Después del desayuno, Soledad intentó salir a recorrer la ciudad. Pensó, con una ingenuidad desesperada, que eso la haría sentir mejor. Que quizá, al ver la arquitectura majestuosa de Viena —con sus cúpulas doradas, sus jardines simétricos y esas calles que parecían salidas de una postal imperial—, su ánimo encontraría consuelo. Paz.
Pero en cuanto alcanzó la puerta principal de la mansion, se topó con dos guardias de seguridad. Firmes. Inamovibles. Con trajes oscuros, auriculares en los oídos y expresiones talladas en granito. No dijeron nada. No necesitaron hacerlo. El mensaje era claro: no podía salir.
Y entonces lo entendió.
Aquello que su padre había hecho en la universidad —vigilarla como si fuera un paquete comprometedor o una prisionera con tendencias suicidas—, lo estaba replicando aquí también. Solo que ahora, con más descaro. Más control. Viena no iba a ser su refugio. Viena era su nueva jaula dorada.
Sintió que algo en su interior se rompía con un chasquido sordo. Un hilo invisible, tal vez de esperanza, se partía sin ruido. Exhaló lentamente, como si intentara expulsar también el dolor. El estómago se le hizo nudo. Una presión sorda palpitaba en sus sienes. Dio media vuelta y regresó a su habitación con pasos lentos, arrastrando su dignidad por el mármol pulido del pasillo.
Apenas cerró la puerta tras de sí, marcó el número de Grace. No le importó que fuera de madrugada allá. Esto era una emergencia.
—¡¿Qué?! —gritó su amiga al escucharla—. ¡Maldito hijo de perra! ¿Por qué te está haciendo esto?
—No lo sé… —respondió Soledad, con la voz rota por el cansancio emocional.
—Tienes que negarte. ¡Tienes que decirle que no!
—Grace… —hizo una pausa, tragando saliva—. La vida no funciona así de este lado del mundo.
—¡Tonterías! —exclamó con furia—. Tenemos que sacarte de ahí. Ya. Quizá cancele tus tarjetas, bloque tus cuentas… pero no puedes casarte solo porque el desgraciado de tu padre no te quiere cerca.
—Dijo que si no quiero manchar su nombre ni poner en riesgo la integridad de Constanza… debo casarme. Rápido. O él elegirá por mí.
—Al diablo con ellos —gruñó Grace—. ¡No puedes dejar que lo haga!
—No tengo idea de cómo escapar —susurró.
—Déjame pensar… te prometo que te marco en cuanto tenga un plan. No te preocupes, Sole, no va a pasar a mayores.
Soledad cerró los ojos, abrazando con fuerza el teléfono. Quiso creerle. Quiso creer que todo podía detenerse con una llamada, con una acción. Pero sabía que no era así. No cuando el enemigo dormía bajo su mismo techo.
Las palabras de su padre se clavaron como una astilla bajo la piel:
“Consigue rápido un prometido y cásate. O el marido te lo consigo yo.”
Qué frase tan vulgar. Tan cruel. Tan suya. La había pronunciado con la frialdad de quien acomoda una pieza en el tablero. Como si ella fuera un peón. Como si su cuerpo, su vida, su dignidad fueran meras variables en su ecuación de poder.
¿Y de dónde iba a sacar un prometido? Pensó en ello durante horas. En su reducida lista de conocidos. Porque los últimos años habían sido una jaula constante. Sin fiestas. Sin amistades. Sin vida. Estaba tan restringida, tan aislada, que ni siquiera podía recordar la última vez que un hombre le había sostenido la mirada más de tres segundos.
Lloró. Lloró hasta que la garganta le ardió. Hasta que las lágrimas dejaron de salir, pero la angustia seguía ahí, enquistada en el pecho como una piedra incandescente. Lloró en silencio, con la boca apretada, para que nadie la escuchara al otro lado de la puerta. Para que no vinieran a recordarle que tampoco tenía derecho a quebrarse.
Cuando la hora de la cena llegó, bajó con la espalda erguida y el rostro sereno. O al menos, eso aparentaba. Cada paso era una coreografía ensayada. Había aprendido a esconder el miedo como quien oculta un diamante robado: con cuidado, con elegancia. Pero por dentro… por dentro, todo ardía.
Y fue entonces cuando la oportunidad, inesperada, se presentó. Llegó en forma de conversación banal. De esas que, normalmente, le provocaban náuseas.
—Raphael von Richter sigue dando mucho de qué hablar —comentó su madrastra, dirigiéndose a su esposo como si Soledad no existiera.
—Soledad, come rápido y retírate. Estás inquietando a tu madre —ordenó su padre sin levantar la mirada de su copa.
Ella no contestó. Solo bajó los ojos al plato y forzó el tenedor a moverse. Por dentro, deseaba con cada fibra irse a cenar con la servidumbre. Al menos con ellos, nadie fingía amarla ni se molestaba en despreciarla. Existía. Y eso era suficiente.
—Como te decía, querido —continuó la mujer con su voz melosa—, Raphael ha logrado consolidar su conglomerado familiar. Tiene negocios por toda Europa y parte de Asia.
—Sí —asintió su padre, completamente entregado a la conversación—. Es un hombre impresionantemente estratégico.
—¿No crees que sería buena idea invitarlo a cenar? Tal vez Constanza…
—¡Es guapo, pero está en silla de ruedas! Yo así no lo quiero —interrumpió Constanza con una risa cruel.
—¡Cállate, querida! —le reprendió su madre—. Raphael sería una excelente oportunidad…
—Querida —intervino su padre con tono seco—. Sabes que el viejo von Richter lleva años queriendo casar a Raphael. Y él ha dejado claro que no quiere amor. Solo busca algo práctico. Un contrato matrimonial temporal. Algo para salir del paso.
—Sí, pero…
—Pero nada. Además, como dice Constanza… está en silla de ruedas. ¿En serio quieres que nuestra hija se quede con un hombre así?
El silencio se hizo incómodo. Cortante. Nadie dijo nada más. Soledad terminó su comida en silencio. Cuando soltó los cubiertos, su padre volvió a la carga:
—Ya terminaste. Levántate, Soledad. Vete a tu cuarto.
Ella obedeció. No tenía fuerzas para discutir. Subió las escaleras sin mirar atrás, pero con cada peldaño, una idea iba tomando forma. Un pensamiento frío, lógico, despiadado.
“Donde el Amor No Tiene Cabida yo puedo darle a Raphael algo práctico”.
Ella podía ofrecerle eso.
Un contrato. Sin amor. Sin ataduras emocionales. Solo un acuerdo que los beneficiara a ambos. Él calmaría a su familia. Y ella… escaparía de la suya.
Al llegar a su recámara, cerró la puerta con llave. Encendió su laptop. Sus dedos temblaban apenas, no de duda, sino de ansiedad contenida. Tecleó su nombre: Raphael von Richter.
Tenía que contactarlo.
Tenía que hacerlo ya.
Y por primera vez desde que había llegado a Viena… sintió que tal vez, solo tal vez, el destino aún no estaba completamente sellado.