Capítulo — El Abrazo y el Silencio Martín llegó al juzgado tarde, cuando las declaraciones ya habían comenzado. Venía pálido, con la voz tomada por la gripe que lo estaba doblegando. Se disculpó en un susurro, sentándose junto a Carlos, que lo miró con preocupación. Más tarde, cuando el juicio terminó y emprendieron el regreso, Mateo —todavía cojeando con las muletas y con la culpa escrita en los ojos— se volvió hacia Carlos. —Perdoname, Carlos… —murmuró—. Ese aguacero que te agarraste fue por culpa mía. Carlos negó de inmediato con la cabeza, con la serenidad de un hombre curtido por la vida. —No hay nada que perdonar, Mateo. Yo también estuve buscándola. Julieta, en el último tiempo, se ha portado conmigo como una hija. Sí, se equivocó… pero todos en esta vida metemos la pata. Yo ta

