Capítulo 4 La Propuesta

1483 Words
Cuando Raphael abrió los ojos, la habitación le pareció demasiado silenciosa. Un zumbido persistente proveniente de una máquina a su costado fue lo primero que reconoció. Intentó mover las piernas, pero el vacío fue más elocuente que cualquier dolor. No las sentía. No las controlaba. La puerta del cuarto se abrió con un chasquido seco. Su abuelo Friedrich von Richter entró sin suavidad, sin preguntas. —Tus padres murieron —dijo, de pie junto a la cama como si dictara una sentencia—. Depende de ti conservar nuestro legado. No hubo pausa. No esperó reacción. Raphael no lloró. Solo lo observó, mudo, con el rostro empapado de la comprensión súbita de que estaba solo. Cuando lo dieron de alta, el trayecto de regreso a la mansión fue silencioso. Nadie le habló. Nadie se atrevía. Raphael contemplaba por la ventanilla los paisajes que ya no recordaba cómo amar. Al llegar, la casa no lo recibió con nostalgia, sino con frío. Su habitación había sido transformada: los dibujos, los colores suaves, los peluches... todo había desaparecido. Ahora había muebles oscuros, libros gruesos y una silla de ruedas que lo esperaba junto a la cama. —Tu infancia quedó sepultada con ellos —dijo Friedrich aquella misma noche—. Si insistes en llorarla, te quedarás atrapado en una tumba. El luto no tuvo espacio. A la mañana siguiente comenzaron los entrenamientos, las sesiones de terapia, las reuniones con tutores, las lecciones privadas. Raphael intentó seguir el ritmo. No porque lo deseara, sino porque supo desde el principio que fallar no era una opción. —Usa tu cabeza —insistía su abuelo mientras jugaban ajedrez en el invernadero—. Las piernas son prescindibles. El poder no necesita cuerpo, necesita voluntad. —¿Y si no quiero poder? —preguntó Raphael un día, apenas con once años. —Entonces habrás nacido para ser gobernado. Y eso sería una vergüenza para nuestra sangre. El afecto era un crimen en esa casa. Raphael aprendió que las caricias eran inútiles, que la compasión debilitaba, y que cualquier muestra de ternura solo servía para que te arrancaran la piel. Pero en medio de aquella vida estructurada, una sombra se mantenía presente: Soledad. Aunque había sido él quien la alejó, quien le dijo con crueldad que ya no necesitaba su amistad, jamás logró expulsarla de su mente. Las noches eran más largas cuando la recordaba. Y tan pronto se volvió un adulto contrató en secreto a un investigador privado. Le dio solo una instrucción: —No quiero que sepa nada. Solo… obsérvala. Dime si está bien. Cada sobre que llegaba a su nombre contenía algo que lo desarmaba. Soledad en su primer día en la universidad. Soledad con sus amigas. Soledad junto a Alexander Donovan. Eran fotos borrosas, pixeladas, capturadas desde la distancia. Pero para Raphael, cada una era un tesoro. Las guardaba en una caja de madera, oculta en un doble fondo de su armario. Y junto a ellas, una nota escrita en una madrugada solitaria: “Si alguna vez regresas, no volveré a dejarte ir.” Raphael no tardo en convertirse en una leyenda. En las reuniones del conglomerado, su voz comenzaba a escucharse. No porque hablara fuerte, sino porque lo hacía con una lógica que desarmaba cualquier argumento. —No le respondas al chico —decía el responsable de relaciones públicas del conglomerado, burlón. —Me basta con que sepas que estás equivocado —decía Raphael, sin levantar la voz. Las miradas de desprecio se convirtieron en miradas de precaución. Pero la soledad también crecía. Comenzó a usar su discapacidad como un escudo. Nadie podía acercarse realmente. Nadie lo conocía. Ni siquiera sus asistentes más cercanos. Y un día su abuelo lo llamó a su despacho. Le entregó una carpeta y le dijo: —A partir de hoy, esta división es tuya. No la recibes por compasión. La recibes porque nadie más tiene el carácter para manejarla. Raphael no agradeció. Solo asintió. —No los voy a decepcionar. —Espero que no lo hagas —respondió el viejo, seco—. Porque si lo haces, no serás diferente al resto de los parásitos que llevan nuestro apellido pero que no son nada. Y Raphael no lo fue. En cuestión de meses, su reputación se volvió irrefutable. Lo llamaban el joven von Richter, y los periódicos le atribuían un temple imposible de doblegar. Pero todo tenía un costo. No había risas en su oficina. No había calor en su departamento. Solo el murmullo constante de los informes y las reuniones. En su habitación, la caja seguía ahí. Con fotos más recientes. Soledad finalmente había terminado con el maldito Alexander Donovan, sin embargo, también se había vuelto una joven mujer vigilada y protegida por su padre de forma extrema. Curioso pensó, lo investigaría con más detalle después, lo único que le importaba es que ya no estaba con él. Fue en una cena informal unos años después que todo cambió. La velada se desarrollaba como tantas otras, con copas alzadas y promesas que solo servían para tranquilizar egos. Raphael escuchaba sin interés, hasta que un socio dijo algo que lo congeló. —La hija exiliada de los Álvarez de Toledo ha regresado. Soledad. Está en Viena. Dicen que su padre quiere casarla… pero hay vigilancia constante. Ya sabes cómo es él. El nombre golpeó el estómago de Raphael. Su cuerpo no se movió, su rostro no reaccionó. Pero por dentro, una grieta se abrió. Esa noche, al llegar a su estudio, no encendió la luz. Solo marcó un número. El de su detective privado. —Quiero que vigilen noche y día todo sobre Soledad Álvarez de Toledo y actualízame al final de cada día. —¿Qué tanto realmente quieres saber de su día a día? —preguntó el investigador. —Tanto como sea posible sin que ella lo sepa. Durante los días siguientes, Raphael operó como siempre. Frío, eficiente, distante. Pero en las madrugadas, leía los reportes con una devoción que rozaba la locura. Sabía que no debía intervenir. Pero también sabía que ella no podía ser de otro. Fue entonces, una mañana cualquiera, cuando su asistente irrumpió en su oficina con el rostro alterado. —Señor von Richter... hay una joven en la recepción. Dice que es Soledad Álvarez de Toledo. Raphael sintió cómo el mundo dejaba de girar. Su pluma cayó al escritorio. —¿Soledad? —repitió sin pensarlo. Luego respiró hondo y retomó el control—. Hazla esperar cinco minutos. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió con un golpe seco. —Señorita, no puede… —intentó decir la asistente. —Déjame pasar —dijo Soledad, sin mirarla siquiera. Raphael la vio. Ella cruzó la oficina como si fuera suya. Como si los años que dejaron de verse no importaran. Como si aún recordara el camino hasta su corazón sin darse cuenta. —Señorita Álvarez de Toledo. Qué... sorpresa. Cuanto tiempo. —Quiero hablar contigo —dijo ella, firme. —Déjanos solos —ordenó él a su asistente. La puerta se cerró. El silencio que siguió fue denso. —Has cambiado —murmuró Raphael. —Tú también —respondió ella—. Aunque no sé si para bien. —Eso depende de a quién le preguntes. —He oído hablar mucho de ti. Que eres frío. Que eres brillante. Que nadie se atreve a desafiarte. —¿Y tú lo harás? —Si es necesario. Raphael la observó con más atención. El fuego en sus ojos no era nuevo, pero sí más fuerte. Ya no era la niña que solía seguirlo por los jardines. Era una mujer que sabía lo que quería y mucho más hermosa en físico que en todas las fotos que tenía. —Me imagino que no tienes tiempo para rodeos —dijo ella, cruzando los brazos—. Y como me escapé de la casa de mi padre debo ser rápida. Estoy aquí por algo muy concreto. —¿Y qué podría ser eso? —Te propongo un matrimonio por conveniencia. Solo hasta que alguno de los dos encuentre a la persona correcta El silencio fue absoluto. Raphael no respondió de inmediato. La miró fijamente. No como CEO, pero si como un hombre que había estado esperando esta oportunidad en secreto. —¿Por qué yo? —Porque no puedo confiar en nadie más. —¿Y por qué crees que puedes confiar en mí? —Porque no me importa cuánto haya cambiado y porque esto... podría ser útil para los dos. Raphael dejó que sus dedos rozaran el borde de su escritorio. Su voz salió baja, controlada. —Hablemos de los términos. Y al pronunciar esas palabras, supo que este matrimonio temporal que le proponía la única mujer a la que había amado no iba a tener nada de temporal... Soledad finalmente había regresado a su vida. Y él… no volvería a dejarla ir jamás.
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