Tentación en el espejismo.

2562 Words
PVO Elrik Kingston. —¿Hiciste lo que te pedí? —pregunto, moviendo los dedos sobre la mesa del restaurante, a pocos pasos del Butrick Club. —Lo hice —responde con esa seriedad que ya no me incomoda; creo que siempre ha sido así—. Pero en serio, Elrik, ¿qué pasa? ¿Por qué me pediste esto de repente? —¿Qué? Solo estoy premiando al mejor grupo de investigación de mi empresa. ¿Qué tiene de malo? —¿Con pases al mejor club de la ciudad? —alza una ceja, desconfiado. Matthew Schwarz, o simplemente Mathias, es el hijo de un multimillonario dueño de una de las reservas de petróleo más grandes del mundo. Estudiamos juntos en Londres un largo tiempo. Jovial, mujeriego y bien parecido, el pretexto perfecto cuando mi hermano Apolo y yo éramos acosados por las mujeres de la universidad y solo queríamos un poco de paz. Pero hoy en día es completamente distinto. Usa unos lentes que le restan aquel encanto con el que se movía entre las mujeres años atrás. ¿Por qué el repentino cambio? Lo sospecho. ¿Y si es el heredero de una familia adinerada como los Schwarz, por qué trabaja como un simple jefe de dirección en una empresa? Tampoco tengo la respuesta, pero lo intuyo, y debe ser la misma que lo orilló a cambiar de personalidad. —¿Qué? ¿Por qué me miras así de pronto, Elrik? —Por nada —me encojo de hombros y miro mi reloj. Ya es la hora—. Vas a ir al club y vas a hacer lo que te pedí. —¿Y si me niego? —Pues… —muevo mi copa y juego con él— podría reemplazarte y ya, Mathias, ¿o prefieres que te llame Matthew? Misteriosamente sonríe. —En serio, a veces no puedo contigo, Kingston —se levanta de su asiento—. No sé qué pretendes, pero tampoco puedes chantajearme cuando se te dé la gana. Y si no me dices qué pretendes ahora mismo, pues no voy al club. Mathias, cuando se le da por joder, lo hace, y en estos momentos él me servía. No pensaba permitir que ese imbécil de Kenny Dickson siguiera rondando lo que me pertenece. Ni un segundo más. —Bien, supongo que puedo contarte ahora que soy el nuevo CEO y dueño de esta empresa. —Bien, soy todo oídos. —Cassidy Sterling. —Suelto, haciendo que endurezca su mirada—. Es mi prometida, nos vamos a casar en unos días, solo que ella no lo sabe, aún. Mathias se queda rígido, como si le hubiera caído una piedra encima, y empieza a toser sin poder disimular la sorpresa. —¡¿S-sterling?! —alza la voz—. Espera, ella está comprometida con Kenny Dickson, y tú dices que… —Ella es mía —afirmo con seriedad—. Siempre ha sido mía, Mathias, desde antes de que viniera a este país. Mi amigo y empleado se queda en silencio, desconcertado, analizando, sorprendido. Era evidente que esto pasaría. —Y guardarás silencio por tu bien hasta que esa unión se concrete —advierto—. Sé que eres inteligente y sabrás guardar la información, Schwarz, ¿verdad? Inesperadamente sonríe. —Cuando un Kingston quiere algo, lo consigue —dice, encogiéndose de hombros con aparente despreocupación—. Y sé que no estás bromeando. Se te nota en los ojos, en esa mirada fría y oscura que solo muestras cuando hablas en serio, Elrik. A veces sabe cuándo no cruzar la línea. —Supongo que Dickson tiene los días contados —murmura, dejando de apoyarse en la pared—. Bueno, esperaré tu invitación para la boda. —No te llegará. —Alza una ceja, confundido —Al menos no por el momento, Mathias. Después me entenderás. De nuevo se encoge de hombros. —Bien, tampoco es que me interese saber que mi amigo de universidad está obsesionado con una chica y, ya me voy —me dice mirando su reloj—. Oriana y las demás chicas ya se han ido a ese club. ¿Irás por tu cuenta, cierto? —Sería un poco sospechoso si nos vieran juntos —me acomodo el saco—. Y estoy seguro de que no quisieras que sospechen que eres… bueno, ya me entiendes. —Es cierto —responde sin darle importancia—. Me voy antes de que las chicas sospechen algo, aunque estoy casi seguro de que se tragaron el cuento de que su nuevo jefe es muy generoso y quería premiarlos con una salida y todas las bebidas gratis. —Tú solo asegúrate de que ellos no tengan una noche agradable, Mathias —digo con un tono más serio—. Nada cerca, nada. —¿Para qué crees que van las chicas? —bufa con sarcasmo—. En serio, relájate, Elrik. Gira y avanza hacia la puerta, pero se detiene al tocar la perilla y me devuelve la mirada. —Aunque hay algo que sí tengo curiosidad. ¿Él indagando? —¿Cómo harás para separar a una pareja como esa? Te digo que Kenny y Cassidy son muy unidos, tanto que… —Tanto que el imbécil le puso los cuernos con su media hermana —lo corto, y de nuevo su cara de desconcierto—. Ahora vete, yo llegaré poco después de ti. Mathias quiere decir algo, pero al final no lo hace y se va con el grupo de trabajo de Cassidy a hacer su tarea: arruinar su noche. —Si crees que podrás acercarte a mi chica, Dickson, estás muy equivocado. Y te lo voy a demostrar. Casi de inmediato me dirijo al Butrick Club, el más importante de la ciudad en cuanto a diversión se refiere. Al llegar, uno de mis guardias me acompaña y me cuenta lo poco que pudo haber pasado entre Cass y ese tipo que se cree con derecho a ella. —¡¿Qué dijiste?! —Sí, Sr. —afirma con un poco de miedo al ver mi rostro—. El Sr. Dickson pidió una suite, pero aún sigue conversando con la Srta. Cassidy cerca de la barra. No ha pasado nada, se lo aseguro. —Bien —gruño, conteniendo las ganas de mandarlo directo con San Pedro solo por haber tenido esa absurda idea. «Si crees que puedes tener el cuerpo de lo que es mío, te equivocas, Dickson. No vas a tocarle ni un solo cabello a mi mujer» Llego al segundo nivel, pero antes siquiera de sentarme, la pesadilla se vuelve ante mis ojos. El idiota la está besando, saboreando sus labios, ¡tocando lo que es mío! —No, no, eres hombre muerto, maldito desgraciado, muerto.—mascullo furioso y voy hacia ellos con un arma lista, pensando en mil maneras de hacerlo sufrir. Pero mientras bajo, Cassidy se aparta de él con rapidez y desaparece en dirección a los baños. Maldición, esto no va a quedar así. No voy a permitir que vuelva a probar sus labios. Ese derecho es mío. Solo mío. Cassidy, tú lo juraste, y lo vas a cumplir. —Renan —le hablo a mi guardia—. En el baño de damas, cerciórate de que nadie entre, y cuando digo nadie, es nadie. Corto la llamada y entro a los baños. Pero no es necesario que busque tanto. Cassidy está frente al espejo, murmurando algo que alivia mi corazón. —¿Por qué tengo que pensar en él? ¿Qué tiene de especial ese rubio que no sale de mi cabeza? ¿Rubio? Definitivamente no habla de ese espécimen que le robó el beso. Al verla tan distraída, perdida en su mundo —y, sí, viendo fijamente ese trasero redondo bien trabajado — me acerqué por detrás y, sin rodeos, la impulsé a responder su propia pregunta. Pero de pronto, al tenerla tan cerca de nuevo, ese olor a perfume de bebé cegó mis pretensiones. Rayos, a pesar de los años, sigue utilizando ese bendito perfume que, por ser dulce y suave, me volvía loco. —Sí, ¿y qué? —responde, haciendo que sonría, pero de inmediato se apaga mi alegría—. Tú no eres real. ¡¿No hablara en serio, verdad?! Pero antes de que pudiera reaccionar o lanzarle todas las advertencias que tenía preparadas por su atrevimiento de pensar que era un maldito espejismo, me toma por sorpresa —con la guardia baja— y me besa. Cassidy, mi lobita apasionada, me está besando con pasión desmedida, trayendo a mi mente recuerdos del pasado que guardo con vehemencia y devoción, con mi corazón latiendo desbocado y la entrepierna a punto de reventar. No, ya no puedo más. Ya no. Enseguida la giro y la alzo sobre el lavabo, sin dejar de besarnos. Cassidy sigue siendo tan ligera como una pluma, pero testaruda como cuando nos conocimos. —Ven aquí —le digo mientras recorro su cuerpo con mis manos y saboreo a mi placer sus labios y cuello. —O-oye… —intenta detenerme, pero se lo niego. Ella me provocó, ahora que se atenga a las consecuencias. Cassidy se aferra a mis hombros y, después de un prolongado beso, se detiene a mirarme. Por primera vez en años lo hacemos. Lo de ese bar no cuenta por su borrachera. —Eres un espejismo, pero se siente tan real. Me retracto. Mejor que no cuente. —Bien, sigue pensando en eso, Cassidy. Piensa en todo lo que quieras. Al final, me perteneces. Cass baja la mirada en dirección a mis labios, se muerde y yo desvío mis ojos en dirección a la abertura de sus pechos. Más grandes y bien formados. Demasiado perfectos. —Creo que ya terminaste de desarrollarte.—Susurro sin apartar la vista. Cass abre sus ojos, confundida, y me dirige toda su extraña mirada a la mía. Mierda. —Aunque sea espejismo, sigues siendo un atrevido.—Replica.—¿No puedes ser amable aunque sea un poquito Sr? Sonreí, sin dejar de acariciar sus delicados y suaves cabellos. A ella siempre le gustaba eso, la tranquilizaba, la hacía sentir en las nubes, o eso es lo que repetía. —Y-yo aún estoy muy pequeña y mi cuerpo se va a terminar de desarrollar en un par de años más, o un poquito más. —Logro ver el tono rosado en sus mejillas, producto de la vergüenza que atraviesa sus palabras, pero para mí, son las más hermosas. Hasta intenta desviar su mirada, pero lo evito tomándola del mentón. —No me importa si has terminado de desarrollarte o no, Cassidy. A mí me sigues gustando tal y como estás ahora. El rubor en sus mejillas se intensifica y, sin poder evitarlo, vuelvo a besarla. Esta vez ella responde sin reservas, y profundizo este beso. Completamente excitado, mi mano desciende lentamente hacia su entrepierna, reclamando lo que siento mío. Cass intenta detenerme, abre los ojos con un atisbo de duda, pero al encontrarse con mi determinación y la intensidad que nos envuelve, termina cediendo. Abre más sus piernas, dándome pase a darle placer, el mismo que le daba después de sus clases de colegio en Nueva York. —Ahhh… —jadea, soltando un hermoso gemido—. Sigue, por favor, sigue. “Todo lo que me pidas, querida esposa”, pienso para mis adentros. Después de todo, Cassidy será pronto mi mujer y nadie, ni siquiera ese imbécil que se cree con derecho a tocarla, lo podrá evitar. Sigo moviendo con ahínco ese botoncito de placer, como lo llamaba ella. Cada vez más rápido. Besándola, teniéndola contra mi pecho, ardiendo ambos de placer, hasta que se viene y sostengo entre mis dedos el sabor de su corrida. —T-tú… ¿por qué…? Saboreo delante de ella. Deseo que me vea, que recuerde aquellos momentos donde disfrutábamos del placer de tocarnos, y creo que funciona. Cassidy se acerca y por su cuenta me besa. Yo, ni corto ni perezoso, bajo mis pantalones y bóxer, deseoso de terminar con este maldito suplicio, pero me detengo. No, aquí no. Le prometí a Cassidy que nuestra primera vez sería en un barco, en medio del mar, solo nosotros dos. No en unos sucios y públicos baños. —¿Q-qué pasa? —pregunta confundida ante mi detenimiento y yo, me acerco a su oído. —Voy a cogerte, Cassidy, en tus sueños, en tus pesadillas, como desees, pero no aquí, sino en un barquito. Cassidy se aleja un poco, asustada o quizás desconcertada. —¿C-cómo sabes que quiero que sea ahí? —Sus ojos se abren y sacude la cabeza—. L-lo que quiero decir es ¿por qué quieres hacerlo ahí y no aquí? Alzo una ceja, conteniendo las ganas de reírme. —¡No! L-lo que trato de decir es que… Pongo un dedo en su boca, grabando esa preciosa expresion en mi cabeza. —Tú me lo contaste en nuestro primer encuentro, Cassidy. Yo solo trato de complacerte —le digo acariciando sus labios—. Y por ahora es suficiente. Quiero que regreses a casa, ignores a ese desgraciado que tienes por novio y jamás, pero jamás, te dejes siquiera tocar, Cass, o harás que suba el infierno a esta tierra. ¿Entendiste? Cassidy asiente con un sonido y baja su mirada avergonzada a mi entrepierna. Casi de inmediato sus ojos se abren y su mirada se fija ahí. Su expresión es graciosa, tierna, y juro que controlarme se está volviendo una batalla. —I-incluso en sueños es enorme —susurra y no puedo evitar reír por su ternura— Hasta tu risa suena tan hermosa. Por unos instantes me imagino a mi dulce y atrevida Cass, a esa chica risueña y llena de sueños y deseos exigentes, pero el sonido de su celular congela la escena. —¿El celular también funciona dentro de los sueños? No sé si la pregunta es para ella o para mí. —O-oye, antes de despertar, ¿me puedes decir tu nombre al menos? Me acerco y le doy un corto beso, uno que ella permite, sin dejar de mirarnos. —Elrik, me llamo Elrik. Cassidy se baja del lavabo y sale casi corriendo, apretando contra su pecho sus manos, tratando de evitarme la mirada. ¿Será acaso que recordó algo al decirle mi nombre? No sé, pero no importa. Pronto recordará todo. Bajo mi cuerpo, gritando mi nombre y siendo completamente mía. —¡Sr. Kingston! —responde Harold Sterling—. Qué bueno que llama, justo iba a hacerlo. Verá, ya no quiero que mi hija… —Sterling —lo interrumpo, y al otro lado escucho cómo traga saliva—Cambio de planes. Mañana mismo enviaré a mi abogado a su casa. —¿C-cómo? No entiendo, espere, usted dijo… —Mañana me casaré con su hija a primera hora —confirmo con frialdad—. No asistiré. Solo necesito la firma de Cassidy y un par de testigos. Mi abogado será el mío; ustedes, los de su hija. ¿Alguna objeción? Se hace un silencio denso. Pero sé cuál será la respuesta. Por su bien, y por el mío. —No, señor Kingston.—Responde al fin.—no hay ningún problema. Mi hija, se casará con usted.
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