4. Compartir una suite

1166 Words
Narrador: Bruce asintió, admirando su sinceridad. —Bueno, supongo que es una aventura que empieza bien —dijo, lanzándole una mirada que logró arrancarle otra sonrisa. —¿Y tú? ¿Qué te trae a Nueva York?— preguntó Alina. —Un curso de especialización en seguridad. Tres días más y estaré lleno de manuales y simulaciones.— —¡Qué emocionante! —exclamó ella, aunque con un dejo de ironía. Bruce dejó escapar una risa baja. —Sí, seguro. Nada como noches sin dormir y planes de contingencia para levantar el ánimo.— Ambos rieron, sintiendo cómo la barrera del desconocimiento se desmoronaba con cada comentario. Cuando llegaron al hotel, un elegante edificio en el corazón de Manhattan, la recepción estaba abarrotada. El recepcionista, con un semblante profesional pero cansado, revisó su computadora y negó con la cabeza. —Me temo que no tenemos muchas opciones disponibles esta noche —dijo. —Por el concierto en el Madison Square Garden, solo nos queda una suite matrimonial.— Bruce y Alina se miraron sorprendidos. —¿Matrimonial? —repitió Alina, sintiendo cómo sus mejillas se teñían de rojo. Bruce se encogió de hombros, claramente más cómodo con la idea. —La tomamos —dijo sin dudar. —¿Estás seguro? —preguntó Alina, aún algo incómoda. —Dormiré en el sofá, no te preocupes —respondió él, con un tono firme y tranquilizador. El recepcionista les entregó la llave con una sonrisa discreta, y Bruce pagó sin dudar. —Gracias —murmuró Alina mientras tomaba la llave. —Es lo mínimo que puedo hacer. Además, me debes una buena película en el cine, ¿recuerdas?— guiñando un ojo, para brindarle tranquilidad. Ella asintió, riendo suavemente. —Trato hecho.— La suite era impresionante. Una espaciosa sala de estar con muebles modernos y un ventanal que ofrecía una vista espectacular del Empire State Building. La cama king-size, cubierta con sábanas blancas impecables, se encontraba en el centro del dormitorio, mientras que un lujoso sofá de cuero ocupaba un rincón de la sala. —Esto… no es lo que esperaba —murmuró Alina, recorriendo el lugar con la mirada. —Definitivamente mejor que mi cabaña en las barracas —bromeó Bruce, dejando sus maletas junto al sofá. Mientras Alina deshacía su maleta celeste, Bruce se quitó la chaqueta militar y se recostó en el sofá, observándola con interés. —¿Te parece si nos preparamos y salimos al cine? —preguntó él, rompiendo el silencio. —Claro, pero primero necesitaré una ducha —respondió ella, sonriendo. Una hora después, ambos estaban listos para salir. Alina lucía un vestido azul marino sencillo y sus inseparables Converse celestes. Bruce, ahora vestido con una camisa azul claro, pantalones oscuros y zapatos casuales, parecía una versión más relajada de sí mismo. —¿Lista? —preguntó él, abriendo la puerta para que ella saliera primero. —Lista —respondió Alina, sintiendo una extraña emoción al caminar junto a él por las bulliciosas calles de Nueva York. Eligieron ver Avengers, una película que estaba arrasando en taquilla. Durante la función, Alina no dejó de reír y comentar las escenas, mientras Bruce, aunque normalmente serio, se sorprendió disfrutando de la experiencia. —¿Sabes? Nunca pensé que los superhéroes me harían reír tanto —dijo él, mientras salían del cine. —Eso es porque nunca has visto una película conmigo —respondió Alina, guiñándole un ojo. —Tal vez debería hacerlo más a menudo —admitió Bruce, sin darse cuenta de que sus palabras contenían más verdad de lo que él mismo imaginaba. Esa noche, al regresar al hotel, ambos estaban más relajados, hablando como viejos amigos mientras caminaban por los pasillos iluminados. —Gracias por esta noche —dijo Alina, cuando entraron a la suite.—Fue… más divertido de lo que imaginaba.— —Gracias a ti —respondió Bruce, sentándose en el sofá y quitándose los zapatos.—Hacía tiempo que no disfrutaba de algo tan simple.— Ella lo miró con curiosidad. —¿Por qué crees que es tan difícil disfrutar de las cosas simples? Bruce reflexionó un momento antes de responder. —Supongo que a veces nos dejamos llevar por lo complicado. Pero contigo… todo parece más fácil.— Alina sintió un leve calor en sus mejillas, pero decidió no insistir. Esa noche, mientras ambos se preparaban para dormir, compartiendo un espacio que parecía demasiado grande y a la vez sorprendentemente íntimo, comenzaron a darse cuenta de que lo que había comenzado como una coincidencia estaba transformándose en algo más profundo. La suite estaba sumida en un ambiente tranquilo y ligeramente iluminado por las lámparas tenues de la habitación. La elegante decoración contrastaba con la cercanía que poco a poco se iba tejiendo entre Bruce y Alina. Ella, tras un día agotador pero lleno de sorpresas, había decidido ponerse su pijama favorita: una camiseta blanca con la imagen de un pequeño perrito que llevaba un letrero que decía “Quiéreme”, acompañada de unos pantalones cortos azul pastel que llegaban justo debajo de las rodillas. Era un atuendo sencillo, casi infantil, pero que reflejaba la calidez y dulzura que irradiaba su personalidad. Bruce, por otro lado, solía dormir sin pijama, una costumbre que consideraba práctica y cómoda. Sin embargo, consciente de la delicadeza del momento y de no querer intimidarla, optó por ponerse un pantalón de pijama gris oscuro y una camiseta negra que había llevado por casualidad. Mientras terminaban de prepararse, ambos parecían relajados, aunque entre ellos flotaba una extraña mezcla de nerviosismo y comodidad. Sentados en la cama, comenzaron a charlar sobre temas triviales: los colores favoritos de cada uno, anécdotas del colegio, e incluso sobre sus destinos en Nueva York. Alina, con una sonrisa pícara, comentó: —¿Así que tú eras el chico serio del colegio? Me cuesta imaginarlo con lo mucho que has hablado hoy.— Bruce soltó una risa breve, algo más relajado. —No me malinterpretes, hablo cuando es necesario. Creo que tú tienes un efecto extraño en mí.— Ella arqueó una ceja divertida. —¿Extraño? Espero que sea bueno.— —Eso aún no lo decido —replicó Bruce en tono burlón, antes de agregar, con una sonrisa sincera. —No, hablando en serio… es bueno… demasiado bueno para ser real— La conversación fluyó sin esfuerzo, como si se conocieran desde siempre. Entre bromas y risas, ambos dejaron escapar pequeños fragmentos de sus pasados. Fue Bruce quien, sin darse cuenta, tocó un tema que no solía compartir. —En secundaria, hubo una chica —comenzó, mirando al techo con las manos tras la cabeza. —La quería mucho. Pensaba que estábamos hechos el uno para el otro. Pero un día la encontré besándose con mi mejor amigo… en el baño de hombres… y bueno tú ya te podrás imaginar cuál era la situación en la que los encontré— dijo sorprendido internamente que eso era algo que al contarlo no le afectaba como antes.
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