono con una sonrisa temblorosa.
—Fui seleccionada… —susurro, casi sin aliento.
Me dejo caer sobre la cama con el móvil aún en la mano.
No sé si reír o llorar. Parte de mí se siente agradecida. Otra parte… aterrada.
Mi vida está colgada de un hilo tan delgado, que incluso las buenas noticias me hacen temblar.
El trabajo como niñera. En la casa del señor Leroy. Tal vez, solo tal vez… esto pueda ser un nuevo comienzo. Un punto de fuga. Un paso hacia algo mejor. Tengo miedo, pero también esperanza, él puede pagarme muy bien, el trabajo es a tiempo completo, tal vez por fin pueda salir de esa deuda.
Respiro hondo y me obligo a ponerme en pie. Entro al baño, abro el grifo y dejo que el agua caliente corra mientras me miro al espejo. Sin maquillaje. Sin peluca. Sin antifaz.
Solo yo.
Kyra Laurent.
La que aún no se rinde.
El vapor llena el baño y me sumerjo bajo la ducha como si pudiera borrar lo de anoche, como si pudiera arrancarme Afrodita de la piel. Aunque sé que no es tan fácil.
La imagen del cliente del privado aún me persigue: sus ojos, su silencio, la forma en que me miró como si le perteneciera por haber pagado. Me da náuseas.
Pero entonces recuerdo la voz de la mujer al teléfono.
“Usted ha sido elegida”.
A veces no hacen falta milagros… solo una oportunidad.
Y yo pienso aprovechar esta.
Cuando salgo del baño, mamá me espera con el desayuno ya servido. Me sonríe, aunque su rostro cansado dice mucho más que sus palabras. Me pregunta si todo está bien, y asiento. No quiero preocuparla. No hoy.
Observó un dibujo pegado en la puerta de la nevera . Somos las tres: Camille, mamá y yo, en un parque, bajo un sol enorme. Mi hermana sostiene una flor y yo llevo un vestido azul, como el que usaba para bailar. Lo hizo cuando era más pequeña.
Mis ojos se humedecen, yo siendo tan joven adquirí una responsabilidad enorme. De miles de euros, los intereses crecían a diario, cuando me atrasaba era peor. Hay momentos en los que siento que no lograré y que les fallare a ellas, Camille confía tanto en mi, si yo no pude lograr mis sueños al menos quiero que ella conserve sus años para lograr sus sueños.
Siento la mano de mamá posarse en mi hombro, parpadeo evitando derramar las lágrimas. Sonrío, como siempre lo hago. En sus ojos hay cansancio, tristeza y culpabilidad. Acaricia mis mejillas con ternura, sus ojos color avellana permanecen fijos en los míos.
—Lo siento tanto cariño, quisiera…
—No te disculpes mamá, todo esta bien, pronto todo estará mejor lo presiento —sonrío con suavidad, parece que ella quisiera añadir algo más pero al final guarda silencio.
Minutos después la dejo sola para conectarme a clases. La rutina regresa, pero mi mente está lejos. En esa casa. Con ese hombre. Con ese niño que, según él, no soporta a los extraños, puede que sea así, tal vez solo sea un niño reservado. Me pregunto si me aceptará. Si sentiré miedo. Si podré… sostener las dos vidas sin romperme.
Intento distraerme en mis tares y aún así, no logro relajarme, la fotografía siempre me distrae. Me paso horas imaginando cómo será la casa del señor Leroy. ¿Vivirá en una mansión fría, llena de mármol y silencio? ¿Será uno de esos hombres que apenas habla, como lo fue en la entrevista?
La ansiedad me aprieta el pecho.
Miro mi ropa, mi armario casi vacío. ¿Qué se supone que debo usar para esa reunión? ¿Algo formal? ¿Casual? ¿Cómo se viste alguien que no quiere parecer ni demasiado necesitada?. Dios, creo que no encajare en ese lugar.
Suspiro y me dejo caer en la cama. Mi corazón late rápido. Cierro los ojos.
Y entonces me doy cuenta:
Estoy nerviosa.
No por él.
No por el niño.
Sino porque algo dentro de mí —muy dentro— quiere que esto funcione.
Porque estoy cansada de vivir dividida. De ser una máscara de noche y un fantasma de día.
Y si mañana realmente puedo ser solo Kyra…
Entonces quiero intentarlo.
Aunque me tiemblen las piernas.
Aunque el mundo se derrumbe a mi alrededor.
Aunque yo me derrumbe por dentro.
Al caer la noche me preparo para ir al club, no tenía que haber ido, pero Alicia llamó una de las bailarinas no llegara y debo reemplazarla.
Me despido de mamá y Camille, les pido que me llamen si ocurre algo.
…
El club está lleno.
Más de lo habitual. Hombres con trajes caros, mujeres escotadas riendo con copas en las manos, música con más beat que estilo. Todo huele a exceso y secretos.
Alicia me da una mirada rápida mientras revisa la lista de presentaciones.
—Estás en segundo turno otra vez. Y después del show, tienes un privado. Mesa diez. Repite cliente.
—¿Repite?
—Sí. El mismo de hace tres noches. El que no te quitaba los ojos de encima. Hoy pagó el doble para reservarte toda la franja.
Trago saliva. No tengo energía para discutir. Solo asiento.
En el vestidor, la peluca roja está lista. El antifaz brilla como si fuera parte de un juego perverso. El body n***o de encaje. La falda corta. Todo en su lugar.
Me siento frente al espejo y comienzo a transformarme.
Afrodita.
La que no tiembla. La que no pregunta. La que no llora.
Aunque por dentro me esté cayendo a pedazos.
La música comienza. El show anterior termina. Aplausos. Ruidos sordos.
Nath aparece segundos después en el vestidor, sonríe y se desprende de su peluca azul.
—Parece que esta será una muy buena noche —murmura tomando asiento frente al tocador —no sabia que venias hoy.
—Se supone que no, pero Alicia me pidió venir —digo soltando un suspiro.
Nath es la chica que me trajo a este lugar.
«No tienes que vender tu alma. Solo ponte un antifaz… y gana lo que necesitas»
Eso fue lo que me dijo la primera noche que baile aquí, ella ha estado dándome ánimos todo este tiempo. Nath es una de las mejores bailarinas del club. Al contrario de mi, ella disfruta del baile y de las miradas cargadas de deseo de los hombres.
—Vamos Kyra, sonríe como si disfrutaras todo, sonríeles a ellos y veras como serán generosos contigo.
—No es fácil.
—Se que no, todas estuvimos en tu lugar, llegamos a este club solo para ganar más dinero y al final terminamos perdiéndonos, pero eso no pasará contigo, tu tienes futuro Kyra, tu aún puedes brillar fuera de este lugar, por más tentadora que sea una oferta no caigas, no cometas ese error —me aconseja.
Ella comienza a maquillarse y se coloca la peluca de nuevo.
—Debo seguir con mi trabajo, te veo al rato —dice saliendo del vestido.
Cuando ella sale escuchó mi nombre escénico. Las luces me llaman.
Camino al escenario con la mirada firme y los labios pintados de rojo sangre. No siento mis piernas, pero avanzo.
El tubo espera. La plataforma me recibe.
Y entonces, bailo.
Más intensa que nunca. Más precisa. Más provocadora. No por ellos. Por mí.
El cuerpo se mueve solo. Subo al tubo, giro, caigo en espiral. Las luces siguen mi figura como si me adoraran. El público grita. Billetes vuelan. Y yo… cierro los ojos.
Como siempre. Para no ver las caras. Para no sentir sus deseos. Para no perderme.
La música termina.
Y yo también.
Bajo del escenario con el corazón latiendo como si hubiera corrido una maratón.
Alicia ya me espera con la bata. Me la lanza sin palabras.
—Mesa diez. Ya te espera.
Asiento.
Entro al área privada sin ilusión. Solo con un propósito: terminar con esto. Terminar esta etapa. Resistir una vez más.
…
Llego a casa de madrugada, como siempre, tomamos un taxi junto con Nath.
Entro a la habitación y tiro mi bolso sobre la cama sin hacer mucho ruido. Enciendo la pequeña lámpara de noche para no despertar a Camille, saco la pequeña libreta negra donde apunto todo. No confío en apps, ni en promesas de que lo digital es más seguro. Necesito ver cada número, cada deuda escrita con mi propia mano.
Página uno. Ingresos del mes.
Página dos. Gastos.
Página tres. “Gérard: deuda inicial 35,000 €. Saldo actual: 17,800 €”.
Aprieto el bolígrafo con fuerza.
Gérard, como odio ese maldito nombre, él es la razón por la cual mi deuda no puede ser saldada por completo. Él era jefe de mi padre, cuando el murió creí que la deuda era solo con el banco, pero la deuda más grande era con Gérard. Ese imbécil de trajes caros que me tiene atada a ver su cara cada mes. La deuda con el banco son solo dos meses más, me apresure a cancelarla porque amenazaron con quitarme la casa y no quiero perderla.
“Tu padre me lo pidió, Kyra. Yo lo ayudé… ahora tú debes de pagarme cada centavo.”
Eso fue lo que me dijo la primera vez.
Me siento como idiota al recordar lo mucho que le pedía a mi padre que me llevara a bailar. Me odio por que yo lo empujé a esto.
Veo una vez más las cifras.
—¿Cómo demonios sube si pago cada maldito mes?
Me arde la garganta. Esas cifras son como grilletes. No importa si en verdad me retraso o no con el pago. Siempre inventará un nuevo cargo. Un nuevo castigo, porque el no solo quiere el dinero. Lo ha dejado claro muchas veces.
“Piénsalo Kyra, es una salida más fácil, no tienes que preocuparte por el trabajo, no te preocuparas más, solo acepta mi propuesta y la deuda será perdonada, tu madre, tu hermana y tu tendrán una mejor vida” —Maldito idiota. Su propuesta es casarme con él, prefiero morir ahogada en deudas antes que estar con él.
Miro el total final: me quedan 500 € libres este mes.
Y eso si no se enferma mamá.
Y si Camille no necesita nada extra.
Y si yo no me rompo por dentro.
Cierro la libreta. Me abrazo las rodillas.
Afrodita brilla bajo las luces, pero Kyra…
Kyra apenas sobrevive en la sombra.
Cada pago apenas cubre los intereses.
Apago la lámpara y me tiro a la cama, me meto entre las sábanas. Debo levantarme muy temprano.
…
La alarma suena con insistencia.
—Maldición Ky, apaga esa cosa —escucho la voz de mi hermana a lo lejos —¡Kyra!
Me sobresalto al escuchar su grito, me siento sobre la cama con mi cabello enmarañado.
—Apaga esa alarma Kyra —se queja.
Me froto los ojos y tomo el móvil. Apago la alarma y doy un bostezo.
—No te quejes y vete levantando tu también —le digo poniéndome de pie y arrastrando mi cuerpo al baño.
—No molestes —susurra metida en sus sábanas.
—En diez minutos más Cami.
En diez minutos salgo del baño, me cepillo el cabello. Me puse un vestido azul, creo que es perfecto. Me pongo mis zapatillas y salgo de la habitación con mi bolso listo. Mamá ya está despierta.
—Buenos días mamá.
—Buenos días hija, espero que te vaya muy bien, por nosotras no te preocupes. Ten te prepare esto —me entrega lo que creo es un sándwich.
—Gracias mamá, no se a que horas regresaré pero…
—Dije que no re preocupes por nada, solo llámame para saber que estas bien —asiento, me despido de ella y me da un beso en la mejilla.
Estoy ansiosa. Demasiado.
Suspiro y salgo de casa, lista para lo que me espera hoy.
…
Una hora después, llego a la residencia de Xavier Leroy. Vaya que es enorme… y lujosa. Con el corazón acelerado, me acerco a la entrada. Una empleada sale a mi encuentro.
—Buenos días, señorita. Soy Margot, trabajo para el señor Leroy desde hace muchos años —dice con una sonrisa amable. Es una señora mayor, quizás no mucho, debe tener la edad de mi madre.
—Buenos días —saludo, un poco nerviosa. Ella me guía hacia la sala donde él me espera.
Está de espaldas, observando el jardín, con una taza en la mano. Se gira y me observa de pies a cabeza. Me estremezco.
—Buenos días, señorita Laurent —saluda cuando sus ojos se clavan en los míos.
—Buenos días, señor Leroy.
—Ve por Bastián, por favor, Margot —le pide, y ella asiente. Luego vuelve su atención a mí—. Como le comentaron por teléfono, usted es una de las seleccionadas para el puesto de niñera de mi hijo. Necesito responsabilidad absoluta. Mi hijo estará a su cuidado la mayor parte del día.
—Puede confiar en mí, señor…
—No quiero promesas. Quiero hechos. Quiero ver si realmente es capaz de cuidar a mi hijo —su tono es firme, casi amenazante. Aun así, no me siento intimidada.
—Está bien. Usted lo verá —respondo. No sé cómo logro decirlo, pero sus ojos no se han apartado de los míos ni por un segundo.
Se acerca. Mi corazón se detiene un segundo. Es muy alto, muy guapo. Aunque eso ya lo había notado en la entrevista. El aroma de su loción me envuelve. Trago saliva. Estoy tentada a retroceder, pero me obligo a mantenerme firme.
—Aquí está el pequeño Bastián —la voz de Margot me salva, interrumpiendo el momento. Lo agradezco.
Me giro y veo a un niño de cabello castaño. Es adorable. Me observa con curiosidad, luego busca a su padre con la mirada.
—Campeón, ven aquí —le llama el señor Leroy. Su voz es distinta ahora: más suave, más cálida.
El niño obedece.
—Ella es Kyra. Está aquí porque será tu nueva niñera. ¿Estás de acuerdo? —le pregunta.
El pequeño me observa con atención.
—¿No puedo ir a tu trabajo? —pregunta.
El señor Leroy sonríe. Es la primera vez que lo veo hacerlo. Y esa sonrisa... es genuina. Su hijo es su debilidad. Eso está claro. Para los demás, Xavier Leroy podrá ser de acero. Pero para este niño… no.
—Lo siento, hijo. Cuando seas más grande podrás venir conmigo.
—Pero ya estoy grande… —protesta, bajito.
—Lo sé —le revuelve el cabello—. Pero aún no lo suficiente.
—Está bien… —acepta con un suspiro.
—Señorita Laurent, este es mi hijo, Bastián Leroy —dice con formalidad.
Me agacho frente al pequeño.
—Hola, Bastián. Un gusto conocerte —le sonrío.
—Hola… —murmura con timidez.
Levanto la vista. El señor Leroy nos observa, ojos entrecerrados, evaluando cada gesto.
—Bien, ve con Margot a desayunar. Hablaré un momento con Kyra —le dice. El niño asiente y se va con Margot.
Entonces, él se vuelve hacia mí.
—Quiero que hoy se quede con él. No será hasta muy tarde. Cuando regrese del trabajo, podrá irse. Pero recuerde: si le doy el puesto, deberá vivir aquí.
—Lo tengo muy presente, señor. Solo quería comentarle que… —hago una pausa, eligiendo con cuidado mis palabras—. Mi disponibilidad será total en las mañanas y tardes. Pero algunas noches…
Él me observa, atento.
—… necesito cumplir con otros compromisos. Son asuntos personales. Importantes. Pero no interferirán con mi desempeño.
Sus ojos se entrecierran ligeramente.
—¿Compromisos personales? —repite.
—Sí —respondo con firmeza, manteniéndole la mirada—. Pero seré honesta: este trabajo me importa. Y si me da la oportunidad, lo demostraré. Solo le pido un poco de flexibilidad en esas noches.
Me mira como si intentara adivinar lo que no estoy diciendo. Finalmente, suelta un leve resoplido. Y asiente.
Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Eso será suficiente. Por ahora. Luego veré cómo arreglármelas con los estudios.
—Bien. La veré por la tarde, señorita Laurent. Mañana le daré mi decisión —dice, y asiento.
Por dentro, estoy emocionada y nerviosa. Él se marcha, sin decir más.
Me quedo en la sala por unos segundos. Respiro hondo.
Bien… tú puedes, Kyra.
Con suerte, y si todo sale bien…
Afrodita dejará de existir pronto.