Maximiliano había llegado al muelle para recibir personalmente la mercancía. Luego de asegurarse que todo estuviera bien y bajo control, se marchó a su casa.
Llego al lugar, una mansión que estaba ubicada a la afuera de la ciudad, contaba con una gran seguridad tanto física como electrónica, ya que era donde hacía sus fechorías.
Después de saludar a su perro, Ringo subió a su habitación y mientras se daba una ducha pensaba en la chica que lo enfrento sin ningún temor, era la primera vez que lo rechazaban y lo enfrentaban de esa manera.
Al día siguiente salió de su casa seguido de los hombres que siempre lo cuidaban. Llego a una de las bodegas donde guardaban las mercancías y después de verificar que todo estuviera bajo control, se retiró a su empresa.
―Quiero que investigues quien fue el traidor que dio aviso a la policía el día de ayer ―exigió a Bob, uno de sus matones de confianza.
―Sí, jefe ―respondió.
Maximiliano era el jefe de la mafia rusa, pero vivía en Los Ángeles. Su padre era el jefe supremo de la mafia rusa, solo de nombre porque Maximiliano era el que manejaba todos los negocios de la familia Kozlov, tenía dos hermanos menores que se encargaban junto a su padre de los negocios que tenían en Rusia. Su mamá era una hermosa mujer que año atrás había sido asesinada a mano de la mafia Italiana y que, por ese motivo, vivían en guerra con los Italianos, pues Max juro a su padre vengar la muerte de su mamá.
Maximiliano había dado con el asesino de su madre, pero no con el que había dado la orden. Era el primer asunto que le había costado solucionar, pero no imposible de resolverlo. Había descubierto semanas atrás que el que había dado la orden era Leandro Santoro, jefe de la mafia Italiana del norte, estos tenían rencillas desde años atrás cuando
Maximiliano enamoro a la hermana del italiano y luego de usarla huyo, acto que enfureció a Leandro, pues al ver a su pequeña hermana de dieciocho años atentar contra su vida juro vengarse del maldito hombre que había destruido a su hermanita.
El mafioso había mandado a sus mejores espías a Italia, para dar con el paradero de su archienemigo, pues sabía que esa rata de alcantarilla estaba en Italia y no le convenía salir del país, pues si lo hacía sería más fácil para Max capturarlo.
Como no logro dar con el ruso, enfurecido pensó darle donde más le dolía su madre, este la mando a matar a sangre fría, aun sabiendo que la señora no se involucraba en los negocios de su esposo e hijo.
El mafioso llegó al gran edificio que tenía el nombre de Empresa URGONS, la cual era de su propiedad; bajo de su auto y luego subió por el ascensor exclusivo que daba a al último piso donde quedaba su oficina.
Tristán llegó enseguida a la oficina de su amigo cuando escucho al ascensor abrirse.
― ¡Buenos días! ―saludo Tristán, sentándose en una de las sillas.
― ¡Buenos días! ―respondió― ¿Este es el informe que te pedí de la chica? ―pregunto levantando unos documentos que estaban sobre su escritorio.
―Si ―respondió a punto de reír, quería ver la cara de su amigo al descubrir la identidad de la chica.
Antes de que Maximiliano leyera el informe sonó su celular y por el sonido deducía que se trataba de su amado padre. Se levantó de su silla de cuero giratoria y de inmediato contesto la llamada.
―Me tengo que ir, papa me acaba de informar de una mercancía que envió ―comunico luego de estar más de cinco minutos al teléfono y colgar la llamada―. Necesito preparar a mis hombres para recibirla, pues es mucha y de excelente calidad.
Tristán asintió, casi no le gustaba recibir mercancía, él era más de número.
A Maximiliano se le olvidó por completo el asunto de la chica, dejo el sobre amarillo que contenían los documento sobre el escritorio y salió de su oficina seguido de su mano derecha Tristán.
Lina se encontraba entrenando con su amiga Ròse en el cuadrilátero cuando llego Lalo.
― ¿Hoy no iras a ver a tu mamá? ―pregunto caminando hacia el cuadrilátero.
―No, y por lo visto hoy tampoco entrenaremos ―dijo Lina reparándolo de pies a cabeza al verlo vestido de ropa casual, no deportiva.
―Sigue entrenando con Ròse, que yo iré a ver a tu mamá ―comunico, caminando hacia la puerta de salida.
―Acaso olvidaste que el sábado es la ceremonia de pesaje, por lo tanto, tiene que estar todo listo ―asevero molesta.
―Si no supiera que eres una boxeadora bien disciplinada, no me despegaría de ti ni un segundo ―enfatizo marchándose del lugar sin esperar repuesta alguna.
Lina maldijo en voz alta, luego bufo.
Ambas amigas siguieron entrenando duro hasta que se cansaron y fueron a darse un baño.
―También quiero participar ―dijo Ròse de repente colocando sus deportivos en color blanco.
―Por qué no le dices a Lalo que hable con el encargado del evento, tal vez hay una vacante ―comento mientras se colocaba unos jeans rasgados en color azul marino.
― ¿En serio crees que puedan darme una oportunidad? ―pregunto emocionada amarrando su pelo en una coleta.
Lina asintió.
―Si fuese así, ocuparía el dinero para pagarme el curso de florista que tanto me gusta.
Ròse amaba las plantas y las flores desde pequeña, su sueño era abrir una floristería y mostrar al público sus hermosas creaciones.
―No se diga más, ahora mismo llamo a Lalo para que hable con el hombre.
Lina tomó el teléfono y de inmediato llamo a Lalo. Mientras Lina hablaba por teléfono, Ròse le hacía unas hermosas trenzas en el cabello.
―Ya, solo esperaremos a que vengo para que nos informe que dijo el encargado.
Llego el sábado Lina junto con su amiga se preparaban para asistir a la ceremonia de pesaje.
― ¡Estoy doblemente feliz! ―exclamo Ròse con una gran sonrisa.
Ròse había sido aceptada a última hora como una de las boxeadoras que abriría el evento el día del aniversario del casino.
― ¡Lo sé!... me alegro por ti, pero ahora date prisa que se nos hace tarde.
Ambas amigas corrieron a subirse al auto de su entrenador que las esperaba desde hace media hora. Les lanzo una mirada asesina a las boxeadoras luego que estuvieron adentro del auto, odiaba la impuntualidad; las chicas solo se encogieron de hombros y soltaron una risita.
Después de media hora llegaron al casino, bajaron del auto, Lalo le entrego las llaves del auto al valet parking y luego entraron al casino, Ròse y Lina se asombraron al ver el lujoso y bien decorado que estaba el lugar. El sitio estaba abarrotado de personas, meseros repartían bebidas, otros ofrecían cigarros; los amantes de los juegos de mesa jugaban y apostaban, otras personas estaban sentados alrededor del cuadrilátero improvisado que habían instalado esperando que iniciara el tan esperado evento.
―Ròse, te llevaré a presentar al organizador del evento ―anuncio Lalo haciéndole señas con la mano para que lo siguiera.
Ròse asintió.
―Mientras yo me quedaré a dar un recorrido por el sitio ―comento Lina observando los juegos de mesa que eran los que llamaban más su atención.
Lalo y Rose se perdieron por uno de los pasillos, mientras Lina se entretenía viendo a las personas que jugaban en la ruleta. De repente vio como uno de los jugadores apostaba todo a un solo número de tableros, empezó a girar la ruleta y para suerte del hombre la bola se detuvo sobre el número que había elegido. Lina gritó de la emoción como si fuese ella la que había ganado, todos los presentes la observaron y ella solo se encogió de hombros.
Cuando Lalo estuvo frente a la oficina del encargado, toco la puerta. Entraron, luego de escuchar un adelante, Tristán se levantó de su asiento y saludo formalmente a Lalo, pero cuando vio a Ròse el tiempo se detuvo al ver a la hermosa chica que tenía al frente.
―Ella es Ròse, la boxeadora de la que te hable el otro día ―comunico señalando a la chica con la mano derecha.
Ròse le dio la mano y Tristán le correspondió al saludo de igual forma, al ver esos bellos ojos grises se sintió hipnotizado, quedando así durante unos segundos, segundos que se sintieron eternos para la chica que deslizo la mano con mucha discreción. Ella estaba nerviosa y el emocionado, ambos sintieron que el amor se despertaba en ellos y no necesitaron voz alguna para demostrar lo que estaban sintiendo, solo con los gestos y miradas cargadas de complicidad bastaron.
Lalo carraspeo varias veces para llamar la atención de ambos.
― ¡Perdón! ―dijo Tristán sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
―Tristán Caruso, mucho gusto ―dijo presentándose al fin.
―Ròse Ocampo ―contesto la chica.
Bonito nombre pensó Tristán.
―Iré a buscar a Lina, porque también necesitaba hablar con usted de algo importante ―anuncio Lalo saliendo de la oficina.
Ròse suspiro aliviada luego que se fuera el entrenador.
―Toma asiento ―dijo señalando la silla de cuero que tenía al frente.
Rose se sentó con timidez.
― ¿Quieres algo de tomar? ―pregunto caminando hacia el minibar que estaba al lado izquierdo de la oficina.
― ¡No! ―respondió de inmediato― voy a boxear y está prohibido.
― ¡ah!... Tienes razón, lo había olvidado.
Tristán no entendía como esa chica que acaba de conocer lograba ponerlo nervioso con esa mirada, era la primera vez que le ocurría eso.
En ese momento entro Lalo seguido de Lina, que al ver lo misterioso que estaban su amiga y el organizador, entre cerro los ojos tratando de entender qué pasaba entre ellos.
― ¿Todo bien? ―pregunto Lalo con el ceño fruncido.
―Si ―contesto Ròse fingiendo una sonrisa.
―Yo necesitaba hablar contigo de un asunto muy importante ―informo Lina cambiando de tema.
Lina volteó a ver su amiga y a su entrenador y con la mirada les hizo señas que salieran de la oficina. Ròse entendió las señales de su amiga, se levantó de la silla, luego pidió permiso para retirarse, todo lo hizo bajo la atenta mirada de Tristán. Lalo también salió de la oficina, ya que tenía que preparar las cosas a sus boxeadoras antes del pesaje.
― ¡Dime!
―Mi mamá tuvo un accidente y necesito dinero para cancelar la cuenta de la clínica donde la atendieron ―dijo yendo directo al grano.
Eso era una de las cosas que caracterizaba a Lina, decir las cosas sin tanto rodeo.
Tristán sonrió con malicia, recordó que su amigo estaba en su oficina y que esa ayuda que ella estaba pidiendo le serviría para disculparse con ella e iniciar con su plan, pero se aseguraría más adelante le cobrara el favor. Sabía que eso de la apuesta no era una buena idea, de todos modos le ayudaría.
―Yo solamente soy el organizador, pero mi jefe está en su oficina y a él si le puedes explicar tu problema. Es un poco condescendiente y ten por seguro que te ayudara.
― ¡Está bien!... llévame a su oficina ―dijo de inmediato.
Sin decir más, ambos salieron de la oficina, caminaron unos metros y luego se detuvieron en una puerta de color negra con un rótulo en letras doradas que decía EL JEFE. Tristán dio dos toques a la puerta y desde adentro se escuchó un adelante, entonces ambos ingresaron, el hombre estaba revisando unos papeles, por eso no se había percatado quienes eran los que habían ingresado a su oficina.
―Una de las boxeadoras quiere hablar contigo ―informo Tristán, deseando ver la reacción de su amigo al ver a la chica.
Maximiliano levantó la mirada, al ver a la chica que tanto había buscado en su oficina, arqueo una ceja y luego sonrió de lado.
Mientras tanto, Lina abrió los ojos como plato al ver al hombre que se había querido pasar de listo con ella.
― ¡Hola! ―saludo Max con empatía.