6. El precio de un adiós

1549 Words
Cinco años después…. Bruce Lancaster: La noche anterior había vuelto a soñar con Alina. Han pasado cinco años desde la última vez que la vi, desde esos tres días intensos que compartimos como dos extraños con una conexión inexplicable. Cinco años desde que mi vida cambió para siempre. Quizá no fue el mejor momento ni el lugar adecuado, pero en aquellos días descubrí algo que marcó mi existencia: nunca me había sentido tan vivo como cuando estuve con ella. Fue un amor que nació entre miradas y palabras contenidas, un amor que encontró su voz en el silencio de los momentos que pasamos juntos. Sin embargo, como un barco que zarpa antes del amanecer, me alejé. No por falta de amor, sino por las circunstancias que me obligaron a ser un hombre de deber antes que de corazón. Hoy, el destino, caprichoso e irónico, me llevó a Toronto. Un caso relacionado con un proyecto del ejército canadiense me tenía en la ciudad, alejado de la base militar en la que por ahora estaba trabajando.Mientras realizaba mis tareas, mis pensamientos vagaban inevitablemente hacia ella, como si la distancia y el tiempo no pudieran borrar su recuerdo. Sus ojos, su risa, su forma de iluminar cada espacio… todo seguía ahí, aferrado a mi memoria como una sombra que se niega a desaparecer. ¿Qué sería de su vida ahora? ¿Sería feliz? ¿Me recordaría siquiera? Esas preguntas me acompañaron toda la mañana mientras recorría la ciudad. Al mediodía, me encontraba en un concurrido centro comercial, buscando algo para comer. El bullicio y el movimiento de las personas apenas lograban distraerme de mis pensamientos. Fue entonces, entre el caos y la rutina, que el destino me tendió una trampa. Mi mirada de repente, se posó en un rostro familiar, un rostro que reconocería en cualquier lugar. Allí estaba ella. Alina. El aire escapó de mis pulmones de forma abrupta. Por un momento, creí haberme sumido en un ensueño, pero no… era real. Sus ojos brillaban con la misma intensidad de antaño, y su sonrisa, esa sonrisa que había sido mi refugio en tiempos pasados, permanecía intacta, inalterable, como si el tiempo no hubiera osado tocarla. Mi corazón comenzó a latir con una fuerza descomunal, una energía que creí haber perdido hace años, ese tipo de emoción vibrante que solo experimentas en la juventud, cuando el simple vistazo de la persona que ocupa tus pensamientos te desarma por completo. Sin pensarlo, mis pies comenzaron a moverse, guiados por un impulso que no podía controlar. Algo dentro de mí me empujaba hacia ella, y mis pies, traicioneros, comenzaron a avanzar por su cuenta. No era dueño de mis movimientos, pero sí de las emociones que se desbordaban dentro de mí. Cada paso que daba sentía que el tiempo retrocedía, que los cinco años de ausencia no habían existido. Cuando estuve lo suficientemente cerca, nuestras miradas se encontraron. Su expresión pasó de la sorpresa al reconocimiento y, finalmente, a una sonrisa que me atravesó el alma. —¡Bruce! —exclamó con esa voz melodiosa que aún podía escuchar en mis recuerdos. —Hola, Alina. —Mi voz, quebrada por la emoción, apenas salió como un susurro. Pero intenté sonreír. —¿Te acuerdas de mí?— Ella soltó una risa ligera, cargada de dulzura. —¿Cómo podría olvidarte?— Sus palabras iluminaron algo dentro de mí. Aunque había temido que el tiempo hubiera borrado cualquier rastro de mí en su vida, aquel brillo en sus ojos me dijo lo contrario. Nos sentamos juntos, como dos viejos amigos que parecían haber continuado una conversación interrumpida hace años. Hablamos de nuestras vidas, de lo que habíamos hecho durante esos años. Yo le conté sobre el ejército, sobre las misiones que me llevaron a lugares oscuros y peligrosos. Aunque omití los detalles más crudos, ella pareció entender. Alina siempre tuvo esa capacidad de leer más allá de las palabras. Ella, por su parte, compartió su trayectoria: cómo había continuado sus estudios, su carrera como doctora, y sus sueños cumplidos. Su entusiasmo era contagioso, pero de repente, el tema cambió. —La próxima semana contraigo matrimonio —anunció con una mezcla de júbilo y un matiz indefinible que no logré descifrar. Sentí como si el mundo se detuviera. Su voz, suave y pausada, contrastaba con el peso arrollador de sus palabras, que se abatieron sobre mí como un golpe imprevisto. No podía reprocharle haber seguido adelante con su vida; después de todo, fui yo quien eligió no volver. Mi devoción por la distancia y mi incapacidad de ser lo suficientemente egoísta como para pedirle que me aguardara sellaron nuestro destino. Sabía que aquella espera, de haberla pedido, habría sido interminable, sin promesa ni horizonte de retorno. Mi mirada se dirigió, casi por instinto, a su mano izquierda. Allí estaba el anillo, brillante y delicado, pero inconfundiblemente grande para su delgado dedo. —¿Quién es el afortunado? —pregunté, esforzándome por sonar neutral mientras el dolor me atravesaba como una espada. —Es un cirujano muy reconocido. Lo conocí en una reunión que organizaron mis padres, ya sabes esas en las que todos los médicos se reúnen.. Es maravilloso, Bruce. Estoy segura de que es el hombre con quien quiero pasar mi vida.— Había entusiasmo en su voz, pero algo en sus ojos me contaba otra historia. Jugaba nerviosamente con el anillo, dándole vueltas una y otra vez. Algo no encajaba, y no pude contenerme. —Ese anillo no es para ti.— Ella alzó la vista, sorprendida por mi comentario. Pero en lugar de enfadarse, me miró con calma, con esa paciencia que siempre me había desconcertado. No respondió de inmediato, solo dejó que el silencio hablara por nosotros. —Perdóname, Alina —dije al fin, rompiendo el peso del momento.— Perdóname por no volver a buscarte.— Ella negó con la cabeza, y sus ojos se llenaron de una calidez que me desarmó por completo. —No hay nada que perdonar, Bruce. Entendí tu misión de vida. Nunca te guardé rencor, nunca podré hacerlo, si bien es cierto que encontré a esa alma gemela que me brinda amor y paz, el conocerte siempre será uno de mis mejores recuerdos.— Sus palabras me atravesaron como una flecha. Era la misma Alina de siempre: comprensiva, fuerte, incapaz de culparme por algo que yo mismo no me había perdonado. —De verdad me enamoré de ti, Alina —dije, mi voz quebrándose.—Eras muy importante para mí.— quedó atorado en mi garganta el que aún lo seguía siendo. Ella sonrió, pero en su sonrisa había una mezcla de melancolía y resignación. —Quizá no lo suficiente.— Su respuesta me golpeó más fuerte que cualquier balazo o explosión que había enfrentado en mi tiempo como militar. Bajé la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos. Quise decirle tantas cosas, pedirle que no se casara, que me diera una oportunidad. Pero la vi feliz, al menos en apariencia, y no tenía derecho a interrumpir su vida. Me odié por haberme ido, por no haber luchado por ella. Las circunstancias me habían obligado: tres años en el ejército, misiones en zonas de guerra, la pérdida de mi mejor amigo… Había sobrevivido, pero a un costo. Regresé siendo otro hombre, cargando culpas y heridas que no me atreví a compartir. ¿Cómo podía volver a buscarla en ese estado? Ella merecía más, siempre lo supe. Alina terminó su jugo y me miró con esa calidez inalterable que siempre había definido su esencia. —Me alegra haberte encontrado, Bruce. Siempre atesoraré aquellos días a tu lado —dijo con una sonrisa que tenía la fuerza de desarmarme. —¿Podrías darme tu número de contacto? Ya sabes, por si alguna vez necesito una odontóloga —respondí, devolviéndole la sonrisa con un toque de ironía amable. Ella asintió con naturalidad y, entre miradas cómplices, intercambiamos nuestros números. Finalmente, ella se levantó para despedirse. También me levanté, siguiendo un impulso que no podía contener. Antes de que se alejara, tomé suavemente su rostro entre mis manos y le di un dulce beso en la frente. —Sé feliz, Alina. Te mereces lo mejor de este mundo.— Ella me miró, sus ojos brillando con una emoción contenida. Asintió y, con una última sonrisa, se dio la vuelta y se alejó. La vi desaparecer entre la multitud, llevándose consigo una parte de mi alma. Me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo el peso de los años, las decisiones y el amor perdido caían sobre mí como una tormenta. Alina era la luz que había iluminado mi camino, y aunque nunca estaríamos juntos, siempre sería la dueña de mi corazón. Había renunciado a mi gran amor, no por falta de sentimientos, sino porque su felicidad era más importante que la mía. Aquella tarde en Toronto, aprendí que el verdadero amor no siempre significa quedarse. A veces, el amor más puro es dejar ir. El destino había sido cruel al unirnos en un tiempo y lugar equivocados. Pero también me había dado el regalo de conocerla, de amar a alguien con toda mi alma, aunque fuera por un breve instante en el tiempo. Ella era mi luz, y aunque no estaríamos juntos, siempre sería la mujer correcta en el tiempo equivocado.
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