Capítulo XXXIII — Lo que no debía importar

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La señal era débil. Fragmentada. Antigua. Pero se repetía. —Ca‑pa 7… Ca‑pa 7… Ca‑pa 7… Los símbolos flotaban frente a Varhlok como ecos mal cerrados. No había imágenes. No había voces claras. Solo ese nombre, insistente, casi burlón. Varhlok no mostró enojo. Eso era peor. —Curioso… —murmuró. Se levantó lentamente de su asiento y caminó alrededor del proyector. Sus dedos largos se entrelazaron detrás de la espalda. —Un planeta de desechos —continuó—. Olvidado. Inútil. Se detuvo. —¿Entonces por qué vuelve a aparecer? Los espías permanecían en silencio, tensos. —La comunicación fue cifrada —dijo uno de ellos—. No logramos romperla. Solo ese nombre… repetido. Varhlok cerró los ojos un instante. Sintió el tablero. Una pieza que ya había pasado… o una que no debía ignorar. —Nada es insignificante —dijo finalmente—. Solo mal observado. Abrió los ojos. —¿Qué dejamos atrás en Ca‑pa 7? Nadie respondió. Varhlok sonrió apenas. —Entonces vamos a mirarlo otra vez. Se giró hacia la oscuridad del salón. —Llamen a los Avilés. El aire se volvió más frío. Sombras mecánicas comenzaron a materializarse, figuras que no caminaban: aparecían. Cuerpos reconstruidos, mentes suspendidas entre la vida y la orden. —Regresen a Ca‑pa 7 —ordenó Varhlok—. No busquen al elegido. Los Avilés inclinaron la cabeza al unísono. —Busquen lo que no vimos. Un segundo de silencio. —Y si encuentran algo… no lo destruyan. Su voz se volvió más grave. —Tráiganmelo. Los Avilés desaparecieron como si nunca hubieran estado allí. Varhlok quedó solo. —Sea lo que sea que te llevaste de Ca‑pa 7… —susurró— ya estás en deuda conmigo. Muy lejos de allí, una nave sin insignias se acercaba al planeta cubierto de chatarra. Y al mismo tiempo, sombras aún más antiguas volvían a descender sobre un lugar que nunca debió volver a importar
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