7. El destino de los cobardes

1643 Words
Bruce Lancaster Cuando regresé a mi oficina después de aquel encuentro fortuito con Alina, no lograba apartar su imagen de mi mente. Su sonrisa, esa mezcla de calidez y nerviosismo al verme, parecía haberse quedado tatuada en mi memoria. Durante horas, mi mente se debatió en un torbellino de emociones y pensamientos encontrados: ¿debía decirle que no se casara? ¿Confesarle lo que nunca me atreví a expresar? Pero, ¿qué podría ofrecerle yo además de mi vida a medias, atada a un compromiso inminente con Olivia? Olivia siempre estuvo ahí, desde la infancia, siendo mi amiga incondicional. Las relaciones entre su familia y la mía trascendían lo emocional; compartíamos vínculos de negocios, intereses comunes y, ahora, un destino trazado bajo la sombra de un matrimonio que todos calificaban como conveniente. En apariencia, la unión tenía sentido: consolidar nuestras fortunas y fusionar nuestros mundos. Pero, ¿y mi corazón? ¿Dónde quedaba mi sentir en este plan meticulosamente diseñado por otros? Nunca puse objeción a ese compromiso, tal vez porque carecía de razones para oponerme. Sin embargo, el reencuentro con Alina ha sacudido mis certezas, llevándome a cuestionar si realmente estoy haciendo lo correcto. No era dueño ni siquiera de mi propio destino. Era una pieza más en un tablero donde nunca elegí jugar. Por eso, por más que mi alma se retorciera, ¿cómo podía arrastrar a Alina a este caos? Ella, tan libre y luminosa, merecía algo mejor que el peso de mis cadenas. Cuando llegó la tarde, me retiré a mi apartamento, un espacio que antes encontraba reconfortante pero que ahora se sentía más frío y vacío que nunca. Las paredes parecían resonar con el eco de una ausencia que no podía nombrar, y el silencio, ese antiguo compañero, pesaba como una carga insoportable. Me serví una copa de Macallan 72 Years Old in Lalique, un whisky tan exclusivo que, al alzar la copa, su tono ámbar parecía contener siglos de historia. El aroma a roble añejo, vainilla y especias dulces llenó el aire, pero no logró reconfortarme. Llevé el cristal a mis labios, dejando que el líquido ardiera en mi garganta con la esperanza de que su intensidad sofocara la tormenta en mi pecho. Sin embargo, con cada sorbo, los recuerdos se volvieron más vívidos y el vacío más profundo. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, indiferentes a mi melancolía, mientras el peso de la soledad me anclaba a la silla, incapaz de escapar del laberinto de mis propios pensamientos. Cada detalle de nuestro encuentro volvía a mi mente con una claridad desgarradora, como si el recuerdo insistiera en no desvanecerse. Hoy, más que nunca, resonó en mi interior un verso que alguna vez leí: “Porque en noches como esta, la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido”. La forma en que su cabello brillaba bajo la luz del sol, su sonrisa nerviosa pero sincera, la delicada cadencia de su voz al pronunciar mi nombre… Cada pequeño gesto quedaba grabado en mi memoria como una marca indeleble. Fue un instante tan fugaz, y sin embargo, en él se contenía toda la alegría y el dolor de los años que habíamos dejado atrás. Quise detener el tiempo, pedirle que no se fuera, que se quedara un poco más, aunque fuera solo un suspiro. Pero no lo hice. Como siempre, opté por el silencio, por la quietud de mis propios temores. Y entonces la dejé ir, una vez más, llevándose con ella las palabras que nunca me atreví a decir. Esa semana transcurrió como un lento suplicio, cada hora teñida de un tormento que no sabía cómo silenciar. Ella me lo había dicho con una serenidad que aún me helaba al recordarla: “La próxima semana contraigo matrimonio”. Su voz, firme pero suave, había dejado una grieta en mi mundo. No supliqué, no respondí más de lo necesario, como si con mi silencio pudiera retrasar lo inevitable. Pero dentro de mí, una tormenta se desató. Cada día debatía conmigo mismo si debía escribirle, si unas pocas palabras podrían tener el poder de alterar lo inevitable o, al menos, darle voz a lo que mi corazón callaba. Pero cada día, la razón y el miedo, aliados implacables, silenciaban cualquier atisbo de valentía. El sábado llegó, implacable, como un verdugo. Por la noche, mientras buscaba refugio en la fugaz distracción de sus estados, lo vi. La imagen golpeó mi pecho como un peso insoportable: ella, vestida de novia,radiante en un vestido blanco que parecía hecho de luz… A su lado, el hombre al que ahora pertenecía, dueño de la dicha que yo solo había osado imaginar. El aire pareció volverse pesado, como si el universo mismo me obligara a aceptar lo que ya sabía pero me negaba a admitir. En su sonrisa encontré mi derrota, y en sus ojos, la confirmación de un amor que no me incluía. En ese instante, supe que cualquier palabra que hubiera escrito jamás habría llegado a tiempo. El futuro, ese que había soñado, ya le pertenecía a otro. Ahí estaba ella, envuelta en un vestido blanco que la hacía parecer un ángel... Su sonrisa era tan pura, tan llena de dicha, que dolía mirarla. Y él, a su lado, irradiaba un orgullo y una felicidad que no podía ignorar. Sus ojos la miraban con una intensidad que parecía prometerle todo lo que yo nunca pude darle. La envidia se clavó en mi pecho como un puñal. No podía negarlo: ese hombre ocupaba ahora el lugar que yo, en lo más profundo de mi ser, siempre quise para mí. Me imaginé en su lugar, sosteniendo su mano, mirándola con esa mezcla de amor y admiración. Pero no era yo. El afortunado era él, un desconocido que conquistó su corazón. La foto lo decía todo: ella había encontrado su felicidad, y yo me había quedado en la sombra, como un espectador de su historia. Impulsado por una mezcla de dolor y necesidad, tomé el teléfono y le escribí: —Eres la novia más hermosa del mundo.— Pasaron menos de diez minutos antes de que llegara su respuesta: —Gracias, Bruce.— Sus palabras, simples y formales, me atravesaron como una espada. ¿Qué esperaba? ¿Que me confesara alguna duda? ¿Que reconociera algo que yo nunca me atreví a pedir? No fue así. Consciente de que debía dejarla ir, escribí un último mensaje: —Sé feliz, te lo mereces.— Ella no respondió. Y aunque lo esperaba, su silencio fue como un golpe final, confirmándome que su historia ya no tenía espacio para mí. El resto de la noche me sentí vacío, como si el peso de todas mis decisiones me hubiera caído encima al mismo tiempo. Me reproché por ser un cobarde, por no haber luchado por ella cuando tuve la oportunidad. Pero también sabía que, incluso si lo hubiera hecho, ¿qué podía ofrecerle? Un amor marcado por las ataduras de un compromiso no deseado, por una vida regida por los intereses de otros. La imagen de Alina junto a su esposo no dejaba de atormentarme. Él se veía poderoso, confiado, un hombre que parecía tener el mundo a sus pies. ¿Y cómo no estaría feliz? Tenía a la mejor mujer del mundo a su lado, una mujer cuya sonrisa podía iluminar hasta los rincones más oscuros del alma. Yo, en cambio, era un hombre quebrado, atrapado en un laberinto de obligaciones y deseos reprimidos. Y ahora, lo único que podía hacer era lamentar lo que nunca me atreví a ser para ella. Ese era mi destino, el destino de los cobardes. Con cada copa que bebía esa noche, nuestra historia se desplegaba ante mí como un eco implacable, una herida que no dejaba de sangrar. Repasé los momentos que compartimos, los silencios cargados de palabras no dichas, las miradas que, sin querer, confesaban verdades que jamás nos atrevimos a pronunciar. Pensé en ese primer beso, un roce tembloroso que marcó el inicio de algo que no supe cuidar. Recordé aquella noche, la primera vez que la sentí mía, el calor de su piel contra la mía, el susurro de su nombre en mis labios, y cómo, en esos instantes, el mundo entero parecía detenerse. Rememoré esos tres días que definieron la plenitud de mi vida, días que aún iluminan con dolorosa intensidad el vacío en el que ahora me encuentro. La copa en mi mano temblaba mientras me preguntaba, una y otra vez, qué habría pasado si hubiera tenido el coraje de retenerla, de luchar contra el destino que ahora me la arrebataba. Pero cada trago me devolvía a la misma cruel certeza: todo eso ya no importaba. La había perdido, y con ella, la única parte de mí que alguna vez supo lo que era estar vivo. Alina había elegido su camino, y yo, aunque me doliera hasta el alma, debía respetarlo. La chispa que alguna vez existió entre nosotros ahora se extinguía definitivamente, dejando solo el eco de lo que pudo ser. En mi mente, su imagen seguía viva: ella, radiante y feliz, con la sonrisa más hermosa que jamás había visto. Pero también estaba él, el hombre afortunado que tenía la dicha de sostener su mano y ser el centro de su mundo. Esa noche entendí que lo único que importaba era que Alina sea feliz, aunque mi corazón se rompiera en mil pedazos. Con la mirada perdida y el vaso vacío entre mis manos, me prometí algo: no volvería a interferir en su vida. Quizás en otra vida, en otro tiempo, en otro lugar, las cosas habrían sido diferentes. Pero en esta, solo me quedaba desearle felicidad desde la distancia, amarla en silencio y vivir con la certeza de que ella había sido, y siempre sería, mi mayor “qué habría pasado si…”.
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