3. Destino compartido

1127 Words
Narrador: Después de casi treinta minutos de animada conversación, Bruce Lancaster se dio cuenta, con una leve sorpresa, de que aún no se habían presentado formalmente. Habían hablado de tantas cosas desde trivialidades hasta pinceladas de sus vidas personales que parecía casi absurdo no haber intercambiado ni siquiera sus nombres. La revelación cruzó su mente justo cuando ella, como si hubiera leído sus pensamientos, extendió una mano con naturalidad. Lo acompañó con una sonrisa tan luminosa que, por un momento, pareció desterrar cualquier sombra de su entorno. —Soy Alina… Alina Torres —dijo, su voz tan clara y delicada como una melodía olvidada. Luego agregó, con un leve matiz de picardía—: Un placer conocerte. Bruce reaccionó casi de inmediato, estrechando su mano con un apretón equilibrado, firme, pero no agresivo, sorprendentemente fue un caballero. Sin embargo, lo que realmente lo impactó no fue el tacto de su mano, sino su forma de sonreir no solo con sus labios sino también con su mirada. Una expresión tan genuina y desarmante que, de alguna manera, logró atravesar el muro emocional que él había levantado con tanto esmero durante años. —Bruce Lancaster —respondió con una inclinación sutil de cabeza. Su voz, grave pero serena, ocultaba todo aquello que no estaba listo para mostrar. —El placer es mío. El apretón de manos duró apenas un instante, pero para Bruce fue suficiente. Algo en aquel gesto, en el intercambio de nombres, resonó profundamente en él, haciendo que un gesto tan simple estuviera activando un recuerdo de su memoria que no sabía que tenía. Alina lo miró con esos ojos azules grisáceos, profundos y chispeantes, y por primera vez en mucho tiempo, Bruce sintió que estaba mirando algo más que un rostro. Sonrió. No una sonrisa social ni una de cortesía. Esta fue real, nacida de un lugar que había permanecido intacto durante años. Algo de ella había atravesado su coraza, esa que él había construido con esmero tras años de disciplina y cautela. Mientras sus nombres flotaban en el aire como una declaración tácita, Bruce intentó desentrañar el enigma que tenía frente a él. ¿Cómo era posible que alguien a quien acababa de conocer pudiera irradiar tanta calidez, tanta luz? Había algo en ella que era inquietantemente familiar, como si Alina no fuera del todo una desconocida, sino un recuerdo extraviado, un eco que había estado esperando ser encontrado, ¿era posible que se hayan conocido de otra vida? ¿Existe en realidad otras vidas? Preguntas que llegaron a su cabeza pero que sin duda aún sin tener respuestas lo hacían sentirse cómodo junto a ella. Intentó apartar ese pensamiento. No tenía sentido, no era el tipo de hombre que creía en coincidencias, mucho menos en conexiones instantáneas. Pero había algo en Alina Torres que lo hacía cuestionarse todo. Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto JFK, Bruce se preparó para despedirse. Era lo lógico, lo natural. Y sin embargo, mientras recogía su equipaje, algo lo impulsó a hablar. —¿Ya tienes hotel reservado? —preguntó, rompiendo una regla que él mismo se había impuesto: no involucrarse. Alina negó con un leve movimiento de cabeza, su mirada reflejando una mezcla de cansancio y un brillo sutil de intriga. —No. Sólo vine a presentar un examen en la Universidad de Columbia. Es lo único que importa ahora mismo. Bruce asintió, admirando en silencio la determinación que irradiaba su voz. Columbia. No era cualquier universidad. Su elección decía mucho más de lo que ella expresaba en palabras. —Tengo un par de días libres antes de empezar un curso en el ejército —dijo, su tono deliberadamente relajado, como si lo que estaba a punto de proponer no fuera un desliz en su rutina hermética. — Si te parece, podríamos buscar un hotel juntos. Será más seguro, y quizá… más conveniente. La sugerencia pareció tomarla por sorpresa. Por un momento, Alina dudó, en su mente comenzó evaluándo la situación, con una atención calculada. Apenas lo conocía, pero había algo en él, algo que iba más allá de su porte firme y su voz grave. Algo que la hizo asentir con una pequeña sonrisa. —Está bien —respondió finalmente, su voz suave pero con un deje de curiosidad.—Pero sólo porque… no quiero estar completamente sola en una ciudad que aún no conozco.— con un gesto gracioso. Bruce recogió su maleta y la de ella con una facilidad que la hizo arquear una ceja, divertida. Mientras caminaban hacia la salida, no pudo evitar notar la pequeña maleta celeste que ella llevaba. —Déjame adivinar —comentó con una media sonrisa. — El azul es tu color favorito. Alina dejó escapar una risa ligera, por un momento, su expresión se iluminó como si él hubiera dicho algo más profundo de lo que pretendía. —Lo es. Especialmente el celeste. Me transmite calma… ¿Y el tuyo?— preguntó por cortesía. Bruce reflexionó, su respuesta calculada, pero no del todo insincera. —El n***o…. Siempre he sido práctico.— respondió relajado. Alina rodó los ojos con una expresión de fingida exasperación. —Típico de un soldado. En el taxi que los llevaba al centro de la ciudad, Bruce intentó concentrarse en el paisaje, en las calles y personas que pasaban. Pero su atención volvía a Alina, sentada en el asiento trasero, jugueteando con la cremallera de su chaqueta como si cada movimiento suyo tuviera un propósito oculto. —¿Así que tienes que presentar un examen? —preguntó finalmente, su tono casual, aunque su interés era genuino. —Sí —respondió ella con una sonrisa suave, casi tímida. —Es un paso grande para mí. No soy de tomar riesgos, pero… este viaje es diferente. Bruce arqueó una ceja, intrigado. —¿Dejarlo todo para perseguir un sueño no cuenta como riesgo? Alina lo miró fijamente, como si hubiera algo en sus palabras que hubiera tocado una fibra sensible. —Supongo que sí —admitió finalmente, su voz más baja, casi un susurro.— Pero algunos sueños simplemente no pueden esperar. Él asintió, sin decir nada más. En el aire entre ellos había una tensión silenciosa, no incómoda, sino cargada de significados que ninguno estaba listo para verbalizar. Mientras el taxi avanzaba a uno de los mejores hoteles del centro de Nueva York, Bruce no pudo evitar preguntarse por qué el destino había decidido cruzar sus caminos esa noche. Y, más importante aún, si estaba listo para descubrir la respuesta. Bruce, no podía evadir el hecho de que al tener a Alina cerca lo hacia sentir algo que no podía explicar: una calma extraña, casi desconocida. Alina por su parte coincidía con el mismo sentir. Sin duda dos corazones disparados por el destino para conocerse.
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