La casa estaba adornada con violetas blancas y rosadas, su ramo también llevaba las mismas flores que hacían juego con el sencillo traje de bodas que seleccionó para unirse al hombre que le demostró que la vida era más que las apariencias.
El amor de Bárbara y Felipe nació de una tarde en la que la bióloga le demostró que a pesar de no ser igual a las niñas tontas y curvilíneas que frecuentaban la finca y su casa en la capital, ella podía volverse indispensable para su deseo de salir del negocio que por años manejó dentro del narcotráfico.
Barrera lo había pensado muy bien en ese tiempo, quería limpiar su nombre, darse la oportunidad de tener una familia y, por lo menos, disfrutar de su hijo en una edad que todavía pudiese llamarle papá y no que pareciera su abuelo. Además, las disputas se estaban convirtiendo en un juego sucio donde el nivel de violencia había llegado al punto de involucrar a los seres queridos de los capos que estaban eliminándose entre sí. Él poseía la ventaja de que nadie sabía su identidad, pero tampoco podía asegurar que le duraría por siempre, los enemigos en ese negocio salían de cualquier sitio, para la muestra el administrador que tuvo antes de Bárbara, y que no pudieron saber hasta donde liberó información al clan de los Mercenarios.
Colocó las finas mancuernas que eran un regalo de uno de sus jefes, esperaba que todo saliera como lo programó, tendrían la ceremonia en la pequeña capilla de la hacienda, pasarían su noche de bodas en la casa que tantas veces los vio amarse, y al día siguiente partirían a su viaje de Luna de Miel, Bárbara le había dicho que deseaba conocer la nieve, así que irían a Suiza, los Alpes eran una de las cordilleras montañosas que le permitirían cumplir ese sueño, de igual manera, sabía que las noches serían deliciosas por el frío y la posibilidad de tener a su primogénito.
Bajó a la sala, saludó a los invitados, comprobó que las cosas estuviesen listas para la cena, y salió junto con sus guardaespaldas al lugar donde se uniría a la mujer que le cambió la perspectiva de la vida.
Los acordes de la marcha nupcial sonaron, Felipe la vio entrar con el largo vestido blanco estilo princesa, un velo transparente que le cubría el rostro al igual que los hombros y el cuello que tantas veces había besado en sus noches de entrega. El hermoso cabello chocolate recogido en una moña alta que se sostenía por una horquilla adornada con pequeñas perlas que hacían juego con el resto de la joyería que lucía.
Barrera estaba locamente enamorado de su mujer, y no lo iba a negar nunca, si tuvo que esperar hasta los cuarenta años para encontrarla, ahora no la iba a dejar ir, nunca dejaría de dar gracias por el día que llegó a la casa de Velázquez con la excusa de las piscinas, una que no sólo le dejó una buena suma en el banco, sino también a Bárbara.
El padre dio la bendición y el permiso para lo que Felipe quería hacer desde hacía dos días que sus suegros la separaron de él. Bárbara correspondió con la misma ansia de no haberlo visto por esas horas, caminaron por el pasillo siendo saludados y felicitados por diversos amigos y familiares, subieron al carruaje que Barrera alquiló para poder cumplir el sueño de su princesa completo, ella lloró y volvió a besarlo, un «te mereces el mundo y si puedo, te lo daré», fue la respuesta para la de ojos marrón que volvió a tomar sus labios.
La fiesta fue espectacular, la cena, los entremeses, no podía quejarse de nada, Bárbara lucía hermosa y sobre todo, agradecida de que la vida al fin le sonreía y le mostraba que cada uno tenía un destinado, lo que sucedía es que los humanos se aferraban a ilusiones que debía saber dejar pasar.
En la mesa principal su padre levantó la copa para hacer el brindis, una bendición que tanto Barrera como Bárbara querían, ya que Damián siempre se opuso a la relación, cada vez que hablaban les recordaba que en ese negocio entrar era muy fácil, pero salir implicaba muchos riesgos, uno de ellos significaba la muerte.
Ahora con las palabras de salud, amor y bienaventuranza el patriarca Velázquez pidió un aplauso para los novios. El vals abrió el baile que luego fue amenizado por una de las mejores orquestas del momento, tanto los invitados como sus familias los acompañaban con gusto, pasadas las horas, Bárbara se sentó para descansar, miró con nostalgia lo que sucedía en la pista con el baile y la alegría de sus padres, ya había salido del nido por completo.
De allí pasó a su esposo que no se veía muy contento con la persona que conversaba al fondo del salón, el hombre le daba la espalda, así que ella no podía distinguir de quien se trataba, pero podía jurar que en algún lugar había visto su contextura.
Unos minutos después, observó como Felipe pedía a seguridad que escoltaran al caballero, una despedida fría que le causó dolor en el pecho. El rostro de su esposo giró hacía ella aproximándose a la mesa con una sonrisa fingida, miró el reloj y cambió la dirección para llegar a la orquesta.
El cantante concluyó la intervención musical y pidió la atención de los presentes.
—Agradezco a todos su presencia, sé que es el más hermoso regalo que pudieron darnos a mi bella Bárbara y a mí, saber que los que están aquí es porque realmente son parte de nuestro círculo más cercano y comparten nuestro amor como una gran familia.
El aplauso retumbó junto con los chiflidos, Barrera pidió silencio.
—Sin embargo, todo llega a un fin y es el momento en que debemos despedirnos, mañana partiremos a nuestra luna de miel, y déjenme decirles que la noche de hoy la llevó esperando demasiado.
El color en el rostro de la peli-chocolate fue notado por todos, nunca lo creyó capaz de cumplir su promesa de que si no se marchaban a las 8 de la noche, les despediría de una manera no muy galante.
—Gracias amigos, un abrazo y buena noche.
A las diez la casa abrió las puertas para dar paso a la pareja, Felipe a la usanza antigua cargó a su esposa para llevarla a lo que sería su hogar el tiempo que estuviese en la finca, y al día siguiente entregarle las llaves de la casa que mandó a construir desde que ella le contó como soñaba su vivienda cuando era pequeña.
La penumbra y la iluminación con las velas daban esa atmósfera romántica que tanto amaba Bárbara, subieron las escaleras con calma, cuando sintieron las palmas y las felicitaciones de un hombre junto con las luces que se encendieron dañando el ambiente.
—¿Acaso no entiendes? —Bárbara tembló por la transformación en el semblante de Felipe, jamás había visto a su esposo como lo que era, “El Mago”, el encargado del lavado de los activos de los clanes.
La mujer fue depositada en el suelo, el Mago bajó los escalones y encaró a quien la ojimarrón reconoció como uno de sus peores recuerdos.
—Soy amigo de ambos, por eso me sorprendió que tu mujercita no me invitara —Christian se dejó ver por completo—. Hola Bárbara, casi no te conozco, bajaste de peso ¿verdad?
—El problema es conmigo no con ella.
—Felipe, Felipe, ¿cómo quieres que te diga? —el semblante del que por lo visto ahora era uno de los limpiadores de algún clan, modificó la expresión de su cara—. Firmas el contrato y nos cedes tu lugar, o simplemente desapareces.
—Son tan tarados que no se dan cuenta cual es mi puesto en la organización —Barrera llegó al lado de Bejarano—. He repetido hasta el cansancio que ellos son los que designan quien es el lavador, yo no puedo cederte nada.
La carcajada del rubio fue sonora, Bárbara en la universidad pensó que el joven estaba loco después de la situación que vivió, en ese instante comprobaba que no era tan falsa su impresión, Christian era violento, gustaba de ser el centro de atención, pero sobre todo, amaba el dinero y nunca se limitó en el método para conseguirlo, por eso fue retirado de la facultad, todavía recordaba el escándalo cuando la profesora Liliana lo acusó de golpearla junto a Germán, las acusaciones abrieron una investigación, al final la mujer fue despedida por las pruebas que ellos presentaron exponiéndola como una vulgar acosadora. Bejarano agradeció el voto de confianza, pero se retiró de la universidad argumentando que a pesar de haber ganado, siempre lo tacharían como un abusador.
—Eres bueno mintiendo, por lo visto así conquistate a la zorra que tienes como esposa —Barrera apretó los puños para no perder la calma, estaba en desventaja numérica, así que giró para guiñarle el ojo a Bárbara y buscar los puros dentro de la mesilla que siempre los guardaba ofreciendo uno a su agresor.
Felipe sabía cómo acabaría la noche, así que decidió que el último comentario que dijera lastimara a su esposa, pero también que le diera la pista para acabar con su sufrimiento.
—La puta no se conquista, se usa, y la que ves allá arriba me costó más dinero del que pensaba —explicó encendiendo el tabaco—, ahora bien, si quieres mi puesto, sabes cómo lograrlo.
Un único disparo directo entre los dos ojos, eso fue suficiente para ver caer a Felipe.
—Así se acaba la escoria —una frase que Bárbara recordaría por siempre, más cuando los hombres de su marido llegaron para encontrarlo en el suelo—. Desde ahora trabajan conmigo, soy el lavador, si quieren vivir demostrarán que tienen las agallas para trabajar como Mercenarios.
Nadie dijo nada, sabían que ahora ella era el objetivo, los hombres que señaló subieron con Christian hasta donde Bárbara permanecía en shock, las lágrimas resbalaban por su rostro manchando ya el blanco vestido.
Christian la tomó del mentón para obligarla a verlo, la mirada que tenía era de satisfacción, jamás pensó que volvería a encontrárselo.
—Cerdita nuestras víctimas tenían en común que sus padres pertenecían a los clanes contrarios al nuestro, la lista la conformaron cinco, de las cuales la única que no se rindió fuiste tú, y mira que hallarte con otro de los objetivos.
Al lado de Bejarano apareció el antiguo administrador de la hacienda con los papeles que aparentemente le había solicitado, aquellos que la convertían en la heredera y representante de todos los negocios de su marido en caso de fallecer.
—Ya sabes lo que debes hacer —Bárbara asintió con la cabeza para caminar en silencio hacia la que sería su alcoba matrimonial—. Una firma y podrás tener tu felices por siempre.
Escuchó la burla vulgar con que Bejarano avisó que se divertiría un rato antes de que fuese al lado de su marido, debía aprovechar la noche de bodas.
Los dos hombres de Felipe que subieron con ella al lado del idiota del administrador, y los tipos de Christian la vieron abrir la puerta quedándose quieta esperó que el rubio ingresara, al verlo pasar y acariciar su mejilla, Bárbara cerró, pero hizo una sonrisa que heló a quienes fueron los trabajadores más cercanos a su marido.
El silencio cubrió el corredor, dentro de la alcoba la ojimarrón comenzó a caminar rumbo a la caja fuerte que Felipe tenía detrás del espejo de cuerpo entero en la pared, Christian la observó sentado en la cama matrimonial.
—Has cambiado cerdita —dijo acariciando su entrepierna—. Antes de saber quien eras, me había propuesto conquistarte, ¿sabes?, me gustan las mujeres con carne, no como la insípida de Nohora.
Velázquez lo oía sumergida en sus propios pensamientos, cogió los papeles de la caja fuerte y los juntó con los que Bejarano tenía, firmó las hojas para reunirlas en un paquete y guardarlo para que el tipo viera que cumplió con su función. El asesino sonrió, cogió su muñeca y la haló hacia él.
—Me tienes caliente desde que te vi en la fiesta —las manos del hombre se deslizaron por los lados del vestido, para pasar a sus caderas y apretar las redondas nalgas en lo que clavaba la cara en el bajo vientre—, te haré gozar y me complaceré con ser el último que te coja.
La brusquedad con la que rompió la falda para dejarla en ropa interior dio la oportunidad a Bárbara de liberarse del fuerte agarre, llevó sus manos a la horquilla en su cabeza, no lo pensó, con fuerza clavó la punta en el cuello del maldito homicida de su esposo, sacándola con rapidez para ver como Bejarano se desvanecía ahogado en su propia sangre, no podía cometer errores, un nueva punzada al lado contrario de su garganta, y una tercera en el estómago.
Cuando lo vio inmóvil y se cercioró de que no respiraba, recogió los papeles para meterlos en la caja fuerte, al cerrarla observó su imagen en el espejo, se metió al baño limpiando la sangre de sus manos, se colocó una camisilla negra, una chamarra de cuero, los pantalones y botas militares que tanto usaba en la piscícola, caminó hacia la puerta, al abrirla apuntó la Sig Sauer P320, cinco disparos sonaron, el sexto fue dirigido al administrador.
—¡Elige! —el hombre lloró rogando por su vida, habló de cuantos se encontraban en la hacienda—. Ya saben lo que hay que hacer.
Bárbara vio a los hombres de Barrera salir de inmediato, ella se agachó frente al cuerpo sin vida de Felipe, besó sus labios por última vez para agradecerle por lo que hizo.
Flash back
Acababan de hacer el amor, Bárbara se estaba quedando dormida entre los bazos de su jefe, las caricias sobre su hombro eran uno de los mimos que más le gustaban.
—Barbie quiero que me prometas algo —el tono de voz no le gustó para nada, se acomodó mirándole la cara—. Si alguna vez estamos en riesgo, escucha lo que te diga y entiende la clave.
Velázquez se metió entre los brazos de Felipe para con disgusto decirle que sí.
—Nunca te ofendería, eres quien más amo y jamás te pondría en riesgo, mi vida vale muchos menos que la tuya.
Esa noche volvieron a hacer el amor hasta quedarse dormidos, entre sueños Bárbara repetía las palabras que le dijo Barrera, llegado el momento sabría qué hacer.