Narrador:
El reloj del aeropuerto de Toronto marcaba las 12 en punto del mediodía cuando Bruce Lancaster se ajustó la manga de su chaqueta militar. Era 19 de agosto, un verano que parecía más fresco de lo usual, como si incluso el clima estuviera lleno de incertidumbre. El aeropuerto Internacional de Toronto estaba sorprendentemente movido, con viajeros que arrastraban maletas apresuradamente, niños que reían y lloraban al mismo tiempo, y anuncios constantes llamando a los vuelos próximos a partir.
Bruce, un joven teniente graduado de la Royal Military College of Canada, (RMC), academia ubicada en Kingston, Ontario. Esperaba abordar su vuelo a Nueva York. Había sido delegado para asistir a un curso especial de seguridad en Estados Unidos, un logro significativo para alguien de su rango y experiencia. Con su porte impecable, su uniforme que siempre parecía ajustarse a la perfección y su semblante serio, era la imagen misma de la disciplina.
Mientras repasaba mentalmente los detalles de su viaje, sus ojos se fijaron en una figura al otro lado de la sala. Al principio fue un destello de color lo que captó su atención: un vestido azul sencillo, tan casual como juvenil, acompañado de unos tenis Converse blancas y una chaqueta de jean. Pero fue cuando vio el rostro de la joven que el tiempo pareció detenerse.
Ella tenía rizos sutiles castaños que caían despreocupados sobre sus hombros y una expresión concentrada mientras revisaba su boleto de avión. Había algo hipnótico en ella, en la forma en que fruncía ligeramente el ceño y luego, como si el mundo no tuviera nada de qué preocuparse, sonreía para sí misma, emanaba una alegría única de esas que te hacen sonreír todo el día.
Bruce no pudo evitar sentir una curiosidad repentina. Esa mezcla de frescura, naturalidad y algo indefinible lo dejó inquieto. No era el tipo de hombre que se dejaba distraer fácilmente, pero aquella joven parecía una excepción.
Ella, por su parte, era Alina Torres, una prometedora odontóloga de Vancouver. Estaba a punto de culminar su sueño: viajar a Nueva York para una especialización en ortodoncia. Aunque la emoción de lo que venía era palpable, también llevaba consigo el peso de la incertidumbre y la autoexigencia. Había trabajado demasiado para llegar hasta ahí, y el futuro aún estaba por escribirse.
Cuando Bruce se dirigió hacia la sala de espera, como impulsado por una fuerza que no entendía, descubrió que el único asiento disponible estaba junto a ella. Respiró hondo, intentando proyectar la misma confianza con la que lideraba a sus hombres en el campo de entrenamiento, y se sentó a su lado.
—¿Vas a Nueva York? —preguntó Bruce con una voz grave pero tranquila, mientras dejaba su bolso a un lado.
Alina levantó la mirada, ligeramente sorprendida, pero no tardó en sonreír con calidez.
—No, solo vine al aeropuerto a pasar el rato —respondió con una pizca de sarcasmo, pero sin perder la amabilidad.
Bruce se quedó unos segundos en silencio, procesando la respuesta. Luego dejó escapar una risa breve y honesta, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo.
—Touché. Entonces supongo que sí. ¿Viajas por trabajo o placer?—
—Trabajo, o algo así. Bueno, en realidad, un paso más hacia el trabajo de mis sueños. ¿Y tú?— dijo Alina, muy carismática como solía ser.
—Trabajo también. Voy a un curso especial de seguridad. Algo aburrido, pero necesario. —Bruce hizo una pausa y luego, con una mirada curiosa, añadió:
— ¿Es cosa mía o parece que traes todas tus preocupaciones en esa maleta invisible?—
Alina rió. Su risa era ligera, contagiosa.
—¿Y tú? No me digas que ese uniforme no viene con un paquete de preocupaciones extra.—
—Tienes razón —admitió Bruce con una media sonrisa.—Pero estoy acostumbrado a cargar maletas pesadas.— dijo guiñando un ojo.
Alina se inclinó un poco hacia él, divertida.
—Entonces tal vez puedas ayudarme a cargar las mías.— le dijo con picardía.
La conversación fluyó con una naturalidad sorprendente, pasando de bromas ligeras a preguntas más profundas. Bruce, quien usualmente era reservado y frío, se encontró sonriendo más de lo que lo había hecho en meses. Y Alina, siempre ansiosa por planear su futuro, descubrió que por primera vez en mucho tiempo estaba disfrutando del presente.
El último llamado para abordar resonó por los altavoces. Ambos se levantaron al mismo tiempo, pero fue cuando entregaron sus boletos que el destino jugó su carta más inesperada: sus asientos estaban juntos.
—Bueno, al parecer el universo quiere que me sigas aguantando —dijo Alina con una sonrisa mientras se colocaba el cinturón de seguridad.
—O tal vez quiere que tú me aguantes a mí. —Bruce la miró con una chispa de humor en los ojos, aunque su tono era casi desafiante.
A medida que el avión despegaba, la conversación continuó. Hablaron de sus ciudades de origen, sus metas, y esos pequeños detalles que, sin saber por qué, se vuelven importantes cuando alguien realmente te interesa. Pero hubo un momento en el que la mirada de Alina se detuvo en los ojos de Bruce.
Eran ojos marrones, profundos, pero llenos de una tristeza que no podía ignorar. Había un vacío allí, como si él llevara consigo una carga que no podía compartir.
—¿Siempre miras así a las personas que acabas de conocer? —preguntó Bruce, tratando de desviar su atención.
—No. Solo a los que tienen los ojos más tristes que he visto en mi vida.—dijo tan veraz.
Bruce quedó en silencio. No esperaba que alguien pudiera leerlo con tanta facilidad.
—Tal vez no sean tan tristes. Tal vez solo soy malo fingiendo alegría —respondió finalmente.
Alina sonrió, pero esta vez su sonrisa fue más suave, casi melancólica.
—Entonces debes practicar más. Porque cuando sonríes… bueno, no está tan mal.— dijo con un poco de timidez.
Bruce rió, esta vez de verdad, y sacudió la cabeza.
—No sé qué es más extraño: que me lo digas o que ya me hayas hecho sonreír más en una hora que de lo que sonreí en todo este año.—
—Es un talento especial. —Alina levantó las manos en un gesto teatral. — Aunque no cobro por ello, para tu suerte.
Bruce negó con la cabeza, pero no podía ocultar la admiración que sentía por ella. Era como si con cada palabra, cada gesto, Alina estuviera iluminando rincones de su vida que él había dado por perdidos.