El cielo de Ca‑pa 7 estaba cubierto por nubes de polvo metálico cuando Orión y Rock jugaban entre los restos de un viejo crucero estelar.
El balón improvisado rodaba sobre placas oxidadas como si conociera el terreno.
Rock avanzó con fuerza, empujando el balón con el pecho.
Orión lo esperó.
No con prisa.
Con confianza.
Un amague.
Un giro.
El balón pasó entre ellos como si fueran uno solo.
—Siempre pensé que jugamos mejor juntos —dijo Rock, recuperando el aliento—.
Como si supiéramos lo que el otro va a hacer.
Orión sonrió.
—Porque lo sabemos.
Rock se detuvo. Miró el horizonte de chatarra.
—Decime algo, Orión… —dijo, bajando la voz—.
¿Alguna vez soñaste con jugar en el Torneo de las Mil Galaxias?
Orión no respondió de inmediato.
Pateó el balón suavemente, lo hizo girar, lo detuvo con la planta del pie.
—Claro que sí —dijo al fin—.
Pero no solo.
Rock lo miró.
—¿Cómo?
Orión levantó la vista.
—Si algún día piso ese campo… es con vos al lado.
El silencio se llenó de viento y metal.
Rock dio un paso adelante.
—Entonces hagamos un pacto.
Orión extendió la mano.
—Si llegamos a jugar el torneo… —dijo—
será juntos.
Rock tomó su mano con fuerza.
—Juntos —repitió—.
O no será.
El balón quedó quieto entre ellos, como sellando el acuerdo.
En ese instante, algo invisible se alineó en el universo.
Un destino compartido.
Una promesa nacida en un planeta muerto.
Ni Orión ni Rock sabían que ese pacto ya había sido escuchado.
Que fuerzas antiguas y oscuras se movían hacia Ca‑pa 7.
Pero en ese momento, solo eran dos amigos.
Dos soñadores.
Dos futuros jugadores del torneo más grande jamás creado