Erick se encerró en una habitación del ala este, Garras patrullaba los alrededores con la discreción de siempre, y Melissa… Melissa no podía dormir. Estaba acostada en su lado de la cama, de espaldas a Mauro, pero sin poder dejar de mirar cómo él dormía profundamente, por primera vez en días. Su respiración era lenta, acompasada. La línea de su mandíbula relajada, sus labios apenas entreabiertos. Parecía un niño. Un niño grande que había regresado del infierno sin saber cómo. Ella lo observaba en silencio, con la cabeza apoyada en la almohada y el corazón golpeando con fuerza en el pecho. —Ojalá al despertar —susurró sin emitir sonido—. Vuelvas a ser tú del todo. Había mucho en juego. El imperio Lombardi no podía sostenerse por sí solo. La familia, los aliados, las empresas, los en

