Capitulo 6 Negociaciones de sangre y apellido

1327 Words
Raphael von Richter no necesitaba levantarse para imponer respeto. La silla de ruedas en la que se desplazaba desde su adolescencia no disminuía su presencia; por el contrario, parecía reforzarla. Había en su porte una seguridad tan firme, tan contenida, que incluso Julián —el padre de Soledad—, un hombre acostumbrado a dominar con la sola fuerza de su voz, no supo cómo reaccionar cuando los vio entrar juntos. Su mirada se deslizó de su hija al hombre que la acompañaba. Los evaluó en silencio, intentando leer entre líneas, interpretar el motivo de aquella visita inesperada. No dijo nada al principio, aunque a Soledad le bastó con ver la tensión en sus facciones para saber que estaba molesto. Y sin embargo, Raphael lo había dejado sin palabras. Su sola presencia lo descolocaba. —¿Qué significa esto, Soledad? —preguntó finalmente, sin alzar la voz, pero dejando entrever el juicio implícito en cada sílaba. Antes de que ella pudiera responder, fue Raphael quien habló. —Será mejor que hablemos en privado, Julián —dijo con tono firme, cortés pero inquebrantable, como si no estuviera haciendo una sugerencia, sino marcando la única ruta posible. Julián no protestó. Se limitó a asentir con rigidez y condujo a Raphael al despacho. Soledad se quedó sola en la sala de estar, con las manos entrelazadas sobre el regazo y los pensamientos desordenados. No sabía exactamente cuánto tiempo había pasado cuando escuchó pasos acercándose. Pasos conocidos. Constanza apareció primero, con esa sonrisa mal disimulada que siempre anticipaba algo desagradable. Detrás de ella, la madrastra de Soledad avanzó con el ceño fruncido y los ojos encendidos por una mezcla de desdén y curiosidad maliciosa. —Me acabo de enterar de que Raphael von Richter está en nuestra casa —dijo la mujer, con una voz baja, cargada de falsa cordialidad—. ¿Sabes algo al respecto, Soledad? Soledad no respondió. Solo se encogió de hombros, como si el asunto no mereciera explicación. Pero ese gesto, insignificante para cualquiera, fue una ofensa en la mente de su madrastra. Una provocación. La bofetada llegó sin aviso, dura, violenta, certera. El impacto la tumbó al suelo, y un hilo de sangre descendió desde su labio hasta la barbilla. Constanza rió con nerviosismo, cruzando los brazos con aire victorioso mientras observaba cómo Soledad se reincorporaba lentamente, digna incluso en la humillación. Fue en ese preciso instante cuando la puerta del despacho se abrió. Raphael y Julián regresaban. Constanza se congeló. La risa se apagó de sus labios como si alguien hubiera apretado una cuerda invisible alrededor de su cuello. La madrastra de Soledad enderezó la postura con rapidez, fingiendo sorpresa, fingiendo preocupación. El padre de Soledad miró la escena con el entrecejo fruncido. —¿Qué sucede aquí, querida? —preguntó, sin levantar la voz, pero con una nota de sospecha en el fondo. —Soledad… se tropezó —respondió la mujer, con una sonrisa forzada que intentaba disfrazar lo irreparable. Pero ya era tarde. Raphael lo había visto: la sangre en el labio de Soledad, el leve temblor en sus manos y el miedo contenido tras su aparente calma. Y aunque cada fibra de su cuerpo le exigía reaccionar en ese mismo instante, Raphael conocía las reglas del juego dentro de la alta sociedad. Sabía que los movimientos apresurados no servían de nada en un tablero donde las apariencias lo eran todo. Así que sería paciente. Esperaría el momento adecuado. Porque en cuanto Soledad se convirtiera legalmente en su esposa, habría un ajuste de cuentas. No solo con esa mujer que osaba levantarle la mano, sino también con el hombre que lo había permitido en su propia casa. El silencio incómodo que se había instalado fue roto por la voz de Julián, el padre de Soledad, que intentó desviar la atención. —Raphael regresará mañana. Vendrá con su abuelo para formalizar las cosas. Constanza, siempre impertinente, no tardó en entrometerse. —¿Formalizar qué? Espero que no sea lo que decía mamá… porque si es así, yo no pienso casarme con él. La insolencia de sus palabras hizo que Julián frunciera el ceño con visible molestia, pero no llegó a reprenderla. Raphael, en cambio, arqueó una ceja y su voz cortó el ambiente como una daga fina. —Jamás me casaría contigo, Constanza. Así que puedes estar tranquila —dijo con una voz que rozaba el desprecio. Sin añadir una palabra más, giró levemente la silla para retirarse, aunque se detuvo apenas unos segundos. Su mirada se posó en Soledad, observándola con una intensidad que solo ella pareció entender, y luego se dirigió a Julián con una última advertencia. —Llegaremos mañana a las siete. Asegúrate de que esté presentable —dijo sin rodeos, refiriéndose a Soledad—. La quiero en una sola pieza. No hinchada por los golpes de tu mujer. El comentario caló hondo. Julián apretó los labios, evidentemente molesto, pero no dijo nada. No podía. Raphael acababa de pedir la mano de su hija… y él ya había aceptado. Desde luego, Raphael no era el prometido que había imaginado para Constanza por estar discapacitado, pero al tratarse de Soledad no tenía objeción alguna en cederla. Después de todo, el apellido von Richter tenía un gran peso en el mundo de los negocios, y su empresa —la suya, la de Julián— llevaba tiempo en números rojos. Había contemplado la idea de ofrecer a Soledad como esposa a uno de sus amigos más íntimos, un empresario que había manifestado su interés por una compañera joven y obediente, a cambio de un respaldo económico. Pero esto… Esto era mucho mejor. Convertido en su yerno, Raphael estaría obligado a respaldarlo. A salvar su compañía. Y Soledad, al fin, podría retribuirle todo lo que le había costado criarla. Así cuando finalmente se retiró. Nadie hablaba. Solo los pasos de los sirvientes en la lejanía parecían recordarle a la casa que el mundo aún giraba. Fue la madrastra de Soledad quien rompió el silencio, sin molestarse en disimular su desdén. —Sigo sin entender querido. ¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó, cruzándose de brazos. Julián no le respondió. No le dirigió ni una mirada. Sus ojos estaban fijos en su hija, como si observarla con la suficiente intensidad fuera a revelarle la verdad. —¿Cómo lo convenciste? Soledad no respondió. No porque le faltaran palabras, sino porque se negaba a ofrecerle una explicación a alguien que nunca se había preocupado por merecerla. Julián la observó con detenimiento, entrecerrando los ojos como si intentara descifrar un código oculto en el rostro de su hija. Esperaba una reacción. Una confesión. Algo. —¿Vas a aclararme lo que está pasando, Julián? —intervino la madrastra, sin poder contenerse por más tiempo—. ¿O acaso piensas seguir ignorándome? —Silencio —ordenó él con tono cortante, levantando apenas una mano. No necesitó alzar la voz. Su esposa obedeció de inmediato, aunque la rabia se le acumuló en los labios en forma de una mueca amarga. Entonces volvió a mirar a Soledad. Su voz, esta vez, sonó distinta. No había furia ni juicio, solo una calma tensa, casi reflexiva. —Mañana quiero que estés impecable, ¿me oyes? —dijo con lentitud, como si se hablara a sí mismo—. Por esta vez voy a pasar por alto que te hayas escapado… porque, para mi sorpresa, cumpliste lo que te pedí mejor de lo que esperaba. Respiró hondo, como si se preparara para tragar su orgullo, y al fin se dignó a responder la pregunta que su esposa aún tenía pendiente. —Raphael ha venido a pedirme la mano de Soledad —anunció, sin ceremonias—. Y se la entregué. Así que no empieces tú también a estropearlo todo. Ya lo escuchaste: la quiere en una sola pieza. Mañana que venga con su abuelo, lo último que necesito es que el viejo Friedrich von Richter crea que somos una familia salvaje.
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