Daniel entró a su departamento con un six de cervezas dispuesto a beber y así tomar valor para renunciar a la universidad. Se sentó en su sofá y mirando hacia la pared abrió la primera lata de cerveza y se la empinó. Trago, tras trago y hasta el fondo. Cuando ya no hubo más líquido que llegara a su boca echó un vistazo en el oscuro interior de la lata y la llevó de nuevo a sus labios y sorbió sacando las últimas gotas del fabuloso líquido. Por último, giró la lata, tan solo para asegurarse de que no quedaba ni una gota, —porque, el dinero le faltaba y pues no era agradable desperdiciar nada, cuando a veces no se tenía dinero para comprarla—, y entonces, fue a por la segunda.
Y mientras se relajaba cada vez más en su sofá viejo y roído y bebía pensaba en toda la mierda que significaba su vida. Se sintió como el fracasado más grande del mundo.
Reprobado en una materia, sin empleo, endeudado… Y sin esperanzas de que su futuro cambie. Lo que realmente, quería era ser médico. Ser alguien importante en la sociedad, alguien en el que la gente pudiera acudir y tenerle la confianza de depositar su vida en sus manos. Quería que su madre se sintiera orgullosa de él. Un chico de pueblo que dejó su hogar en busca de una mejor vida, de hacer lo que nadie en su familia había hecho, estudiar, salir de aquel pequeño, monótono y sucio lugar. Buscar su propio camino y volver siendo un hombre de bien. Darle dinero a su madre para pintar su casa, comprarle esa mecedora que tanto le envidia a la vecina y, ¿por qué no? También comprarle un bonito coche. Su vieja y destartalada camioneta siempre la dejaba tirada en los lugares más solitarios de la carretera.
Y, así, Norman se quedó dormido, divagando entre lo que pudo hacer, lo que eran sus sueños y lo que le tocó vivir.
A la mañana siguiente, el toque de su móvil lo trajo de vuelta a su cruel realidad. Rebuscó entre sus pantalones el dichoso aparatito que solo recibía mensajes y llamadas telefónicas. El aparato no servía para más, porque era de esos antiguos que no tenían capacidad, pequeñito y de un color llamativo. Puff bufó cuando miró la hora, eran once de la mañana. Se había quedado dormido y pensó que ni siquiera para renunciar a la universidad era bueno. Su plan de darse de baja a primera hora fracasó. Dejó el aparato a su lado y cerró los ojos. Enseguida se quedó dormido nuevamente. Ya no importaba si hacía más tarde. Igual, podía ir al día siguiente.
Y nuevamente también, sonó el teléfono.
—Diga —respondió con los ojos cerrados.
—¡Norman, al fin respondes! —la voz del otro lado de la línea era la de su muy exaltado amigo Richard—. ¿Dónde demonios te has metido?
Daniel, alejó un poco el aparato de su oreja, la voz de su amigo era gruesa y estridente y cuando gritaba era peor.
—Estoy en mi departamento —dijo con voz ronca.
—¡Idiota! ¿Estás dormido? —preguntó su amigo.
—Ya no, acabas de despertarme —gruñó.
—¿Qué pasó? ¿Siempre sí te llevó a la cama tu cita? —preguntó entre risas divertidas—. ¿Te chupo el colágeno?
Norman abrió los ojos en cuanto se imaginó a la señorita Thompson chupándole… el colágeno. Era una vista que no quería tener en la mente, pues la mujer a parte de fea, flaca y sin chiste, era odiosa. Tal vez si fuera una buena persona… solo por lástima se lo pensaría.
—¡Mierda, Richard, cállate! ¿Qué quieres? —preguntó con mal humor y sintiéndose asqueado ante las visiones horribles de su más odiada profesora.
—La señorita Thompson, me pidió quedarme hasta el final de la clase. —Daniel Norman, frunció el ceño preguntándose qué diablos quería con Richard—. Me ha pedido tu número telefónico y me ha preguntado, ¿por qué has faltado si acordaste llevarle tu trabajo para revisarlo? —Daniel abrió la boca en forma de O, asombrado—. Y luego, se dio media vuelta murmurando algo sobre: «Es por eso que no doy segundas oportunidades». ¿Cuándo acordaste lo del trabajo? ¿Y por que se toma la molestia de pedir tu número para contactarte sobre tus calificaciones? Con nadie lo ha hecho, de verás nadie, nunca, ni siquiera con su mejor alumno.
Daniel, realmente quería guardar el secreto, no pensaba decirle a Richard quien era Timida66, pero ella rompió la regla, ¿no?
—Porque ella es chica Timida66 —respondió entre dientes, muy apretados y con muchas ganas de matar a alguien. Se puso de pie, fue hasta su cajonera y comenzó a rebuscar algo limpio que ponerse.
—¡Por todas las madres de las conejitas de Play Boy! ¡No me jodas! ¡Júrame que no me estás mintiendo!
—Te lo juro, por las madrecitas santas de las chicas Play Boy.
—¿Y dónde demonios estás? —preguntó nuevamente. Algo que le pareció estúpido, porque ya había quedado claro que había estado dormido—. ¿En su departamento?
—En mi departamento. Ella me hizo sentir una mierda. Y si va a pasarme es para que no le diga a nadie sobre ella.
—¿Es ruda en la cama?
—No, no me acosté con ella. Pero tiene el maldito don para hacerme sentir una mierda. Ya te lo dije no quiere que se lo diga a nadie, que visita aplicaciones de citas para salir con hombre más jóvenes que ella.
—¡Pero me lo has dicho a mí!
—Tú no cuentas.
—¡Oh! Tus palabras hieren mi débil corazón.
— A lo que me refiero es que ella te ha contactado para contactarme a mí.
— Ok, eso no importa. Aprovecha la jodida oportunidad…
—No importa. El caso es que se joda. Me humillo, nunca nadie en la vida me había humillado como lo hizo, ella… es malvada. Lo juro. Lo juro por Dios. Es una hiena sin corazón.
—Entonces… ¿No hubo trato?
—No.
—Bueno, me pidió tu número, tal vez te llame y si lo hace… te recuerdo que tus alternativas de trabajo no son muchas… además me debes. Y el mes siguiente tendrás que pagar renta de nuevo y…
—¡Ya, ya, ya entendí! ¡Demonios! No me escuchas, ella no quiere que haga el trabajo —le dijo enfadado.
—Yo solo digo que uses tus encantos, convéncela; porque si ella te ha buscado es porque lo pensó mejor y tus calificaciones son el puro pretexto, amigo. Esa mujer está indecisa si contratarte o no. Aprovecha este momento de duda.
—No lo creo. Pero si insistes…
—Norman, creo que ella es un dominante y tú un jodido sumiso. Creo que por eso te ha tomado la medida y esto de tratarte con la punta del zapato es un juego perverso que está jugando. Inténtalo. Inténtalo, porque ella no trata a nadie más como a ti. Sí es una bruja pero no sobre pasa la línea del respeto.
—Nada de eso. Ella realmente estaba molesta y avergonzada por esto. Pero lo intentaré, lo juro.
—Bien, así me gusta. Colgaré así que espera esa llamada, Norman, y acepta esa jodida calificación que seguramente ya todo mejorará.
—Sí, bueno… claro.
Daniel se cambió la playera, pero luego se lo pensó mejor cuando se olió las axilas al levantar los brazos para ponerse la prenda limpia.
—Puaj, Daniel, apestas —se dijo así mismo. Luego pateó una lata vacía cuando dio un paso al baño.
—¡Qué patético que soy! Ni siquiera puedo beber más de tres cervezas sin emborracharme. No sirvo para nada.
Daniel se apresuró a darse una ducha y ponerse un conjunto de ropa de los que su amigo le había financiado. Iba a ir a la universidad a llevarle su trabajo a la profesora. Porque si ella había llegado a tanto para preguntar por él, era una cuestión seria. Y de todos modos… ¿Por qué preguntaría por él directamente y no lo ha llamado? ¡Caramba, la mujer tenía su número! ¿Y sí se había deshecho de su contacto el día anterior y si esta mañana había cambiado de opinión y siempre sí quería darle el trabajo de caballero de compañía como lo decía Richard? Tenía que averiguarlo, pero por Dios que si ella lo volvía a humillar iba a… iba a… decirle sus buenas cosas.