1. Prólogo
El peso de los años y el eco un amor
El rugido de las turbinas del avión atravesó el bullicio del aeropuerto, llevando consigo un eco de memorias que Bruce Lancaster había creído enterradas. Ajustó la seda de su corbata con un movimiento automático, tratando de enfocar su mente en la reunión que lo aguardaba en Estados Unidos. Pero la calma aparente de su rostro no podía ocultar la tormenta que se gestaba en su interior.
Ya no era el joven oficial de 26 años que abordó un vuelo sin saber que aquel viaje cambiaría para siempre el rumbo de su vida. Ahora, el reflejo en la ventanilla del avión le devolvía la imagen de un hombre marcado por la guerra, endurecido por los negocios y atrapado en un matrimonio que existía solo en apariencia. Un hombre cuya alma, seguía aferrada a un instante del pasado.
Años atrás…
Era un día cualquiera en el aeropuerto de Toronto. Las pantallas parpadeaban con anuncios de vuelos, las maletas rodaban entre la multitud y el sonido de los altavoces se mezclaban con el murmullo constante de viajeros apurados. Entre ellos, Bruce Lancaster quien con su impecable uniforme del ejército canadiense esperaba su vuelo a Estados Unidos, donde asistiría a un curso de seguridad como parte de su formación militar.
Llevaba consigo el aplomo de un hombre joven que había aprendido a confiar en la disciplina, pero aquel día, mientras revisaba el itinerario en sus manos, algo lo distrajo. Fue un destello de azul.
Al levantar la vista, la vio: una mujer cuya presencia parecía iluminar el espacio que la rodeaba. Vestía un sencillo vestido azul que se movía con la gracia de sus pasos, era como una adolescente despreocupada pero hermosa, usando unos tenis converse blancos, su cabello, una cascada de rizos castaños, reflejaba la luz de las lámparas del techo. No pudo evitar seguirla con la mirada hasta que la vio sentada a unos metros de distancia, inmersa en un cuaderno de notas.
Bruce no supo qué lo llevó a caminar hacia ella. Quizá fue su sonrisa suave, o el gesto inconsciente de morderse ligeramente el labio mientras escribía. Pero en el momento en que sus ojos se encontraron, algo indescriptible ocurrió. No fue una simple atracción; fue una conexión visceral, como si sus almas se reconocieran después de un largo tiempo.
—Disculpa, ¿este asiento está ocupado?— La voz de Bruce interrumpió su concentración. Ella levantó la mirada, sorprendida al principio, pero rápidamente sus labios dibujaron una sonrisa.
—No, adelante,—respondió ella, haciendo a un lado sus notas.
Esa conversación, aparentemente trivial, se convirtió en el inicio de algo extraordinario. Bruce supo enseguida que aquella mujer no era como las demás. Su nombre, Alina Torres, llevaba consigo una mezcla de dulzura y fuerza. Estaba muy cerca de graduarse como odontóloga y estaba a punto de embarcarse hacia Nueva York para poder conseguir una plaza para especializarse en ortodoncia.
—Así que eres soldado,—comentó Alina después de unos minutos, observándo su impecable uniforme con curiosidad.
— Y tú, una futura doctora con una misión,—respondió Bruce, sonriendo mientras señalaba las notas cuidadosamente organizadas sobre su regazo.
Ella rió, su risa, ligera y sincera, lo desarmó por completo. Durante las horas que siguieron, las palabras fluyeron entre ellos con una naturalidad que ninguno de los dos esperaba. Hablaron de sus sueños, de sus miedos, de los caminos que los habían llevado hasta ese aeropuerto.
El destino quiso que ambos tuvieran tres días libres antes de comenzar sus respectivos cursos, y ninguno de los dos estaba dispuesto a desperdiciarlos. La conexión que habían sentido en el aeropuerto se intensificó con cada momento que compartieron.
Toronto, con su aire fresco y sus calles iluminadas, se convirtió en el escenario de su historia. Fueron juntos al cine, caminando bajo las luces de la ciudad como si fueran los únicos habitantes del mundo. En un pequeño café escondido, compartieron secretos que nunca habían contado a nadie.
Bruce descubrió que Alina no solo era ambiciosa, sino también profundamente compasiva. Sus ojos brillaban cuando hablaba de su sueño de abrir una clínica dental para niños desfavorecidos. Por su parte, Alina quedó fascinada por la mezcla de valentía y vulnerabilidad que encontraba en Bruce.
—¿Por qué elegiste el ejército?— le preguntó una noche, mientras caminaban juntos.
Bruce guardó silencio por un momento antes de responder. —Quería hacer algo significativo con mi vida. Pero a veces me pregunto si fue la elección correcta. No siempre es fácil cargar con lo que se espera de uno.—
Alina lo miró con ternura, y en ese instante supo que había algo en él que nunca olvidaría: sus ojos marrones intensos, que en momentos reflejaban tristeza, su honestidad, su lucha interna, y la forma en que, a pesar de todo, seguía adelante.
En el tercer día, se despidieron. Ninguno quiso poner en palabras lo que sentían; era demasiado pronto, demasiado incierto. Pero en sus miradas había una promesa silenciosa: aunque sus caminos se separaran, aquel encuentro quedaría grabado en sus corazones.
Años después…
El tiempo había seguido su curso, llevándose consigo la frescura de la juventud y dejando en su lugar las cicatrices de la experiencia. Bruce Lancaster, ahora un CEO exitoso, regresaba al aeropuerto de Toronto, pero esta vez no era el hombre que había conocido a Alina. Su vida estaba marcada por el pragmatismo de los negocios y la frialdad de un matrimonio que existía solo como fachada y que dejó desolación.
Del otro lado del aeropuerto, Alina Torres repasaba mentalmente las notas para su próxima conferencia. Había construido una carrera exitosa como ortodoncista y aprendido a encontrar consuelo en su trabajo tras la pérdida de su esposo. Había aceptado que su vida estaba destinada a girar en torno a su carrera, lejos de los romances apasionados.
Pero el destino, con su peculiar sentido del humor, decidió intervenir una vez más, él llegaba y ella se iba, destinos cruzados.
Cuando sus miradas se cruzaron, fue como si el tiempo retrocediera. Por un instante, las arrugas de los años desaparecieron, y todo lo que existía era aquel joven soldado y aquella ambiciosa doctora en un aeropuerto abarrotado.
Alina sintió cómo su corazón, que había permanecido dormido durante tanto tiempo, comenzaba a latir con fuerza. Bruce, por su parte, experimentó una mezcla de emociones que lo dejaron paralizado: alegría, añoranza, y una punzada de dolor al recordar todo lo que habían perdido.
El reencuentro fue breve pero intenso. Bruce y Alina intercambiaron apenas unas palabras, pero la conexión entre ellos seguía siendo tan fuerte como siempre. En sus miradas había preguntas sin respuesta, y en sus corazones, un deseo incontenible de volver a sentir aquello que una vez los había unido.
Sin embargo, ambos sabían que las cosas eran diferentes ahora. Los años habían cambiado sus circunstancias, pero no su esencia.
Mientras Alina abordaba su vuelo, y Bruce se dirigía a su reunión de negocios, ambos se preguntaron si el destino les daría una segunda oportunidad. Y si lo hacía, ¿serían capaces de tomarla, o seguirían siendo prisioneros de sus propias vidas?
El pasado, con su intensidad abrumadora, había vuelto para recordarles que hay conexiones que nunca se rompen. Y aunque el futuro era incierto, una cosa era segura: nada volvería a ser lo mismo.
Les invito a agregar esta historia