Un rato más tarde, Melissa se encontraba sentada al borde de la cama, con la bata suelta, y el cabello aún húmedo por la ducha. Mauro la miraba desde la puerta del baño, apoyado en el marco, en silencio, con la respiración ligeramente acelerada. Ella le extendió la mano. Él no dudó. Caminó hacia ella, como si un lazo invisible tirara de su alma directo hacia la de ella. —¿Estás seguro? —preguntó Melissa en voz baja, como si temiera romper la magia. Mauro se detuvo frente a ella. Le acarició el rostro con la yema de los dedos. Su mirada era cálida, serena… profundamente conectada con la de ella. —Solo si tú también lo estás —respondió con suavidad. Melissa asintió, y sin más palabras, él se inclinó a besarla. Al principio fueron roces lentos, casi tímidos, hasta que sus bocas empez

