Capítulo 5 La Cláusula Más Íntima

1185 Words
Soledad hablo lo más segura de si misma. —Propongo que el matrimonio sea temporal. Un contrato. Nos beneficiará a los dos. Yo salgo del control de mi padre y tú calmas la presión de los tuyos. Raphael no parpadeó. —Acepto. Pero hay algo que debe quedar claro. El matrimonio debe consumarse. Soledad lo miró, sin entender del todo. —¿Consumarse? —El matrimonio tiene que ser real. No basta con firmar papeles —dijo, con voz firme—. Si alguien intentara impugnarlo, no quiero que seamos el hazmerreír de toda Europa. Soledad tragó saliva. —¿Quieres decir que… tenemos que acostarnos? —Velo como hacer el amor con un viejo amigo. El silencio cayó entre ambos. Ella lo miró con incredulidad. —No pensé que... tú quisieras eso. La tensión en la mandíbula de Raphael fue evidente cuando Soledad desvío la mirada. —¿Porque estoy en una silla de ruedas? —No… no fue eso lo que quise decir. —No puedo mover las piernas —interrumpió él con frialdad—, pero no soy impotente. Si vamos a hacer esto, será completo. Legal. Indiscutible. Ella bajó la mirada, buscando algo que decir, sin éxito. —¿Por qué pareces tan sorprendida? —preguntó él. Soledad lo miró de nuevo. —No imaginé que quisieras acostarte conmigo. Pensé que, si te ofrecía un matrimonio por conveniencia hasta que uno de los dos encontrara a la persona indicada, solo sería un contrato. No pensé que pudieras encontrarme lo suficientemente atractiva para querer tener sexo conmigo. Y fue entonces que la molestia en Raphael desapareció tan pronto como llego. Su voz se suavizó, pero sus ojos no perdieron firmeza. —Soledad, como puedes decir eso. ¿No te has visto en el espejo? Ella no respondió. —¿Quién no querría acostarse contigo? Eres la más bonita del mundo. Sus palabras la sacudieron. Era la misma frase que él le había dicho de niños. Solo que ahora no sonaba como un cumplido inocente. Sonaba real. Ella desvió la mirada, sintiendo un extraño calor subirle al rostro. —Entonces… está bien. Acepto, supongo es justo. Raphael asintió con un dejo de satisfacción. —Hablaré con los abogados. Cuando el borrador del contrato esté listo, te lo haré llegar. Ella se incorporó con cautela. —Debo regresar, necesito volver a casa de mi padre antes de que noten mi ausencia. Él negó con la cabeza. —Espero no pienses irte por tu cuenta. ¿Cómo crees que la futura esposa de Raphael von Richter va a andar por ahí batallando para volver a casa? Yo te llevo. Soledad titubeó. —No hace falta. Raphael se acercó. Deslizó la silla hacia ella hasta estar lo suficientemente cerca como para rozar su mano. La tomó con calma. No fue un gesto impulsivo. Fue firme. Decidido. —Yo te llevo. Cuando salieron del despacho, todas las miradas se clavaron en ellos. Secretarias, asistentes, ejecutivos. Nadie dijo una palabra, pero la expresión de sorpresa en sus rostros era evidente. Raphael von Richter jamás salía antes de tiempo. Su mundo giraba en torno al trabajo. Siempre era el primero en llegar y el último en irse. Soledad, incómoda, se inclinó levemente hacia él mientras caminaban por el pasillo. —¿Por qué todos nos miran así? Raphael no la miró. Mantuvo la vista al frente mientras avanzaba. —Porque acabo de romper mí rutina. No dijo más. El ascensor los llevó hasta el estacionamiento privado. Un asistente ya esperaba al lado del vehículo: un BMW i7 n***o, brillante, elegante, imponente. Adaptado con controles manuales diseñados para Raphael. El volante tenía modificaciones visibles y los pedales estaban desactivados. Raphael subió al asiento del conductor con la facilidad de alguien que ya no se detiene a pensar en los límites. —Súbete —ordenó sin mirarla. Soledad obedeció. El interior era amplio, silencioso, sofisticado. Pantallas digitales, acabados en n***o mate, asientos en piel clara. Cerró la puerta y por unos segundos, el único sonido fue el leve zumbido del motor al encenderse. —¿Siempre conduces tú mismo? —Cuando no tengo reuniones, sí. Me ayuda a despejar la mente. El trayecto comenzó sin prisa. Raphael conducía con exactitud quirúrgica. Soledad lo observó de reojo, admirando la concentración en su rostro. En algún punto, él dejó escapar una risa baja, apenas perceptible. —¿Qué pasa? —preguntó ella. Raphael sonrió, sin dejar de mirar el camino. —Solo intento imaginarlo. ¿Cómo te escapaste de casa de tu padre? Soledad se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa. —Salté por la ventana. Casi me rompo el cuello. La sonrisa desapareció de golpe. La mandíbula de Raphael se tensó. Sus manos, antes relajadas sobre el volante, ahora se cerraban con fuerza. La mirada se oscureció, enfocada en la carretera como si estuviera buscando algo que no podía alcanzar. —¿Qué…? ¿Qué pasó? —preguntó Soledad, confundida por el cambio repentino. Él no respondió. El silencio se hizo más denso. Ella intentó cambiar de tema, comentar algo trivial del edificio o del auto. Nada funcionó. Raphael no volvió a sonreír en todo el camino. Al llegar, el vehículo se detuvo frente a la casa de los Álvarez de Toledo. Desde la entrada se escuchaban gritos. El padre de Soledad discutía con los guardias, furioso. Aunque las palabras no eran claras, el tono no dejaba dudas. Estaba descargando su ira con ellos. Soledad tragó saliva. Sintió culpa por los hombres. Bajó la mirada. Raphael la miró entonces, con una mezcla de comprensión y determinación. —No te preocupes. Se calmará una vez que vea que has consigues rápido un prometido y te casaras muy pronto… tal y como te lo exigió. Soledad asintió lentamente, pero sus ojos no se despegaron de los gritos. Solo después de varios segundos, una duda la atravesó. ¿“Tal y como te lo exigió”? Parpadeó. ¿Se lo había dicho…? ¿Le había contado las palabras exactas que usó su padre? Intentó recordarlo. No estaba segura. Juraría que no. Entonces lo miró. Raphael parecía concentrado en el frente, como si no hubiera dicho nada fuera de lugar. Pero la duda se quedó ahí, haciendo eco en su mente. ¿Solo fue una coincidencia? —Raphael, ¿cómo supiste exactamente…? Pero él ya estaba abriendo su puerta y armando de vuelta su silla de ruedas para bajarse. Y por ahora, no hubo respuesta. Cuando Raphael descendió del vehículo, lo hizo con la elegancia que lo caracterizaba. No necesitaba ayuda. Soledad salió tras él mientras intentaba ignorar la punzada de incertidumbre que aún le daba vueltas en la cabeza. Cuando cruzaron juntos la entrada principal, el padre de Soledad interrumpió en seco el regaño a los guardias. Al verlos, el enojo se esfumó de su rostro como si le hubieran arrancado las palabras. Por un instante, toda su expresión se redujo a algo simple y absoluto: desconcierto. Desconcierto que solo creció cuando con la voz de Raphael firme y segura de sí mismo dijo. —Buenas tardes, Julián. Necesitamos habla
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