Lira entró al aula sintiendo el peso de la mochila como si llevara piedras. Era su primer día en la universidad, una puerta supuestamente a una nueva vida, pero el aire estaba viciado con el fantasma de la antigua. Apenas cruzó el umbral, su corazón dio un vuelco frío: las caras familiares de su infierno escolar.
Ahí estaban ellos. El grupo de "populares" y, en el centro, la cabecilla, Vivian, con su cabello rubio y una sonrisa afilada. Y a su lado, Elias, el chico por el que Lira había derramado tantas lágrimas silenciosas en la preparatoria; el mismo que había visto en su sueño, mirándola con desdén. Su presencia allí era una sentencia: la nueva vida no había comenzado.
Una de las amigas de Vivian, al ver a Lira, codeó a la otra.
—Vaya, vaya. Miren quién decidió salir de su cueva. Me pregunto si trae otro libro de cuentos de hadas para esconderse.
—Shh, Dana —siseó Vivian, con una falsa dulzura que era peor que el veneno—. Déjala en paz. Pobrecita, al menos es perseverante. Aunque, siendo honesta, con esa ropa y sin un gramo de estilo... ¿quién la notaría aquí?
Elías ni siquiera la miró, ocupado revisando su teléfono, reafirmando el rechazo que Kael había percibido en el sueño. Lira sintió el ardor en las mejillas, el deseo visceral de huir. La habían obligado a salir de su bosque para caer de nuevo en su jaula. Se arrastró hasta la última fila, buscando refugio en la pared. Quería desaparecer. Quería que Kael, con sus ojos grises y su promesa de profundidad, estuviera allí.
La profesora de Francés, una mujer elegante y de voz melodiosa, entró justo a tiempo para detener el escrutinio.
—Bonjour, mes étudiants. Soy Madame Dubois. Comencemos presentándonos. Quiero saber por qué están aquí.
La fila comenzó a avanzar. Los estudiantes hablaban de intercambios culturales, de la moda parisina, de sueños ambiciosos. El turno de Lira se acercaba como la guillotina.
Cuando Madame Dubois la señaló, el corazón de Lira latía tan fuerte que apenas podía escuchar su propia voz.
—Yo soy… Lira —murmuró, sintiendo el escrutinio del aula.
Fue entonces cuando sucedió. Desde las filas delanteras, un grupo de chicos, liderados por los amigos de Elías, emitieron sonidos extraños, un balido bajo y burlón, una mofa cruel que hacía referencia a su timidez y aislamiento. Elías, de nuevo, no hizo nada, solo esbozó una sonrisa complacida.
Lira sintió que las lágrimas la ahogarían. Estaba reviviendo su peor pesadilla en el primer minuto de su supuesta libertad.
Justo en ese momento de humillación palpable, la puerta del aula se abrió de golpe.
El aire acondicionado pareció apagarse. Todas las cabezas se giraron.
En el umbral estaba Kael.
Venía tarde, pero su entrada no fue torpe; fue magnética. Se quedó quieto un instante, su figura imponente en la chaqueta de cuero, con el cabello n***o y rebelde ligeramente despeinado, y sus ojos gris tormentoso escaneando el aula con una calma que lo hacía parecer el dueño del lugar.
El efecto fue inmediato y devastador. Un silencio absoluto cayó sobre el aula, más profundo que el que la Madame Dubois había logrado. Las chicas de las primeras filas (incluida Vivian) se enderezaron, y sus mandíbulas cayeron. Era la encarnación del misterio y el atractivo que solo existía en las películas. Kael no era solo guapo; era peligroso.
Madame Dubois carraspeó, tratando de recuperar el control.
—Pardon, Monsieur. Llegamos tarde.
Kael sonrió, pero era una sonrisa dirigida a nadie en particular, una máscara de arrogancia controlada. Era su primer ensayo en el papel del chico malo que Lira anhelaba secretamente.
—Lo siento, Madame. Tuve un pequeño contratiempo.
Su voz profunda y melodiosa hizo que varias chicas suspiraran discretamente.
—Tome asiento rápidamente. Preséntese.
Kael caminó lentamente por el pasillo, sin mirar a nadie. Su mirada, sin embargo, hizo un barrido fugaz y calculado hasta la última fila, deteniéndose justo donde Lira, con el corazón martilleando, se había encogido. Él no la miró a ella, sino al vacío de la pared detrás de ella. Un recordatorio para sí mismo de dónde estaba su objetivo.
Se presentó con una simpleza que solo realzó su misterio.
—Soy Kael. Solo estoy aquí para estudiar lo que necesito.
—¿Y qué necesita, señor Kael?
—Conocimiento —respondió, y se dirigió a un asiento vacío, convenientemente, justo al lado de Lira.
Al sentarse, Kael sintió el aura tensa de Lira, su humillación reciente, y el hedor de la envidia y el deseo que emanaba de los otros estudiantes. Lira lo sintió. El calor de su presencia, el familiar aroma a cuero y a bosque prohibido, la envolvieron. Era una burbuja de seguridad en medio de la hostilidad.
Vivian y sus amigas se quedaron observándolo, totalmente ajenas a la pequeña y silenciosa Lira, que ahora compartía espacio con la criatura más atractiva que jamás habían visto.
El fauno había entrado en el redil. El primer paso de la conquista estaba dado.
El silencio en el aula seguía siendo espeso, roto solo por el murmullo bajo de Madame Dubois, que intentaba retomar el hilo de la presentación. Lira, con el corazón latiendo a una velocidad alarmante, sintió la presencia de Kael a su lado. Era una pared de fuego y seguridad.
La profesora le hizo una seña a Lira para que continuara. Las palabras se atoraron en su garganta.
Kael se inclinó ligeramente hacia adelante, y Lira sintió el roce de su brazo. Su voz profunda resonó, y para sorpresa de todos, habló en un francés perfecto, con un acento limpio y antiguo que Madame Dubois reconoció al instante.
—Pardonnez-moi pour l'interruption, Madame. —Se disculpó Kael, pidiendo permiso a la profesora por haber hablado. Luego, giró ligeramente la cabeza hacia Lira. Sus ojos grises se encontraron con los de ella, y fue como si la estuviera anclando, dándole permiso para existir—. Continue.
La orden, aunque simple, fue un soplo de coraje. Lira sintió cómo el pánico cedía un poco.
—Soy… Lira —dijo, intentando que su voz no temblara. El balido de burla anterior había dejado un nudo de miedo en su garganta.
La profesora sonrió, aliviada de que la presentación continuara. Sin embargo, Vivian, la líder de las acosadoras, no pudo contenerse.
—¿Es tu voz o un mosquito atrapado, Lira? ¡Habla más fuerte! O, ¿es que los libros te han dejado muda?
Una risa sorda se extendió por la fila de los populares. Lira sintió el ardor de la humillación regresar, y estaba a punto de encogerse en sí misma, cuando Kael actuó.
Sin siquiera inmutarse, sin girarse del todo, Kael dirigió sus ojos grises hacia Vivian. La mirada era gélida, la de una criatura que ve a un insecto molesto. Y de nuevo, habló en un francés impecable, claro y cortante como el hielo.
—Votre silence serait apprécié. Il est dommage de constater que certaines personnes réussissent à entrer à l'université tout en manquant cruellement de l'intelligence la plus élémentaire. Parler ainsi ne fait que souligner à quel point vous êtes risible.
Traducción del fauno: "Su silencio sería apreciado. Es una pena constatar que algunas personas logran entrar a la universidad mientras carecen cruelmente de la inteligencia más elemental. Hablar así solo subraya lo ridícula que usted es."
Vivian y su grupo se quedaron con las sonrisas congeladas. Habían entendido el tono humillante, pero no las palabras exactas. La ignorancia, la misma que ella había usado como arma, se volvió contra ella. Se miraron, confusas y furiosas.
Madame Dubois, que había seguido cada palabra, se llevó una mano a la boca para contener una sonrisa. El dominio y la elegancia del chico eran innegables.
—Très bien, Monsieur Kael. Su dominio del idioma es admirable. —La profesora lanzó una mirada severa a las primeras filas—. ¡Silencio! Siéntense derechos. La señorita Lira ya se presentó. Prosigamos.
Lira se quedó inmóvil, mirando a Kael con una mezcla de gratitud abrumadora y asombro. Él ni siquiera la miró, fingiendo estar concentrado en un bolígrafo. Pero la había defendido. La había elevado por encima de sus acosadores. El forastero, el objeto de deseo, no solo la veía, sino que la protegía con una elegancia y un poder que ningún otro chico había tenido.
La humillación de Vivian se había silenciado. Elías y sus amigos, desconcertados por la entrada de Kael y su aura de superioridad, no se atrevieron a hacer más ruidos.
Lira se sintió por primera vez segura en ese ambiente hostil. Se apoyó contra el respaldo de su silla, el corazón más tranquilo, y miró el perfil duro y hermoso de Kael. Él era la respuesta a su soledad, el héroe que se había materializado de sus sueños.
El fauno, en su interior, sintió la oleada de admiración pura de Lira. El plan funcionaba. Había sembrado la semilla de la devoción y la gratitud.
Al final de la clase, mientras recogían sus cosas, Kael se dirigió a Lira por primera vez.
—No dejes que el ruido te ahogue. Los que hablan más fuerte suelen ser los que tienen menos que decir.
Lira sintió que el mundo se encendía.
—Gracias, Kael. No sé qué acabas de decir, pero… me ayudó.
Kael sonrió, una sonrisa genuina, esta vez permitida solo para ella.
—Digamos que establecí el orden natural de las cosas. À bientôt, Lira.
Y se fue, dejando a Lira sola, pero por primera vez, sintiéndose poderosa e intensamente vista.