Jimena giró lentamente la copa de vino entre sus dedos. El líquido rojo se movía en círculos, casi al mismo ritmo que sus pensamientos. Desde el umbral de la puerta, observaba la silueta masculina dentro de la ducha. El vapor empañaba el vidrio, pero aún podía ver los músculos definidos, la espalda fuerte, los brazos tensos bajo el agua. Cada movimiento de Mauro le provocaba una sensación contradictoria entre poder… y pánico. Sonrió. Esa bestia dependía de ella. De sus palabras, de sus reglas. De la mentira que había construido. —¿Adrián? —dijo con voz dulce, aunque por dentro se revolvía con esa farsa que cada día repetía. Mauro no respondió. Solo dejó caer más agua sobre su cabeza, como si esperara que la memoria se le despejara con cada gota. Pero no. Nada. Jimena dio un sorbo

