Capítulo 2 El Peso del Nombre

1382 Words
El aeropuerto de Nueva York era ruidoso, impaciente y sofocante. Las ruedas de las maletas chirriaban contra el suelo, los altavoces escupían anuncios entrecortados en varios idiomas, y los pasos urgentes dibujaban un ritmo acelerado, casi cruel. Todo el lugar parecía exhalar despedidas, como si cada terminal guardara una historia rota, un adiós sin cierre. Soledad caminaba entre la multitud con la cabeza gacha y la espalda recta, arrastrando una maleta. Se había despedido solo de Grace. Su única amiga verdadera. Aquella que sabía cuándo callar y cuándo abrazarla sin decir palabra. El abrazo había sido largo, lleno de silencios que decían más que cualquier promesa. —No te dejes romper por tu familia otra vez —le había susurrado Grace. Y Soledad no respondió. Porque no podía prometer algo que no sabía cómo evitar. En la fila del control migratorio, un murmullo alteró su concentración. Un anciano había dejado caer sus documentos al suelo por accidente. Nadie se detenía. Todos caminaban como si el tiempo les quemara los talones. Sin pensarlo, Soledad se agachó, recogió el pasaporte y el boleto, y se los entregó con suavidad. —Disculpe, señor se le cayeron sus documentos. El anciano levantó la mirada. Llevaba un sombrero de fieltro gris, bastón de nogal y un abrigo de lana fina. Sus ojos eran un océano de recuerdos. —Ah, muchas gracias, jovencita. Esta ciudad siempre ha sido demasiado rápida para mis rodillas —bromeó, y su sonrisa arrugada tenía la calidez de un invierno amable. —¿Viaja solo? —No del todo. Mis nietos están por allá —señaló con la barbilla a dos figuras unos metros adelante—. Seguramente perdieron señal otra vez y no saben vivir sin sus r************* . La joven, de cabello castaño recogido en una coleta elegante, y un hombre de unos veinticinco años, de traje y mirada oscura, se acercaron. —Gracias por ayudar a mi abuelo —dijo la joven con tono educado, extendiendo la mano—. Soy Eleanor, y este es Adrien. —Soledad —respondió ella, correspondiendo al gesto con una sonrisa breve. Adrien repitió su nombre en voz baja, casi para sí mismo. Sus ojos, de un gris profundo, se posaron en ella con intensidad contenida. Como si acabara de descubrir un enigma que necesitaba resolver. Como si algo en ella le resultara... inquietantemente familiar. Caminaron juntos hasta la sala de espera. Descubrieron que, aunque iban a diferentes lugares compartían puerta de embarque. Entre cafés tibios y anuncios de abordaje, hablaron de libros, de arte moderno —que Soledad estudiaba con una pasión que hacía brillar sus palabras—, y del antiguo teatro que el abuelo amaba. —Siempre creí que el arte debía doler un poco —dijo Soledad. —Y yo creo que el dolor es la forma más pura de arte —murmuró Adrien, mirándola de reojo. El abordaje interrumpió la conversación. Eleanor se despidió con una sonrisa cordial. —Fue un gusto conocerte, Soledad. Quizá nos veamos en Europa. —Ojalá —dijo ella, sin notar que Adrien no apartaba la vista de su espalda cuando desapareció por la compuerta. Ya en el avión, el murmullo de las turbinas la arrulló en un trance de pensamientos encadenados. Alexander. El video. Nicole. Su padre. La vergüenza. La rabia. El amor traicionado. Cerró los ojos con fuerza, sintiendo el ardor detrás de los párpados. —Nunca más —se juró en silencio—. No volveré a entregarme así. La ingenuidad se queda en Nueva York. La vida que la esperaba en Viena no sería un campo de flores. Sería un campo de guerra, y esta vez no pensaba caer sin luchar. Una sacudida interrumpió su tormenta mental. El avión tembló, los compartimentos vibraron, la luz de cinturones se encendió. Algunos pasajeros gritaron, otros rezaron. El miedo llenó la cabina como humo invisible. Soledad cerró los ojos. No rezó. Solo respiró. Cuando el avión se estabilizó y la calma volvió, abrió los ojos con una sensación extraña en el pecho. Como si hubiera muerto por unos segundos. Como si acabara de renacer. El aterrizaje en Viena fue suave, como si el avión supiera que había alguien a bordo que necesitaba llegar entera. El aire era distinto. Más frío. Más elegante. Más cruel. En la zona de llegadas, no estaba su padre. Solo un hombre de mediana edad, impecable, con un cartel entre las manos: “Soledad Álvarez de Toledo” —Señorita Soledad —dijo con una reverencia casi militar—. Soy Klaus, su chofer. Permítame ayudarla. El trayecto fue silencioso. Afuera, Viena se desplegaba con su arquitectura imperial. Pero para Soledad, todo parecía una pintura congelada. Hermosa. Inerte. La residencia de su padre se alzaba sobre una colina privada, rodeada por jardines geométricos y fuentes apagadas. Era un monstruo de piedra y silencio. Una casa tan grande que podía devorarte sin que nadie escuchara tus gritos. La servidumbre aguardaba en fila. Nadie sonrió. Una mujer mayor, de rostro severo y voz neutra, se acercó. —Bienvenida, señorita. Soy Martha, el ama de llaves. ¿Desea cenar? —No, gracias. Solo quiero descansar —respondió ella, tragándose el nudo en la garganta. Martha asintió y la condujo por pasillos largos y puertas que no crujían. La habitación era amplia, lujosa... y vacía. No había una sola fotografía. Ningún indicio de que ese lugar alguna vez pudiera pertenecerle. Soledad se sentó en la cama, sacó el celular y escribió a Grace: Recién llegada al infierno. El emoji de abrazo llegó casi al instante. Y aunque le arrancó una sonrisa rota, no logró mitigar la soledad que le carcomía el pecho. La mañana siguiente, el sol se filtraba por las cortinas pesadas, pero no traía consuelo. Al bajar al comedor, encontró a su madrastra, y a Constanza, su hermanastra, convertida en una belleza de revista: altiva, perfecta, vacía. Ambas la miraron de arriba abajo como si fuera un error, y sin decir palabra, se levantaron y se marcharon. Su padre apareció segundos después. No saludó. No la miró. —Se harán a la idea. Con el tiempo será mejor. Además, solo estarás aquí un tiempo. Pronto te casarás y te irás a tu nueva casa con tu marido. Soledad dejó los cubiertos. —¿Casarme? ¿Marido? —¿Por qué crees que te traje de vuelta? —No lo sé... ¿Porque soy tu hija, tal vez? ¿Porque estás listo para ser parte de mi vida? Él no respondió. Solo se puso de pie con esa frialdad suya, esa forma de asesinar con calma. —Este fin de semana es el aniversario de la fundación de la Academia Imperial de Ciencias. Hay una gala. Asistirá un viejo amigo de la familia. Quiero que te veas presentable. —¿Un amigo de la familia... o tuyo? Papá, no pensarás casarme con un amigo tuyo, ¿verdad? —No me importa con quién dentro de nuestro círculo contraigas matrimonio. Solo necesito que consigas un prometido antes de fin de mes y que te cases este año. De lo contrario, yo lo haré por ti. Soledad sintió el mundo desvanecerse debajo de sus pies. Pero antes de que él se marchara, preguntó: —¿Por qué haces esto? ¿Tanto la amas que no te importo para nada? Su padre se detuvo en seco. La miró con un odio que no ardía, sino que congelaba. —Fue realmente vergonzoso ver a mi hija teniendo relaciones en un estado tan inconveniente. Es un hecho que no puedes controlarte. No puedo dejarte por ahí, poniendo en riesgo mi nombre... ni la imagen de Constanza. Que se vería muy afectada si alguien se entera de que su hermana mayor no sabe comportarse más que como una puta. La palabra la golpeó como un puñetazo invisible. Sintió que le faltaba el aire. Que algo dentro de ella se partía. —Así que ya lo sabes. O te consigues rápido un prometido y te casas... o el marido te lo consigo yo. Y se fue. Dejándola sola. Rota. Sentada ante un desayuno que sabía a nada. Rodeada de lujo muerto y silencios más afilados que cualquier grito. Y en ese momento, Soledad lo comprendió. El verdadero peso del nombre que no tenía barrotes. Tenía apellido, riqueza... y expectativas.
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