Melissa estaba desbordada de alegría. Las ventas aumentaban a diario, las clientas nuevas llegaban recomendadas por otras que ya habían quedado encantadas con sus productos y su forma única de atender. Sin proponérselo, había comenzado a tragarse una a una las clientas más leales de la competencia, y lo mejor era que ni siquiera estaba esforzándose demasiado: su calidad hablaba sola. —Melissa, hay un mensaje que deberías ver —le dijo una de sus asistentes, entregándole el celular. Melissa lo tomó sin apuro, deslizó el dedo por la pantalla y leyó el texto anónimo. Una amenaza leve, mal escrita y con aires de novela barata. —Qué patéticos —murmuró mientras se acomodaba el cabello con elegancia—. ¿Eso era todo? —¿No te preocupa? —le preguntó la asistente. —No. Garras y la Hiena del Nor

