5. Eres hermosa

1370 Words
Alina, que estaba recostada sobre las cobijas con las piernas cruzadas, giró la cabeza para mirarlo, sorprendida. —Eso… debió ser devastador, Bruce.— —Lo fue —admitió, su voz más seria ahora. — Creo que fue en ese momento cuando decidí que confiar en alguien no valía la pena. Cerré mi corazón. Es más fácil no esperar nada de nadie.— sorprendido en cómo fluían las palabras. Alina permaneció en silencio por unos segundos, como si sopesara sus palabras. Luego, con una sonrisa suave, respondió: —Yo también tuve una experiencia negativa en el amor. Mi novio del instituto era… diferente al principio, pero con el tiempo su amor se volvió posesivo, casi tóxico. Por eso decidí alejarme. Fue duro, pero preferí enfocarme en mis sueños, claro está sin cerrarme al amor, sabes…. El amor no tiene la culpa de nada cuando tú pusiste tu corazón en la persona equivocada, solo son experiencias que aunque dolorosas ayudan para que cuando llegue el indicado, puedas amar de mejor manera y sin reservas, así que si me preguntan para mí el amor siempre será el mejor de los sentimientos.— Bruce la miró con interés. —Eres fuerte por haber tomado esa decisión.— realmente sorprendido por cada palabra que Alina pronunciaba. —No sé si fuerte, pero sabía que no quería perderme a mí misma —contestó Alina, con un destello de orgullo en sus ojos verde-grisáceos que capturaron por un momento la atención de Bruce. La conversación se tornó más introspectiva, pero no por ello menos cálida. Ambos compartieron historias sobre sus familias: Bruce habló de su estricta formación militar y Alina describió cómo era ser la única hija, nieta y sobrina en una familia de médicos. —Creo que fui un poco consentida —confesó Alina, con una risita…—Pero siempre quise labrar mi propio camino. Por eso me hice odontóloga, para ser diferente.— —Bueno, ser consentida no parece tan malo —dijo Bruce, mirándola con una leve sonrisa. —Aunque me sorprende que alguien tan dulce pueda soportar la presión de una familia de médicos.— Ella le dio un suave golpe en el brazo. —¿Estás diciendo que soy débil?— —Para nada. Sólo que eres… única —respondió, sus palabras cargadas de una sinceridad que incluso él mismo no esperaba. Mientras hablaban, el sueño comenzó a apoderarse de ambos. Bruce, casi sin darse cuenta, se subió a la cama, quedando junto a Alina. Ambos miraban el techo, las palabras fluyendo cada vez más pausadas. —Creo que nunca había hablado tanto en una noche —murmuró Bruce, dejando escapar una risa ligera. —¿Te arrepientes? —preguntó Alina, girando ligeramente la cabeza para mirarlo. Él la miró de vuelta, con una sonrisa suave. —No, para nada.— En algún momento, entre las conversaciones y la tranquilidad de la noche, ambos cayeron en un sueño profundo. Sin siquiera notarlo, sus cuerpos se acercaron, y amanecieron abrazados sobre las cobijas, todavía con la ropa puesta. Cuando Bruce abrió los ojos al amanecer, sintió una paz que no había experimentado en años. El calor de Alina contra su pecho y el suave ritmo de su respiración parecían borrar cualquier vestigio de las cicatrices de su pasado. Era como si, por primera vez, el mundo estuviera en completa armonía. Alina despertó poco después, parpadeando lentamente. Al darse cuenta de su posición, se ruborizó, sus mejillas adoptando un delicado tono rosado. Trató de levantarse con cuidado, pero al moverse, sus ojos se encontraron con los de Bruce. —Buenos días —dijo él, su voz ronca por el sueño, pero con una calidez que la hizo sentir segura, además de sentir sus pectorales muy bien trabajados, era militar no podía esperar menos. —B-Buenos días —respondió ella, aún tímida, pero sin apartar la mirada. Sus ojos verde-grisáceos brillaban a la luz de la mañana, y Bruce sintió que algo en él se derrumbaba y, al mismo tiempo, algo nuevo nacía. En ese instante, comprendió que había encontrado algo que nunca había buscado, pero que siempre había necesitado: a Alina. El silencio que llenaba la habitación no era incómodo, sino todo lo contrario. Era un silencio cargado de significados, de emociones que no necesitaban palabras. Bruce y Alina estaban allí, todavía abrazados sobre las cobijas, pero lo único que existía en ese momento eran sus miradas. Los ojos de Alina, verde-grisáceos, parecían esconder un universo entero, y Bruce se perdió en ellos como un viajero que, sin querer, encuentra un refugio inesperado. Él no podía apartar la vista. Cada parpadeo de ella era como un susurro que invitaba a acercarse más. Sin darse cuenta, su mano se movió lentamente, casi por inercia, acariciando un mechón de cabello que caía sobre el rostro de Alina. —Eres hermosa —murmuró Bruce, su voz apenas un suspiro. Alina bajó la mirada un instante, sonrojándose como si esas palabras fueran demasiado, pero no dijo nada. Había algo en la forma en que él la miraba que la hacía sentir vulnerable, al mismo tiempo, inexplicablemente segura. El corazón de Bruce latía con fuerza, resonando en sus oídos. Había algo magnético en ese momento, algo que no podía controlar. Desde que la había visto por primera vez en el avión, su mente había jugado con una pregunta que ahora parecía exigir respuesta: ¿Cuál será el sabor de sus labios? Se inclinó ligeramente hacia ella, probando el terreno, sus ojos nunca dejando los de Alina. Cada movimiento era lento, deliberado, como si quisiera darle tiempo para retroceder si no quería lo mismo. Pero ella no se apartó. De hecho, parecía contener la respiración, sus labios entreabiertos, como si estuviera esperando el mismo desenlace. Cuando sus rostros estaban a un suspiro de distancia, Bruce cerró los ojos, dejándose guiar por algo más profundo que la razón. El primer contacto fue apenas un roce, un gesto delicado y exploratorio, como si el mundo pudiera desmoronarse si era demasiado brusco. Los labios de Alina eran suaves, cálidos, y con un ligero temblor que solo hizo que Bruce se sintiera más cautivado. Alina respondió al beso, primero con timidez, pero luego con una dulzura que lo desarmó por completo. Su mano subió instintivamente hasta el rostro de Bruce, sus dedos rozando su mandíbula, como si buscara asegurarse de que aquello era real y no un sueño. El beso se profundizó poco a poco, como un río que empieza a fluir más rápido con cada instante. Lo que había comenzado como un gesto tierno se transformó en algo más intenso, más necesitado. Bruce se dejó llevar por sus emociones, sintiendo como si años de vacío y soledad se disiparan en ese instante. Sus labios se movían al unísono, encajando perfectamente, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. La mano de Bruce se deslizó suavemente por la cintura de Alina, acercándola más a él, mientras que su otra mano seguía acariciando su rostro con cuidado, como si ella fuera un tesoro frágil y valioso. El calor de sus cuerpos parecía desafiar el aire acondicionado de la habitación, cada suspiro que escapaba de ellos era como una melodía que llenaba el espacio. Alina, que nunca había sido alguien impulsiva, se sorprendió de lo natural que se sentía todo. Era como si su corazón, que durante tanto tiempo había estado resguardado, finalmente se atreviera a abrirse. Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento, sus frentes apoyadas la una contra la otra. Sus respiraciones eran rápidas, pero sus ojos estaban cargados de una emoción que ninguna palabra podía describir. —No sé qué fue eso… —susurró Alina, su voz temblorosa, pero sus labios dibujaron una pequeña sonrisa Bruce sonrió de vuelta, sus dedos todavía acariciando su mejilla. —mmm… no lo sé….pero no quiero que termine.— dijo en un susurro. En ese instante, todo lo demás dejó de importar. No había pasado, no había futuro. Solo existía ese momento, ese beso, y el sentimiento innegable de que, juntos, habían encontrado algo que nunca esperaron, pero que ambos necesitaban desesperadamente. Ambos tenían cicatrices, historias que los habían marcado, pero por primera vez en mucho tiempo, esas cicatrices parecían no tener importancia.
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