El confort de su tacto

2692 Words
— No creo que pueda mucho más con esto. Me quejo una y otra vez mientras froto el área de mi cuello, la cual dolía de manera espantosa gracias a la práctica de yoga a la que mamá me había obligado a empezar con uno de los amigos de mi hermana. — Es bueno para tu salud, Caleb —empieza, tratando de razonar conmigo—, dolerá solo al principio pero no creo que pase mucho de eso. Ruedo los ojos. — No lo soporto, es un completo y constante dolor. — Yo no me quejo —suelta mi hermana, metiendo su nariz donde definitivamente nadie la había llamado. — Tú quieres cogerte al instructor —respondo. — Es mi amigo ¿quién dice que no lo he hecho aún? —suelta, lanzándome un guiño. — Zorra. — Bueno, Bueno —interrumpe mamá, poniéndose en pie para evitar arrugar su fino traje recién comprado—. Caleb, ve a hacer tu rutina de yoga, si el dolor persiste te pagaré un spa para que te relajes. Me levanto de mala gana y bajo las escaleras hasta llegar a la planta baja de la casa en donde pude ver por los amplios ventanales a un chico joven de cuerpo esbelto y atlético acomodar algunas cosas en el patio al aire libre, justo sobre el pasto y entre algunos árboles. Abro la puerta corrediza y me saluda con una sonrisa, la cual devuelvo. — Buenos días, Caleb ¿Qué tal tu mañana? — Me duele todo —suelto, dispuesto a quejarme con él también, como era debido. Frunce el ceño, sin perder la sonrisa. — ¿Tiene que ver con la rutina de ayer? — Tiene que ver todo con la rutina de ayer, ¡estoy casi muerto! —refunfuño— Esto tiene tu sello de culpa por donde lo veas. Suelta una carcajada. — ¿Mi culpa? Te dije que hicieras las posiciones correctamente, quizá si no estuvieses más preocupado por sacarte fotos podrías lograrlo. Le muestro mi dedo medio. — Tu i********: también está lleno de fotografías, hipócrita. — Pero yo sí puedo hacerlas sin dislocarme algo, tú no. Hago una mueca de desagrado y masajeo mi hombro con incomodidad, recordando algo de repente. — ¿Tú sabes hacer masajes no? Creo que mi hermana mencionó algo así. Asiente, empezando a recoger lo que con anticipación había ordenado para la sesión de hoy, él sabía perfectamente que no iba a hacer nada ni aunque mi vida dependiera de ello. — Entonces hazme uno, mamá piensa mandarme a un spa pero ya no soporto esto. Aprovechemos que estás aquí y ambos ganamos; adiós a mi dolor y más dinero para tu cuota de la universidad. Suspira, pareciendo un tanto titubeante mientras me miraba a los ojos con los labios fruncidos. — ¿Seguro? —asiento— De acuerdo —finaliza— ¿tienes sala de masajes? No venía preparado para esto. Camino hacia el interior de la casa haciéndole una señal para que me siga. Subimos las escaleras y abro la puerta de una de las muchas habitaciones del lugar que da a un cuarto de un suave color crema con ondeantes persianas y adornos ornamentales. Esta es la sala de masajes que mamá personalmente pidió construir y la que papá, luego de que salió a la luz su infidelidad, tuvo que costear. Le señalo a Nick el estante de madera clara que contiene una gran cantidad de botes y aceites esenciales que no tenían mucha importancia para mí, no tenía ni idea de qué o para qué eran. — ¿Está ahí todo lo que necesitas? —pregunto. Asiente, tomando algunas toallas y empezando a ordenar la cama de masajes. — ¿Tu hermana te digo que hacía masajes? —inquiere. — Sí, eso y que se acostó contigo. Suelta una risada y niega. — No recuerdo haber hecho la última parte. — Ya decía yo —comento con burla. Me giro y señalo la camilla— ¿me subo? Me mira a los ojos y luego los retira suavemente, señalándome una de las toallas. — Ponte eso. La tomo y finjo enredarla en broma en mi cabello, sin saber muy bien dónde quería que la atara. — ¿La uso aquí? —me burlo— ¿no será incómodo? Se le escapa una sonrisa. — No creo que lo haga cuando esa toalla es lo único que llevarás encima. Al escuchar sus palabras mis ojos se abren con exageración. — ¿Quieres que me desnude, Nicolas? Asiente, sin perder la gracia en su expresión. — Quítate todo y acuéstate boca abajo en la camilla. Se me escapa una risa pero termino encogiéndome de hombros y empezando poco a despojarme de mis prendas, valiéndome de aquella única toalla para cubrir mi desnudez y luego acostarme con tranquilidad en la camilla, apoyando mi mejilla en aquella suave superficie. — ¿Eres bueno haciendo este tipo de masajes? —inquiero ante aquel silencio. — He tomado varios cursos y hasta el momento nadie se ha quejado —responde, encendiendo dos varitas de incienso de musgo en la habitación—. ¿Nervioso? Niego. Después de todo no era la primera vez que recibía un masaje, y a eso hay que añadir que es un amigo quien lo hará; estaba completamente confiado. — Voy a empezar, Caleb, solo necesito que te relajes y respires suavemente, ¿de acuerdo? —indicó con la voz baja. Asiento y suspiro con relajación al sentir como suaves gotas de aceite son esparcidas por la longitud de mi espalda, desde la altura de mi cuello hasta justo por encima del borde de la toalla. Frota sus manos y con mucha delicadeza su dedos tibios bañados en aceite se deslizan sobre mi piel, desde arriba hasta abajo, sin prisas. Su manos me tocaban con destreza, masajeando mis músculos que bajo su tacto empezaban a relajarse al igual que mis ojos. Un suave quejido abandona mis labios cuando llega a esa zona en mi cuello. — ¿Es aquí? —susurra. — Sí —respondo en el mismo tono—, sigue ahí. Sus manos podían describirse como mágicas, el aceite cubría mi piel con un suave aroma a vainilla que se calentaba al calor corporal de sus palmas lubricadas masajeando mi cuello a tal punto de placer que mis ojos se adormecían. — De verdad estás muy estresado —murmura cerca de mi oído a lo que sonrío. Con una mano en mi cuello la otra baja por la línea de mi columna hasta mi espalda baja, presionando y hundiendo sus dedos con delicadeza. — Si te duele, dímelo. Solamente suspiro dejándome llevar por el tenue aroma del incienso y la sensación de aquellas manos aliviando mi estrés. Había recibido un masaje antes, pero definitivamente esto era magnífico. Nick deja mi espalda un momento para bajar a mis pies, vertiendo desde mis muslos hasta la planta de estos un camino de cálidas gotas de aceite de las que se vale para frotar mis tobillos, acariciar suavemente mis dedos y delinear la curvatura de mi arco. — Ahí se siente bien —logro pronunciar con la voz adormecida. — ¿Duele? — Solo se sienten pesadas por el cansancio —respondo. —Ya parará, lo prometo. Dicho esto presiona sus manos contra mis pantorrillas y sube así hasta mis muslos, apretándolos y masajeando el interior de estos con mucho cuidado, de arriba a abajo esparciendo el aceite sobre mi piel extrañamente sensible con sus dedos lubricados que sabían perfectamente lo que hacían. Mi cuerpo se sentía liviano y relajado al igual que mi respiración, tanto que casi no me percaté cuando, de manera no intencional seguramente, sus dedos alcanzan un poco más de piel en cada vaivén de sus movimientos, ahora colándose sutilmente por debajo de la toalla, inundando de calor la unión entre mis piernas a lo que simplemente lanzo un suspiro. — Relájate. Deja por un momento su tarea de dar cuidado a mis muslos para bajar sus manos a mis rodillas y separar mis piernas, lo cual permití sin ningún esfuerzo para que ahora se dedique a la parte posterior de estos, subiendo sus manos hasta meterlas bajo la toalla, aquella prenda que había dejado ya de ser una barrera para su tacto, llegando hasta mis glúteos, los cuales aprieta y alza hundiendo deliciosamente sus dedos en ellos. Mi respiración ya estaba agitada pero mi cuerpo estaba adormecido con sensores que se activaban solamente con su tacto sobre mi trasero el cual manoseaba a su antojo ayudándose del aceite. Separaba mis glúteos de un lado a otro, incluso colando con suficiente disimulo sus delgados dedos entre ellos. — ¿Todo bien? —inquiere por lo bajo al notar que me retuerzo un poco. Asiento sin abrir mis ojos y noto como deshace el nudo de la toalla. ¿Esta esto bien? Ni siquiera pude procesarlo para cuando capté el delicado líquido aceitoso bañar mi trasero, escurriéndose entre mis muslos hasta mi entrepierna, aquel lugar sensible que había empezado a palpitar. Un par de dedos guían las gotas poco a poco por el canal de mi trasero delineando tortuosamente mientras su otra manos presiona y masajea la parte superior de mi pierna, metiendo sus dedos en mi ingle y moviéndolos sutilmente ahí para generar un cosquilleo que hacia endurar mi m*****o a milímetros de su tacto. Mi mente ya no podía más, mis labios entreabiertos soltaba suaves suspiros y los dedos de mis manos se aferraban al borde se la camilla al disfrutar de aquel exótico tacto caliente y resbaladizo que poco a poco se adentra entre mis glúteos hasta acariciar con la punta de su dedo mi ya humedecida por el aceite entrada. Entierro la cabeza contra la toalla y la mano que sostenía en mi ingle se desliza hasta tomar mis testículos en ella, tocándolos y tirando suavemente de ellos sin dejar de dar suaves empujoncitos en mi tentada argolla que golpe a golpe cedía espacio a su dedo curioso que moviéndose de un lado a otro se abrió camino hasta penetrarme. — Alza tu pierna derecha —pide, lo cual obedezco sin ponerme renuente. Su dedo se metía hasta la base sin ningún problema, separando mis paredes internas y haciendo que el aceite aromático entrara con él calentando mi interior ante cada embestida que tenía como misión dilatarme lo mejor posible por lo que no tarda en hacer presión su otro dedo, separándose y estirando mi aro a su antojo, solo dejando oír su respiración un poco agitada. Tenso los dedos de mi pie ante las maravillosas estimulaciones hasta que noto como pega su entrepierna a la planta de este, haciéndome sentir aquella longitud endurecida bajo su pantalón deportivo. Muevo mi pie hacia arriba tocando su abdomen y luego desciendo metiéndome bajo su ropa hasta tocar con mis dedos lubricados la caliente y suave piel de su pene desde la hinchada cabeza hasta sus bolas. Escucho como un gemido escapa de entre sus labios para luego sentir como sale de mí para sujetar mis caderas y tirar mi cuerpo hasta dejarme apoyado contra la camilla con mi trasero al borde y la punta de mis dedos en el suelo. Contra la piel de mis muslos noto como baja su ropa y luego deja caer su m*****o erecto sobre mí, haciendo que abra mis piernas inconscientemente para sentirle de una manera más placentera. Un chorro de aceite cae sobre la dilatada y ansiosa entrada, escurriéndose por mi entrepierna erecta presionada contra la camilla. Utilizando la punta palpitante de su erguido y bien dotado pene, embadurna mi trasero sin pudor de un lado a otro pegándome su caliente m*****o hasta que empuja sobre la entrada haciéndome ceder con mucha facilidad gracias al aceite y sacándome un grito ahogado al sentir aquel grueso y largo trozo de carne ardiente que rompió en mi parte trasera hasta que sus testículos quedaron pegados a mi argolla. Su manos se aprietan en mi cintura, presionando sus dedos desde ahí hasta mis omoplatos, continuando con el masaje en mi espalda mientras empujaba sus caderas contra mí, masajeando de igual manera mi interior con la gorda y redondeada punta de su m*****o que se restregaba y tentaba cada fragmento de sensible piel desde adentro. Mi respiración se vuelve entrecortada, trato de levantarme con mis manos pero las suyas me presionan contra la camilla mientras me embiste con más fuerza. — El mejor remedio para el estrés es el sexo —pronuncia con la voz agitada por el esfuerzo—, te vas a recuperar en un momento, Cal. Sus palmas bajan hasta mis glúteos y los separa para poder meter su pene con más violencia, empujando mi cuerpo hacia adelante y obligándome a sujetarme con fuerza entre gemidos necesitados y la sensación de ser abierto de manera tan deliciosa y prohibida. Lo que sentía dentro no podía ser puesto en palabras, cada sensación de ser llenado me retorcida el vientre de un calor tan insoportable que cubría mi cuerpo agitado en un delgado manto de perlas de sudor; el sonido de la voz de quien me sometía a tal tortura sonaba como la mejor obra maestra a mis oídos, tan urgido, necesitado e impaciente golpeando en lo profundo para acallar nuestro lamento lascivo, para saciar el hambre enfermiza de mis caderas por tenerlo adentro, de mis entrañas por engullirlo y de mi cuerpo por mantenerlo pegado a mí, a merced de mis enloquecidos movimientos. Mis mejillas ardían y los gemidos que soltaba no eran ya tan suaves. El alza mis caderas y aprovecho para subir una de mis piernas a la camilla, permitiéndole cogerme con más fuerza, haciendo chocar su pelvis contra mis glúteos mientras su mano masturbaba con frenesí mi necesitado m*****o. Mis dedos se aprietan contra el colchón, mis ojos se cierran con fuerza y tenso mi dilatada argolla para apretarle dentro cuando noto mi vientre contraerse y la presión en mi m*****o que se desata en forma de semen que baña la mano de Nick. Rechino mis dientes saboreando los residuos de aquel impresionante orgasmo cuando siento que las embestidas de mi compañero se vuelven más fuertes al igual que sus gemidos y sale de golpe, manteniéndome pegado contra la camilla con mi trasero expuesto lo que aprovecha para masturbarse pegado a mí y no tarda en bañarme de su corrida abundante que mancha lo que una vez fue corrompido por él, deslizándose por mi pierna hasta los tobillos. Me sentía exhausto pero extrañamente relajado, como si no acabara de ser follado de una manera tan intensa, solamente me sentía tranquilo, como si pudiera dormir por mucho tiempo. — ¿Caleb? —pronuncia una voz a lo lejos— ¿Te hice daño? No pude responder, era más importante dormir. *** — ¿Qué tal tu dolor de cuello, nenita? —inquiere mi hermana preparando su desayuno nutritivo en la cocina— Si aún duele debes ir a un spa que visité ayer, ¿te hago una cita? Le veo de mala gana por encima de la caja de cereal mientras como de pie, sí, de pie, junto a la mesa. — No, olvídalo, ayer le dije a Nick y tuvimos una sesión. Ya no duele mi cuello. —respondo. Mi hermana deja la cuchara sobre su plato y me mira con los ojos llenos de sorpresa. — ¿Se lo pediste a Nick? Asiento y suelta una carcajada llena de diversión e incredulidad. Frunzo el ceño. — Nick es masajista erótico ¿no te lo mencioné? ¡Masajes con final feliz! Casi escupo mi cereal. — ¡Y-yo no tenía idea! Mi rostro se llena de sangre a más no poder y permanezco inmóvil sin siquiera tragar hasta que mi hermana suelta otra carcajada. — ¡Mamá, a tu hijo le dieron por el culo! —exclama, subiendo las escaleras sin que siquiera pueda seguirla por el dolor— ¡Mamá, te salió gay! — ¡Cállate! —grito. — Igual que su padre —suelta mamá, dándole un sorbo a su té—. Igual que él. ~~~•~~~
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